Toulouse, la capital española de Francia

Vamos a ser sinceros: no seremos objetivos con esta ciudad, porque le robó el corazón a Gemma desde que la visitó por primera vez, en aquel lejano año de Erasmus… Dichosa beca y dichosa oportunidad para jovencitos como ella, que no había visto mundo y que se le abrió de golpe ante sus ojos. Pese a la mala fama que se algunos les quieren dar y pese al desprestigio que muchos les quieren poner, las becas Erasmus han sido uno de los factores que más han contribuido a la construcción de la Europa del siglo XXI, y si no, que se lo pregunten a los cientos de miles de jóvenes que hoy están trabajando fuera de nuestras fronteras.

Después de este alegato por las becas de intercambio (también disfrutó de una Séneca al año siguiente), comienza la nueva entrada del blog.

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Toulouse es, para nosotros, la ciudad perfecta: educación francesa, ambiente universitario, y vida social casi española. La Ville Rose, conocida así por el color que toman sus edificios de ladrillo al atardecer, está tan cerca de la frontera que casi es delito no conocerla, especialmente si vives en el norte de nuestro país, donde apenas unas horas de coche te separan de la región de Midi-Pyrénées.

Y es que Toulouse, o Tolosa, nació con corazón español. El Garona, río que cruza la ciudad y la vertebra en sus dos orillas, nace a este lado de la frontera. Durante siglos y siglos, los nobles y reyes de la zona se casaban con sus homólogos del norte de la península: el ejemplo más famoso, el segundo matrimonio de Fernando de Aragón tras la muerte de Isabel de Castilla, con Germana de Foix.  Sus territorios y los nuestros estuvieron mucho más unidos de lo que lo estarían en el sigo XX, cuando el exilio de la Guerra Civil hizo de la ciudad su capital durante décadas, esperando, al otro lado del Pirineo, el momento de volver a casa, a la democracia.

 

Pero Toulouse tiene personalidad propia, pese a las influencias. Sus edificios de ladrillo, muy característicos de la región; su bleu pastel, tinte azul extraído de la violeta y que fue uno de los pilares de su economía durante años, y su orgullo por la lengua occitana (estamos en el Languedoc, Langue d’Oc, d’Occitanie) demuestran que la multiculturalidad hace siglos que se inventó en este rincón del mundo, donde se han quedado con lo mejor de cada pueblo que ha pasado por sus calles.

El centro de la ciudad es el eje que va desde la catedral, siguiendo por la rue de Tour hasta la Place du Capitole, para terminar en la Quai de la Daurade. El centro conserva su callejero medieval, donde destaca la catedral de San Sernin, la última gran catedral del camino de Santiago donde se unifican diferentes caminos europeos antes de cruzar la frontera y continuar por el conocido “camino francés” que entra en España.

 

El emblema de la ciudad es su Ayuntamiento, el Capitole, y la gran plaza que lo acoge, porticada en uno de sus lados, llena de bares y de vida a todas horas. Merece la pena detenerse en sus porches, en cuyos techos se representan los mayores hitos históricos de la ciudad.

 

La basílica de la Daurade, de estilo neoclásico, se ubica en la margen derecha del río, bautizando una de sus esquinas más concurridas, justo a los pies del Pont Neuf, construido en ladrillo y piedra y que, pese a su nombre, hoy es el puente más antiguo de la ciudad. Cosas de la historia.

La capilla-hospital de la Grave, cuya cúpula de bronce se vislumbra imponente en la otra orilla, se convierte en protagonista involuntaria de todas tus fotos. Además, será la excusa perfecta para cruzar alguno de los puentes y descubrir barrios a los que apenas llega el turismo.

 

Volviendo al centro histórico, la ecléctica catedral de Saint Etiénne, mezcla de varios proyectos sin conseguir la finalización de ninguno de ellos, presume de conservar las únicas vidrieras aún originales de la ciudad, remontándose al siglo XIV. Todo un lujo perderse por sus alrededores, contemplar los mil y un detalles que nos hablan de los avatares que sufrió un edificio tan particular y su periferia.

 

Toulouse está hecha para vivirla. Es la ciudad que mejor aúna el savoir vivre francés y la vida social de la cultura mediterránea, así que apunta:

  • En la rue de Taur encontrarás una pequeña pizzería, con su horno de leña visible desde la calle, donde hacen las pizzas más deliciosas que jamás hemos probado, con una masa finísima… aún salibamos al recordarlas…
  • En la plaza Jean Jaurés encontrarás otra pizzería, Venneto, donde además hacen un rico magret du canard que no se sale de ningún presupuesto.
  • Una vez recorrido este eje central y los principales monumentos, siéntate a tomar un vino en la Plaza Saint Pierre, cerquita del río, y disfruta del ambiente estudiantil por las tardes.
  • Las calles Colombette y Alsacie-Lorraine, donde comprarás los mejores quesos
  • Disfruta del  desconocido y tranquilo Jardín Japonés.
  • Y no te vayas sin pasear por los Canales de Midi y Brienne, orgullo de ingeniería civil y una forma estupenda de cruzar la ciudad olvidándote del tráfico. En la esquina donde se unen el canal de Brienne y el río se encuentra una de las mejores creperías que conocemos, donde podréis pedir una buena galette bretona y un vasito de kir, el aperitivo favorito de muchos franceses.

 

Qué te vamos a decir, si nos tiene enamorados esta ciudad…

Sin rumbo para encontrarnos…

Llevamos más días de lo habitual sin publicar,  pero tenemos un buen motivo: estamos de viaje. Además queríamos probar otra forma de hacerlo, sin rumbo, sin prisas y, sobre todo, sin lastres. Acercarnos todo lo posible al concepto de “slow-travel”, al viajero minimalista, por lo que el proceso de preparación comenzó bastante tiempo antes de lo habitual, pues habia que preparar, sobre todo, la cabeza. Habrá material de sobra para hablar sobre ello. Decidimos dejar en casa lo máximo, incluida la cámara de fotos, y sobrevivir sólo con el telefono y su cargador para el coche, así que nos olvidamos de buscar enchufes. Como inconveniente, no siempre es fácil encontrar una buena conexión  (Hola? Siglo XXI… Mundo rural…) El caso es que salimos de casa hace diez días, sin destino ni rumbo fijo, y sólo una idea: ir despacio. Y así, tras dormir en el Pirineo aragonés en casa de nuestra amiga Eva, quien nos ha inspirado y ayudado con el tema logístico,  cruzamos la frontera por los pueblos y castillos cátaros, aquellos que serían tan castigados durante la cruzada albigense del siglo XIII y que nos ha dejado castillos tan imponentes como el de Foix, y plazas tan maravillosas como la de Mirepoix.

 

Y de ahí, por la maravillosa carretera que pasa por el encantador pueblecito de Fanjeux, hasta Carcassonne. Tal vez sea una rehabilitación sobreactuada, pero nunca nos cansamos de recorrer sus callejuelas.

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Poco después llegamos a Narbona y su casco medieval, y entramos en la Provenza romana,  donde nos seducen los teatros y templos de Nîmes, la impresionante Arlés, Saint Remy de Provence o el teatro de Orange.

 

Y, por supuesto, Avignon, que a pesar de su monumentalidad, nos gustó menos de lo esperado.

Los campos de lavanda se resistían. No sería hasta el final de esa etapa cuando encontrásemos alguno, todavía sin alcanzar su plenitud, dadas las fechas. Pero aún así, de una belleza especial.

 

Estábamos en un cruce de caminos y tocaba elegir: o la carretera costera o los Alpes, y lo tuvimos claro: montaña.

Los Alpes provenzales nos recibieron con la fiesta de la trashumancia, ferias y tradiciones y un paisaje cada vez más bello.

 

Y llegó la frontera de nuevo. Esta vez, Italia.  Por los puertos de montaña, curva tras curva por el Col de Larche entre lagos y praderas hasta Cuneo, nuestra primera ciudad en suelo de la Italia continental, un pequeño aperitivo de Torino, la ciudad desde la que escribimos y donde pasaremos el fin de semana, fiestas de San Giovanni. Pero eso, ya os lo contaremos en otro momento.

 

Seguimos en la carretera.

Los otros castillos del Loira

En un país como Francia, una ruta de castillos te podría llevar a cruzar el país de lado a lado visitando monumentos, y de hecho hay creadas diferentes rutas de castillos, aunque la del Loira es la más famosa de todas. Más que castillos, se trata de palacios residenciales ubicados cerca de la corte versaillesa, en el antiguo ducado de Anjou y otros condados o ducados históricos, que tienen en común ser cruzados por el río que bautiza la ruta. En realidad estamos hablando de una antigua línea defensiva medieval, donde se produjeron, por ejemplo, las grandes batallas de la Guerra de los Cien Años, y que sirvió para delimitar y defender el territorio cuando Bretaña aún no pertenecía a Francia. Aún hoy, todavía quedan en la zona ejemplos de iglesias fortificadas, de cuando religión, política, nobleza y ejército iban de la mano.

 

Con el tiempo los antiguos castillos defensivos se fueron arreglando al gusto de los diferentes propietarios, convirtiéndose en palacios residenciales, modernos o renacentistas, como muestra del poder nobiliario. Por todo ello, hablar sólo de los castillos del Loira es limitarse a una parte de un conjunto mayor, y reducir mucho una de las partes fundamentales de la historia de Francia.

Mapa castillos fronterizos

Si hablamos del valle del Loira como demarcador geográfico, nos encontramos con casi 200 edificios visitables, aunque como siempre, la ruta turística oficial se resume en una decena, para que el recorrido pueda ser hecho en una jornada o en unos pocos días, en una especie de carrera por llegar, ver el monumento, hacer la foto y salir hacia el siguiente, pagando por supuesto una buena entrada por ver el tan temido “hay que visitar”. Si sigues este blog, ya sabes que nos alejamos de esos circuitos, que acaban convirtiéndose en destinos masificados y falsos, y que detestamos el turismo de “lista de imprescindibles”. En realidad, recorrer los castillos del Loira es tan fácil como coger el coche y tomar cualquier rumbo, y las señales aparecerán cada poco, indicando en muchas ocasiones castillos que no aparecen ni en la mejor de las guías. La región está llena de viñedos y pueblos amurallados, como Doret, que también merecen una visita. Pero, sobre todo, hay que adentrarse en su historia, comprender cómo y por qué aparecen tantos palacios y castillos para así entender las razones del estallido de la Revolución Francesa, pues ahí se hacen evidentes.

Esta entrada resume una jornada de visitas por la zona, sin planificación de ningún tipo, para desmitificar la ruta oficial (Amboise, Angers, etc) y comprobar lo que suponíamos: con cientos de castillos, lo difícil es no ver uno o varios cada pocos kilómetros, y éste fue el resultado.

El mejor ejemplo arquitectónico que visitamos fue el castillo de Chateaubriand, que conserva perfectamente la parte medieval (torre defensiva primitiva, capilla gótica y recinto amurallado) porque la renovación posterior se hizo en otra parte de la propiedad. Así, ambos, castillo y palacio, quedan unidos por el jardín central y conservan sus elementos originales y pureza constructiva. Un libro en piedra sobre la historia arquitectónica europea de finales de la Edad Media al Renacimiento.

La parte medieval conserva la torre feudal, la primera construcción, en torno a la cual se van desarrollando el castillo posterior y su recinto amurallado.

 

Al otro lado del jardín se levanta el palacio renacentista, construido en ladrillo y siguiendo la moda y gustos europeos del momento. Cambia la época, pero el mensaje sigue siendo el mismo: una demostración de quién ostenta el poder.

 

Incluso se puede visitar uno de los dormitorios principales, que conserva decoración de época y una preciosa e impresionante escalera de caracol.

 

El siguiente castillo que nos encontramos fue el de Lorie, aún cerrado (sólo abre en verano, aunque los jardineros estaban poniendo a punto la zona). A pesar de ello, paseamos por todo el bosque que lo rodea, y disfrutamos de los jardines, una de las señas de identidad de todos los palacios construidos, siguiendo la moda de Versailles.

 

El castillo de Plessis Mace está apenas a 15 km de Angers y es, posiblemente, el conjunto constructivo más completo de todos los que hemos visitado hasta ahora. Se trata de una fortificación del siglo XIII, reformada en el siglo XV en estilo gótico flamígero para adaptarla al uso residencial. Aunque la piedra con la que está construido no es especialmente llamativa, el uso de caliza para las galerías y vanos góticos le da un carácter singular.  Todos los edificios se reparten en torno al perímetro de la fortificación, creando un amplio patio interior que hoy se usa para espectáculos y eventos.

 

El exterior conserva el foso, los restos de la puerta levadiza y buena parte de la muralla, casi intacta.

 

Montreuil-Bellay, forma parte del distrito de Saumur. Levantado en el siglo XI por el conde de Anjou, fundador de la dinastía de los Plantajenet, esos reyes franceses que se sentarían en el trono británico. Tras la Revolución, el castillo sería comprado por un particular. Fue hospital durante la I Guerra Mundial, y hoy se dedica a la venta de vinos. Fue el más moderno de todos los visitados, pues su rehabilitación durante el XIX le dio ese aire de castillo de cuento que tanto gustaba entonces en Europa.

 

 

Visitamos los tres castillos en el mismo día, además de la iglesia fortificada y la ciudadela de Doret, simplemente guiándonos por las señales que íbamos encontrando, y sin pagar entrada en ninguno de ellos. Con esto pretendemos decir que:

  • visitar los castillos del Loira es visitar cualquier castillo de la región, aunque no pises ninguno de la lista de “elegidos”. La ruta la diseñas tú.
  • se puede visitar un destino turístico famoso sin encontrarse con otros turistas y  agobios, evitando las fechas y lugares masificados.
  • no hace falta dejarse un presupuesto en entradas (entre 8 y 15 euros en cada uno de los castillos famosos)
  • es muy fácil moverse en coche por la zona, la señalización es buena.
  • además de castillos y viñedos, el Loira es una región llena de pueblos históricos y bien conservados que merecen la pena.

A estas alturas del post tal vez te preguntes por qué visitamos lugares turísticos si no queremos hacer lo mismo que todo el mundo, y la respuesta es sencilla: nos encanta buscar una forma alternativa de hacer las cosas. Y tú, ¿viajas como todo el mundo u organizas tus propios trayectos?

Bretaña, tierra de megalitos

Es muy fácil que hayas visto algún megalito, incluso sin buscarlo, y que la falta de información no te haya permitido comprender lo que estabas viendo, a nosotros nos ha pasado. Suelen ser restos aislados, inconexos con el resto de la historia, y muchas veces rebautizados con nombres religiosos o legendarios, lo que aún confunde más. Un caso típico sería algo así:

 

Y claro, no entiendes nada. Y es una pena, porque aún sin saberlo, uno se encuentra ante centros o construcciones religiosas o rituales, muchas veces contemporáneas de otras más famosas y ostentosas, como las pirámides egipcias, que nos hablan de nosotros mismos justo antes de la aparición de la escritura (o  si la hubo, no nos ha llegado nada) y es un tema que atrapa, incluso a quienes no les interesa la historia, por resultar enclaves especiales, con “energía”. Así que en este post os vamos a contar el “máster” que hemos hecho en la materia durante nuestra estancia en Bretaña. Nunca más volveremos a ver una piedra grande y la ignoraremos, palabra.

Monteneuf Gemma

 

Las islas británicas y la península bretona francesa son la zona con mayor concentración de construciones megalíticas del mundo. De hecho, sus denominaciones son palabras del idioma bretón: menhir (maen-hir, piedra larga) y dolmen (mesa de piedra). Aunque se desconoce el significado exacto de su simbología o lo que representaban, resulta evidente que existen diferentes tipologías y modelos constructivos, quea su vez reponden a diferentes usos: astronómico en el caso de los menhires (suelen coincidir con el cielo de los solsticios y equinoccios), ritual- ceremonial (los alineamientos o círculos de menhires) y funerario (galerías o corredores, para enterramientos colectivos).

Esto suele sorprender a la gente, porque tendemos a pensar erróneamente que la prehistoria (periodo de la historia del que no se conocen o no hay documentos escritos) y todos sus diferentes periodos se resumen en que el hombre prehistórico era algó más parecido a un simio que al hombre actual  y que siempre vivió en cuevas, cuando hace 5000 ó 6000 años ya exisitían sociedades organizadas y complejas, que cultivaban la tierra, conocían los ciclos naturales y tenía religión y manifestaciones artísticas (es decir, pensamiento abstracto y complejo).

Así, en la época neolítica, diferentes zonas británicas y bretonas, junto con el suroeste de la península ibérica, darían lugar al nacimiento de  cientos de construcciones en piedra de gran tamaño ( del latín, mega-lito), destacando la región de Bretaña por su cantidad y complejidad. Aún queda por demostrar si estas zonas estaban conectadas entre sí de alguna manera, pero lo parece.

Aunque la zona megalítica más conocida de Bretaña es la costa de Morbihan, al sur, donde se encuentra el famoso alineamiento de Carnac,  nosotros recorrimos el norte y centro de la península bretona, donde las construcciones son algo más tardías (IV milenio a.C.) y complejas, dando lugar a la aparición de cámaras, galerías y corredores.  Vamos a presentarlos desde lo más sencillo, un menhir, a lo más complejo, un conjunto variado de construcciones, en este minicurso de megalitismo para principiantes.

Menhir de Champ-Dolent (Dol de Bretagne). Con sus 9,5 m de altura y casi 9m de circunferencia, es uno de los menhires más importantes de Europa. Históricamente conocido, nombrado en crónicas medievales, y escenario de leyendas de todo tipo, como la que cuenta que con cada muerte injusta el menhir se introduce, de manera imperceptible, un poco más en la tierra, hasta  llegar a desaparacer, lo que supondría el fin de la humanidad. Está declarado Monumento Histórico.

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Alineamiento de menhires de Monteneuf (arqueositio de Broceliande). Descubiertos hace apenas 40 años, tras un incendio forestal que arrasó la zona, Monteneuf presenta un buen conjunto de menhires en alineación, además de un dolmen caído y señales de haber sido zona de extracción y trabajo de las piedras hace 5000 años, de ahí su interés arqueológico.  Pese a que los menhires se encontraron abatidos en el suelo (solían tumbarse por orden de la iglesia católica), el hallazgo de las fosas intactas permitió volver a levantar la mayoría de ellos. Hoy el área de Monteneuf es un parque arqueológico con alto valor pedagógico, que incluye rutas, demostraciones de cómo se trabajaban los megalitos y de la vida durante el neolítico, un buen lugar donde iniciarse en el megalitismo y la prehistoria si es la primera vez que nos acercamos al tema.

La Roche-aux-Fées (la Roca de las Hadas) es un dolmen de galería corrida, formado por cuarenta megalitos. Está orientado de forma que el amanecer del día del solsticio de invierno la luz penetra en él. En el interior se diferencia un pórtico de entrada del resto del corredor, y una cámara precedente a la principal. Este tipo de construcciones tenían un uso funerario colectivo.
Tumbas megalíticas, ubicadas junto al conjunto de Cojoux (que veremos más adelante) en lo alto de una colina. Apenas quedan en pie dos de los dólmenes, pero aún estando inundada por el bosque en el que se ubica, o tal vez precisamente por eso, resulta una zona hermosa. Muchas de las piedras se encuentran desordenadas y en el suelo, pero se puede recorrer el área sin problema e imaginar el conjunto.
Landas de Cojoux, Sitio Megalítico (Saint Just-Redon). Es parecido al conjunto de Monteneuf, pero lo interesante de este lugar es que presenta construcciones de casi todos los tipos conocidos:  dos alineamientos de menhires diferentes, un crohlmech, un dolmen de galería corrida, y un túmulo. Algunos escritos del siglo XIX nombran construcciones hoy desaparecidas, y es que la zona siempre ha estado poblada, y la reutilización de materiales era habitual, la última vez, para erigir monumentos a los caídos durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que se extrajeron menhires que hoy se encuentran repartidos por toda la región. La zona está protegida y es de libre acceso, aunque en el pueblo hay un punto de información. (Como la señalización es deficiente, adjuntamos un plano que a nosotros nos ayudó bastante durane la visita).
Los alineamientos (uno de bloques de pizarra y otro de bloques calizos) se ubican sobre una cresta natural, orientada dirección Este-Oeste, lo que hace presuponer un uso ceremonial del lugar.
Chateau-Bu es una sepultura con pasillo de entrada y recubierto por un túmulo que lo ha mantenido casi intacto con el paso de los siglos, siendo el único que a día de hoy se encuentra vallado, para su protección, por ser un ejemplo único de tipología variada.

Croix de Saint-Pierre, una cámara funeraria con pasillo de acceso, delimitada por menhires y muro de piedra.

Saint Just enterramiento circular reconstruido

La diferencia de datación entre los enclaves, 3000 años del primero al último construido, así como su variedad y ubicación hacen pensar que el conjunto de Saint Just se trata de un importante lugar de culto religioso del periodo final prehistórico, casi nada.

Por supuesto, hay muchos lugares más, especialmente en la zona costera del sur de Bretaña, donde es posible visitar construcciones megalíticas con grabados interiores (¿una primera representación artística?), aislados en islas remotas o semi-sumergidos, por el actual crecimiento del nivel del mar. El megalitismo resulta fascinante, no sólo por su carácter ritual o simbólico, sino por toda la información que todavía no tenemos, y que las investigaciones arqueológicas van desvelando… Si vas a visitar la zona, o si te interesa el tema, te recomendamos estos dos blogs franceses: Musardise y Megalito .

Y a ti, ¿también te gustan las piedras?.

Unos días por Normandía

Me gustan los territorios que tienen personalidad propia, pero me gustan aún más los que han sido tierra de paso o frontera, y han quedado marcados con vestigios y actitudes reconocibles de otras zonas, que son como hilos de los que ir tirando y descubrir una red invisible que los une, como un árbol genealógico donde se cruzan familias y donde la “pureza”, lejos de ser virtud, es anómala.

Normandía fue bautizada por los bretones como la “tierra de los hombres del norte”, que era como se conocía a los vikingos y que poblaron esas tierras durante años, aunque hoy apenas quede rastro de ellos. Y fue un normando, Guillermo, quien se coronaría rey de Inglaterra, dinastía que estaría durante generaciones en el trono de la isla, influyendo en su lengua y cultura (el estilo románico, nacido en Francia para toda Europa, se conoce allí como “normand“) y dejando con su linaje personajes para la historia como Ricardo Corazón de León. Su rico y variado patrimonio, junto con sus paisajes, fueron bien conocidos por J.R.R. Tolkien, no hay más que ver una casa de arquitectura tradicional normanda para recordar escenarios de El Señor de los Anillos…

 

Pero si por un hecho histórico se conoce esta región es por el desembarco de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, operación que marcaría no sólo este territorio, sino al país entero, como una cicatriz siempre presente, un eterno agradecimiento, a veces exagerado, por una “salvación” que costaría muy cara, en muertos y destrucción. Sería, precisamente, durante ese último año de guerra, cuando los bombardeos y ataques destruirían pueblos enteros, después reconstruidos con esmero, pero ya sin los materiales tradicionales, piedra y madera. Son pueblos con vida, sí, pero sin alma. Es curioso porque nunca antes nos habíamos planteado hasta qué punto la historia y devenir de la gente marcaba su impronta en las calles y fachadas de las localidades, otorgándoles una personalidad propia, que en estos casos se perdería para siempre. A veces, las calles, sencillamente parecen decorados de cine o las gárgolas de las catedrales pasan de ser animales mitológicos a tipos con chistera, como ocurre en Arromanches.

 

Del patrimonio cultural se salvarían muy pocos monumentos y ciudades, entre las que destacan Rouen y  Bayeux, con su maravillosa catedral de estilo gótico normando, un estilo propio dentro del mismísimo gótico francés. Aunque últimamente ya me canso de ver catedrales, y en ocasiones ni entro en ellas, reconozco que en esta fue diferente, resulta sobrecogedora. Una arquitectura fina, estilizada, ligera… un gótico elegante. Y además, bajo la nave principal, una cripta románica con sus frescos intactos . Lo dicho, una verdadera joya.

 

Pero si algo nos ha llamado la atención de Normandía han sido sus inmensas playas. La  longitud de las costas bañadas por el Canal de La Mancha atrajeron a pintores impresionistas como Gauguin, que se trasladaba desde París hasta la costa normanda para pintar su luz a finales del siglo XIX, cuando se ponían de moda los baños. Pero también fueron elegidas por su estratégica largura para operaciones militares y fue esto, paradójicamente, lo que las salvó. Muchas de ellas, tras el fin de la guerra, nunca volvieron a usarse para recreo, lo que ha permitido que lleguen hasta nuestros días intactas, protegidas por su valor natural, conservando sus dunas y vegetación propias, al evitar el desarrollo turístico de la segunda mitad de siglo. Algunas, como mucho, presentan hileras de encantadoras casitas de baño de madera.

 

Pero no todo son kilómetros de arena. También hay acantilados de piedra caliza, bordeados por carreteras sólo aptas para los amantes de la conducción que pasan por un interminable número de pueblecitos de pescadores.

 

Lo mejor de tomar estas carreteras, minoritarias y tranquilas, es la oportunidad de descubrir los lugares más auténticos, los pueblos más genuinos, donde no haya autobuses haciendo cola para comer marisco; o las playas donde los vecinos practican algún deporte lejos de los turistas que buscan las huellas del desembarco.

 

Y al final de su costa, casi llegando a la punta de la península de Connetin, nos esperaban dos fortificaciones militares, ubicada una frente a la otra, la primera en la costa, la segunda en una isla, declaradas Patrimonio de la Humanidad, ambas en el término de Saint Vaaste la Hougue, aunque nosotros sólo pudimos visitar la peninsular.

fuerte de la Hougue

 

Y efectivamente, hemos hecho un post de Normandía sin citar el Mont Saint-Michel, porque ya te contamos en la anterior entrada las razones por las que no lo visitamos, pues Normandía es mucho más que ese monumento y merece ser descubierta.

Mirador Bahia Saint Michel

Aunque sea omnipresente.

Por la costa litoral de la bahía de Saint Michel

Reconozco que, hasta hace apenas un par de años, no conocía la existencia del Mont Saint-Michel, tal vez porque no estudié nunca francés en el instituto, como Quique. El caso es que nunca estuvo en mi lista de lugares a visitar, pero estando en la Bretaña, se hacía “obligado” ir. Así que, aprovechando un día de sol que nos regaló mayo, salimos hacia allá. Teníamos apenas una hora de coche, pero nos lo tomamos con calma. Tanta que hicimos varias paradas durante la mañana en lugares que nos parecieron interesantes al pasar. Y así fuimos descubriendo poco a poco su silueta, omnipresente cuando te acercas a la costa, desde diferentes ángulos, dominando siempre la bahía…

campos y bahia saint Michel

Realmente es imponente, tanto por su situación geográfica, elevada en medio de la nada (agua o arena, según la altura diaria de la marea) como por la aguja del chapitel de la abadía, estilizada hasta el límite, con esa sutil exageración que tiene el gótico en el norte de Francia, que se alarga hasta casi tocar el cielo.

 

Total, que entre visitas y comer, nos acercamos al lugar a las tres de la tarde. Y nuestra decepción no pudo ser mayor. Explotado es poco. A ver cómo lo describo: te vas acercando, pasando por amplias zonas de aparcamiento de pago (6 euros media jornada, 11 euros todo el día), las únicas y obligadas, porque el pueblo más cercano está a unos 4 kilómetros, y es el típico pueblo absorbido y desaparecido bajo el flujo de, literalmente,  millones de turistas (estamos hablando del segundo monumento más visitado del país, ojo). Así que no te queda otra más que pagar parking y coger la navette gratuita que te acerca al monumento, o andar durante 40 minutos por una pasarela artificial, su única conexión con tierra firme; o ya, para rematar, pagar por hacer el trayecto en carromato, por llamar de algún modo a aquellos engendros, dignos de aparecer en Mad Max III. Entramos al parking y, viendo el panorama, decidimos en ese mismo momento dar la vuelta e irnos. Pensar en toda esa masa de gente metida en las escasas y estrechas calles del peñasco, abarrotando la abadía y su claustro… No, gracias. Además, como hemos estado menos de 30 minutos no pagamos nada. Una gentileza que nos parece una señal de que no somos los primeros, ni pocos, los que optamos por hacer algo parecido.

 

Y es que hace tiempo que hemos cambiado nuestra forma de visitar los lugares y relacionarnos con ellos. Nos agobian y desagradan las masificaciones, el ruido y la vulgaridad del todo vale por explotar un destino hasta hacer que acabe perdiendo su valor y personalidad  y empezamos a valorar otras cosas, como el contacto con la gente o el ir poco a poco, aunque veamos menos. Algo así como Slow Travel. Otra forma de relacionarse con la gente, donde los turistas dejen de ser vistos como números y carteras con piernas, y los locales dejen de ser una atracción de feria.

Así que improvisamos. Seguimos las señales que indicaban una ruta costera, que no es más que la antigua carretera que une los pueblos del litoral, con unas preciosas vistas sobre la bahía y el mar durante una tarde que iba cayendo poco a poco. Dunas naturales, antiguos molinos de viento, pueblos pesqueros… el día acaba, descalzos, en una playa solitaria.

 

De hecho, acabamos tan contentos que al día siguiente decidimos repetir y seguir con el itinerario desde el mismo punto que lo habíamos dejado, siguiendo la carretera del litoral. Pero antes de enlazar con la costera, pasamos por Combourg y su castillo, y la tentación era demasiado grande, así que paramos a fotografiarlo.

 

Como vamos sin prisa, se nos hace la hora de comer (aquí, las doce, no lo olvidemos) y decidimos buscar un lugar donde hacer un picnic, venimos preparados. Dando vueltas por la entrada del pueblo, una señal indica “menhir” y allá que vamos, esperando encontrar algo pequeño, pero no. Se trata de una pieza de unos 5 metros de alto, que ha quedado bien aislada en un campo de cultivo, y la zona se ha convertido en merenderos. Es cómico y simpático, pero nos encanta. Es el que más se parece, de todos los que hemos visto hasta el momento, al ideal de menhir que tenemos en la mente: el que siempre portaba Obelix sobre su espalda.  Así que, literalmente, comemos a la sombra del mismo, casi sin hablar. Es curioso comer junto a un monumento de casi 6.000 años, que ha visto pasar de todo, sin moverse, y sigue ahí, desafiando al tiempo y a la Historia.

 

Pocos kilómetros después, cruzamos Dol de Bretagne… Y paramos otra vez. Ya os hemos contado que en esta zona casi todos los pueblos son bonitos, pero algunos se salen, como éste. Una calle principal llena de casas bien conservadas, algunos tramos de pórticos y un buen trazado urbano. Tras el paseo nos apetece un café, y acabamos en la mejor crêpería de todas las que hemos estado, normal que en la puerta  tenga las insignias de ser recomendada por todas las principales páginas y guías, tanto turísticas como gastronómicas. Las crêpes están riquísimas, como el café, el precio es más que bueno, y lo que más nos gusta, son simpáticos.

 

Ahora sí, volvemos a la carretera del litoral. Seguimos bordeando el mar hasta llegar a Cancale por una carretera sinuosa y de un sólo carril. Allí nos sentamos a ver cómo iba subiendo la marea, el verdadero latir de Bretaña.

 

Hay mucha gente en Cancale, su cercanía con Saint-Michel y sus famosas ostras la convierten en un lugar idóneo para la parada de los tours organizados, así que decidimos seguir ruteando hasta la punta de Grovin, un supuesto entorno protegido. Y nos volvió a suceder más o menos lo mismo. Cientos de coches aparcados por los arcenes de la carretera y un trasiego continuo de “tomadores de fotos” que llegan, disparan y se van al siguiente punto que indica la guia, sin pararse un segundo a disfrutar o reflexionar sobre lo que están viendo o lo que tienen delante.

 

Decidimos continuar unos pocos kilómetros más, y, ya alejados del “meeting point”, buscamos un camino que vuelva a llevar a la costa, donde pararnos a disfrutar de los colores de la Costa Esmeralda... y ver cómo el Atlántico rompía sus aguas contra los acantilados, con una perspectiva casi a vista de pájaro, mientras la marea seguía subiendo. Todo un espectáculo.

 

 

Cuando nos cansamos de escuchar el mar, volvemos al coche y seguimos la ruta, hasta Saint-Malo. Aunque presume de ciudad corsaria y fortificada, en realidad fue destruida durante la II Guerra Mundial y reconstruida después, pero es una de las ciudades que más turismo atraen durante el verano, por su ambiente. Como ya la conocíamos de una visita anterior, decidimos llegar hasta el puerto y quedarnos allí haciendo fotos del intra muros, por verlo desde un ańgulo diferente. Nuestra sorpresa vino al descubrir en Saint Servan los restos de una impresionante posición conservada como Memorial. Terminamos de pasar allí la jornada, siguiendo el paseo histórico creado y contemplando el atardecer desde lo alto de la fortificación militar.

 

 

Cómo nos gusta Bretaña cuando nos regala un día sin lluvia.

 

NOTA: Fuimos improvisando esta ruta, dos días de sol (consecutivos, algo casi excepcional) y sin prisa, combinando los pueblos pesqueros del litoral con otros del interior, siguiendo la ruta costera señalizada, pero desviándonos cada vez que una señal nos invitaba a hacerlo. En realidad, recorrer la distancia que separa Mont Saint-Michel de Saint-Malo no deben ser más de dos o tres horas, pero dedicadle una jornada entera, como poco. Así, la costa se divide en dos paisajes bien diferenciados: Saint-Michel > Cancale, que recorre toda la bahía de Saint Michel y Cancale>Saint-Malo, que está bañada por la Costa Esmeralda (Côte d’Eméraude).

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Mapa obtenido de aquí.

El bosque de Broceliande o la mentira de un destino

Broceliande es un bosque mítico …y un poco timo también. Porque no es, ni mucho menos, como te lo pintan. Y está tan explotado que lo último que allí encuentras es paz, misticismo y soledad. Lejos de darnos por vencidos, tras una primera visita decepcionante, volvimos una segunda vez, y descubrimos lo que merece la pena, que curiosamente no sale en los folletos ni en las señales. Y te lo contamos todo aquí, para que veas que los blogueros también mentimos, y para que no te tomen el pelo si vienes a Bretaña.

El caso es que descubrimos que vivíamos muy cerca del famoso bosque, ubicado en el corazón de esta región y escenario de las míticas historias de Lancelot, Ginebra, Merlín, el Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. Y aún sabiendo que no eran más que historias, pensamos que el lugar merecería la pena, como paisaje. Buscamos algo de información, y unas fotos magníficas, con luces improbables y ángulos imposibles nos hicieron creer que el lugar tendŕia encanto. Primer error: las promociones turísticas, a veces,  mienten descaradamente, y los pocos blogs o páginas que habían estado por aquí también mentían (luego comprendimos que, por no decir que les habían engañado, como a todos, prefirieron retocar imágenes y exagerar los relatos). Aquí algunas fotos sacadas de la web oficial, para que soñéis:

 

Cuando consultas información, los mapas que aparecen suelen ser parecidos: los ves tan sencillos y poco recargados que supones que el entorno natural lo domina todo. Segundo error. Lo que ocurre es que los mapas no es que sean minimalistas, es que son “aproximativos”; quiere decir que los cruces, por ejemplo, no están más o menos donde los ves dibujados, o que las distancias entre pueblos no son proporcionales… Por supuesto, sólo aparece “lo que hay que ver” y todo lo demás, si no lo encuentras por azar, no existe. Éste es el que te dan el la Oficina de Turismo, tipo “mantel individual de restaurante”:

Mapa de Broceliande

 

Así que nos plantamos en Paimport, la población que aparece en el centro del mapa y que, en realidad, sólo tiene eso, que está en el centro del mapa. Es el lugar principal del bosque, allí está la Oficina de Turismo y todos los servicios turísticos imaginables, con nombres tan originales como “Restaurante La Mesa Redonda”“Bar La Cueva de Merlín”. Por supuesto no falta el centro de interpretación de turno, y de pago, sobre las leyendas artúricas. La abadía del S. XIII junto al lago apenas tuvo interés para nosotros, salvo que albergaba alguna talla del XIV, tampoco en muy buen estado. Así que una vez visto, decidimos seguir con la ruta. Y ahí es donde descubrimos que casi todo lo que aparece en el mapa está en el radio de influencia de dicha localidad, lo que la convierte simplemente en el lugar idóneo para dormir/comer/gastar. Lo que buscas cuando visitas un bosque o un destino natural, vamos.

Decidimos empezar visitando lo más cercano, una “tumba de gigante”, un antiguo dólmen de galería, al que se llega tras una corta caminata. Perfecto, nos dijimos, así entramos en el bosque y tomamos contacto con él. Tercer error. El bosque es muy, muy joven, los troncos de los árboles son finísimos, y están perfectamente alineados, pues son de replantación. Todo el bosque es privado, y, por tanto, está en explotación continua, renovándose sus habitantes periódicamente. Es otra forma de interactuar y concebir el término “bosque”, y la verdad es que nos chocó bastante, desde que entras en Francia, por la zona de Las Landas. Además de que la señalización era un poco confusa, buena parte del bosque es zona de entrenamiento militar y está, más que vallada, fortificada, así que durante nuestro paseo nos acompañó el sonido de las maniobras y la vista de paneles “fusilados”. Por fortuna ese día sólo eran prácticas con ametralladora. Como las Bárdenas, pero en verde.

 

El dolmen, por cierto, prácticamente  derruido, estaba algo descuidado. Aunque lo que más nos dolió fue el panel explicativo. Como ocurre con “La Tumba de Merlín”, ambos yacimientos estaban en perfecto estado en el siglo XIX; con el auge de visitas al bosque, sus dueños decidieron excavar por todo buscando supuestos tesoros escondidos, derribando y destruyendo menhires y dólmenes. Genial, oiga. Del segundo, y mucho más visitado, sólo queda un pedazo de piedra en el suelo…

Volvimos al coche, ya empezábamos a sentirnos estafados, y decidimos ir a lo seguro: un castillo. Esto no puede salir mal. Tras diversas vueltas por las carreteras secundarias (recordad el plano aproximativo) llegamos a Trecessot, un curioso castillo, rodeado de agua, y sólo visible desde el exterior. Luego nos seguimos adentrando en la carretera que continuaba por el bosque, y sin ser espectacular, era bastante más interesante que lo que habíamos visto por la mañana.

Castillo Trecessot

 

Si nuestro relato acabara aquí, nuestro consejo y tu (probable) conclusión serían no visitar Broceliande. Pero, como ya te dijimos, vivimos cerca, así que le dimos una segunda oportunidad. Esta vez, con un mapa de la zona de verdad. Y así es como descubrimos que lo que no aparece en el mapa, o lo que lo hace de forma sutil, es lo mejor. Aún así cometimos la imprudencia de volver a uno de los enclaves turísticos, cuarto error, la Tumba de Merlin. No tenemos palabras. Las caras de los turistas cuando llegaban al lugar eran el espectáculo en sí, no el megalito, pues te hacen ir ex profeso desde Paimport, a más de diez kilómetros, aparcar, andar cien metros, encontrarte con eso… y volver. Si, bueno, puedes hacer una excursion circular (hora y tres cuartos, más o menos) pasando por la “Fuente de la Juventud” o el “Roble de las Umbrías”, pero no vimos a casi nadie que emprendiese el camino. La foto de la izquierda es como se vende, la de la derecha, lo que encontramos…

 

Por suerte, esta vez veníamos mejor preparados. Decidimos ir a ver el alineamiento de Menhires de Monteneuf, ubicado muy al sur del bosque (abajo del todo en el mapa). Se trata de zona de transición entre los bosques  bretones y la cultura megalítica costera del Morbian, y presenta un conjunto de menhires extraordinario. El tema es que al estar entre la legendaria Broceliande y el conjunto de menhires más famosos de Bretaña (Carnac) queda olvidado por muchos.  Para nosotros fue fantástico, nunca habíamos visto un conjunto semejante.

 

Los menhires de Monteneuf se descubrieron en la década de 1970, tras un gran incendio forestal que arrasó la zona, parece increíble. Hoy se ubican en una zona protegida, un verdadero bosque, un entorno donde pasear de verdad entre los diferentes grupos y conjuntos de megalitos, con un pequeño centro de acogida de libre acceso y una gran pradera a la entrada, ligeramente alejado todo ello de la zona de parking.  Lo recorrimos hasta cansarnos, aprovechamos los itinerarios e informaciones, los disfrutamos en silencio y en compañía, les hicimos fotos desde todos los ángulos, picnic y siesta entre ellos… y todo con absoluta libertad. Estaba cuidado a la perfección, no veías a nadie dejando rastro de su visita, sino que todos contribuían a mantener en perfecto estado ese pedacito de su cultura y de su historia. A pesar de todo, les han pasado una carretera justo por uno de los extremos del yacimiento, y de eso no debe hacer mucho, lo que da idea también del concepto de protección y su relatividad, o su manejo según intereses.

 

Cuando ya habíamos tenido suficiente, cogimos el coche e hicimos diez kilómetros más, saliendo así de la zona “oficial” de Broceliande, hasta llegar a Josselin. Veníamos atraidos por su castillo, que perfectamente podría competir con cualquiera de los del valle del Loira,y que se encuentra ubicado no en lo alto, como es habitual, sino en la parte más baja de la localidad, junto al río.

Castillo Josselin

 

Pero lo que nos enamoró fue el pueblo. Nunca nos cansaremos de ver casas de construcción tradicional con madera, pero, sobretodo, cómo ha manenido el trazado urbano y la vida que había en sus calles.

 

De esta experiencia sacamos varias conclusiones:

Uno, cada vez nos gustan menos las zonas turísticas y todo lo que “hay que visitar”, los destinos pierden así su personalidad y encanto, y a tí te tratan como a un borrego más.

Dos, se acabaron los mapas turísticos, estamos visitando Bretaña con una guía de los años 60, comprada en un mercadillo de libro antiguo por 2 euros. Su mapa de carreteras es el más completo que hemos visto, y las descripiciones de pueblos y monumentos, la mejor, pese a que pueda haber algún desfase tras medio siglo. Una guía bien hecha siempre vale, aún siendo vieja.

Y tres, una ruta e itinerario es todo lo que tú quieras visitar, da igual si cambias de zona, departamento o región. Muchas veces, como la información la hace la administración, la corta donde está el límite político, sin tener en cuenta que los pueblos de alrededor pueden ser iguales, o de transición, y por lo tanto, complementarios. Segmentar tanto acaba distorsionando los espacios, que parecen islas en un archipiélago, sin ningún sentido.

El problema, y ahí es donde hacemos la crítica, es que por querer imponer un punto de vista sobre el relato, se distorsiona todo lo demás. Estos bosques, y la región en general, son la zona con mayor concentración de restos megalíticos del mundo (sin contar todo lo que está sumergido por el aumento del nivel del mar) y ello sirvió para que en la Edad Meda, Chrétien de Troyes los aprovechara para su ciclo artúrico, porque el reaprovechamiento de construcciones y narraciones orales es muy habitual en arte o literatura. Pero cuando centras tu relato sólo en lo legendario, pervirtiéndolo hasta superar el límite para vender cualquier recuerdo o camiseta, no sólo tratas a tu público como si fueran niños, sino que no les dejas ver el conjunto y, por tanto, la verdadera riqueza del lugar. Esto ocurre también con los castillos del Loira: no todos los de la ruta merecen la pena, sólo por estar a orillas del citado río, y otros muchos del entorno se ignoran injustamente, por el mismo motivo. Aunque de estos temas hablaremos otro día, que bien merecen un post aparte.

 

Y por fin, los Alpes

Ésta fue, sin duda, la jornada que más recordaremos de nuestra semana en la zona de Saboya y Ródano-Alpes. Y pese a que no fue la más preparada, resultó un día de grandes sensaciones. Nuestro anfitrión (ya sabéis, el futuro duque de Saboya) nos había preparado varias excursiones, que fuimos adaptando y modificando sobre la marcha, pero esta era intocable: él quería ir al Mont Blanc aprovechando nuestra estancia. Así que cogimos el coche y la carretera, sin madrugar demasiado, y nos encaminamos hacia allá. Era fácil, sólo había que ir en dirección a las cumbres, omnipresentes desde cualquiera de los valles. Nos llamó la atención lo fácil que era llegar hasta la misma cordillera, pero cuando vimos todas las infraestructuras turísticas (villas olímpicas de los juegos de invierno, escuela de alta montaña, apartamentos y hoteles, todo con un aire muy setentero) lo entendimos mejor.

 

No teníamos muy claro qué íbamos a hacer, ni dónde exactamente, pero esta cuestión se resolvió sola gracias al chico, totalmente equipado para hacer snowboard, que hacía dedo en la carretera y que, por supuesto, recogimos. Empezamos a hablar y al contarle nuestro no-plan nos recomendó la que consideraba como mejor opción: ir hasta Chamonix, el pueblo en cuyo término se ubica el pico, y cuyo valle es el que más resguardado queda del aire, y hacer allí cualquier caminata. Total, que hablando, hablando, el chaval se pasó de su parada, acabó con nosotros en el pueblo y tuvo que hacer dedo otra vez para retroceder algunos km. Cosas que pasan. Y así, llegamos a destino.

 

Como no es que fuésemos precisamente bien preparados (llevábamos un par de raquetas y dos bastones, y éramos tres) y era ya media mañana, decidimos hacer un paseo sencillo, sólo queríamos pisar nieve, caminar por la montaña y ver sus cumbres. Y el día nos acompañaba para hacer buenas fotos.

 

Aunque ya había empezado el deshielo, la capa de nieve seguía siendo generosa, y el caminar era lento. Apenas hablábamos. Los montañeros iban disfrutando del entorno, y yo iba absorta en mis recuerdos. Había escuchado en casa, durante toda mi vida, hablar decenas de veces del Mont Blanc por parte de alguien que lo vio durante años, siempre con su cumbre nevada, invierno y verano, y que hoy ya no está. Por alguna razón, ese día me sentí más cerca de él, poniendo imagen a aquellos viejos relatos.

 

Lo que más nos llamaba la atención era la diferencia con otras montañas conocidas. Las cumbres alpinas no son tanto montañas, sino macizos, con grandes bases que van ascendiendo poco a poco, creando inmensas e imponentes moles. Sin embargo, la gran anchura de los valles evita la sensación de enclaustramiento, pese a las paredes verticales de entre 4000 y 4800 metros que te rodean. Y otra curiosidad es que los Alpes nacen tan bajos que, a pesar de la altura de sus cumbres, algunos fondos de valles están próximos al nivel del mar. En este caso, partimos ya de los 750 y llega hasta los 4.810 del pico, que, por cierto, sigue creciendo.

Valle Montblanc

Y así, tras una breve caminata ascendiendo, es como acabamos frente a la cumbre del Mont Blanc, el techo de Europa. Y ahí me tenéis, a mí, que soy de Huesca y nunca he hecho  cumbres ni caminatas en el Pirineo, bautizándome como montañera en los Alpes. La vida siempre te sorprende.

 

 

El día acabó con la tradición montañera de almorzar con vino, detalle que yo desconocía, pero que nuestro anfitrión había previsto. Por supuesto, vino aragonés, que la ocasión lo merecía.

Annecy, la Venecia de los Alpes

Estando en Chambery, teníamos claro que nuestra primera escapada sería a Annecy. Aunque apenas habíamos visto este destino en otros blogs o webs de viajes, es bien conocida en Francia por su rico patrimonio y su excelente ubicación, a los pies de los Alpes, y porque es surcada por los canales del Lago Annecy, dándole un carácter único, sólo comparable al de la ciudad italiana, con la ventaja de que aquí no hay gondoleros ni serenatas, lo que es de agradecer.

 

A mitad de camino entre Chambery y Ginebra, apenas una hora en coche. Como casi siempre en Francia, este tiempo puede acortarse si tomas la autopista de peaje, pero tiene mucho más encanto si vas por la nacional. Annecy es una muy  buena opción para visitarla desde cualquiera de las dos ciudades, aunque, como todo lo turístico, el encanto aparece cuando se vacían sus calles. Pese a que no somos amigos de las visitas de ida y vuelta en el día, esas que apenas te dejan tiempo para hacer el recorrido propuesto por el folleto, que hace todo el mundo, y las fotos de rigor, el casco antiguo de la ciudad es pequeño, y visitable en unas horas. Si no tienes mucho tiempo, madruga o ve a última hora de la tarde, cuando desaparezcan los cruceros y las mareadas de turistas, y piérdete por sus calles empedradas. Lo agradecerás.

Quique haciendo foto

 

Annecy es mucho más que un par de calles bonitas: es una ciudad con una muy larga historia, y sabe cómo contarla. Por supuesto, también es “Ville d’Art et Histoire“. Todo su centro histórico se conoce como Le Vieil Annecy, y son las calles que discurren a ambos lados del Thiou, el desagüe natural del lago. No confundir con Annecy-le-Vieux, primera población y hoy barrio de la ciudad (para evitar líos con el gps y las señales).

 

El Palace de l’Isle del siglo XII, también llamado “viejas prisiones”, es el monumento símbolo de la ciudad, y dicen que uno de los más fotografiados de Francia. Es un bastión que impresiona por su sobriedad y carácter de fortaleza en su parte trasera, y que, al rodearlo y descubrir su extremo en forma de quilla de barco, en medio del agua de los canales, da una imagen mucho más amable y simpática. Por eso es, sin dudarlo, centro de miles de fotos, “selfies”, autoretratos y todo lo que nos podamos imaginar. Lo difícil es hacerle una foto sin gente.

 

El Castillo de Annecy, antigua residencia de los condes de Ginebra (que nosotros pillamos cerrado por ser martes, día de cierre semanal) pese a la cuesta, da otra perspectiva de la ciudad, menos restaurada, más auténtica, con fachadas sin enlucidos de colores ni arcadas abiertas en los bajos.

 

La calle  y puerta de Sainte-Claire y sus románticos arcos de los siglos XVII y XVIII, siguen acogiendo comercios. Para nosotros, es la calle donde más se nota la influencia italiana, las persianas venecianas, las fachadas de colores… la riqueza de la tierra fronteriza y sus mezclas. La multiculturalidad, que llaman desde hace un tiempo…

 

Y, por supuesto, la Rue Royale. Donde algunas casas aún conservan el embarcadero propio. Y donde hemos visto la mayor densidad de restaurantes por metro cuadrado, pese a la escasa anchura de las calles laterales.

 

Pero si, como os decimos, salís de las vías principales, descubriréis la Annecy donde vive la gente. Es sólo ir una calle más allá, salir del “decorado” de la calle que entra y sale al lago y su desembarco continuo de cruceros, y sentir el ritmo de la auténtica ciudad, y sus gentes. Un ciudad amable, y nada cara, por cierto, contra todo pronóstico.

 

Seguid el curso del agua, hasta llegar al lago…

 

Y cuando todo se tranquilice (veréis a la gente embarcar de nuevo) volved a entrar en la ciudad, esta vez sí, para recorrerla a gusto. Las terrazas se habrán vaciado y el ritmo volverá a ser pausado. Recorreréis las mismas calles que unas horas antes, y no reconoceréis haber estado en el mismo lugar.

 

Y entonces sí, disfrutando de cada detalle antes desapercibido, os iréis con la sonrisa de haber disfrutado de la ciudad, a pesar de todo.

 

Y después, siempre queda la duda: ¿visitar lo más turístico sí o no? ¿Pelear con cientos de personas por hacer la misma foto que todos, o salirte del mapa y buscar en la carretera otros lugares? Una constante latente durante este viaje, que irá marcando nuestras decisiones.

Chambéry, puerta de los Alpes

Viajamos a Chambéry por nuestro motivo favorito: visitar a un amigo. Pero no un amigo cualquiera, no. Uno de esos que hace años que no ves, pero con quien mantienes el contacto y la buena complicidad. El asunto es que nuestro amigo, futuro duque de Saboya (esa es otra historia y hoy tampoco es el momento) es un gran anfitrión, y buen conocedor de la Historia, por lo que nos cruzamos Francia en un trayecto inolvidablemente largo, para verlo. Por cierto, que este viaje fue nuestra primera experiencia con Blablacar, llevando nosotros a otros pasajeros (así cubrimos los gastos de los peajes, que no era poco) y nos gustó.

Las zonas fronterizas tienen el encanto de la mezcla, del mestizaje de gente que va y viene cruzando esas líneas imaginarias, que nunca aparecen dibujadas en el suelo, enriqueciéndolas, y la Saboya reúne lo mejor de haber sido italiana, llevar apenas siglo y medio anexada a Francia, y mirar de igual a igual a los suizos. Casi nada. Además de enclavarse en un entorno natural privilegiado, a los pies de los Alpes.

 

Y es que la historia marca. Ciudad medieval, nacida de las necesidades estratégicas de la histórica dinastía de los Saboya (duques primero, reyes de Cerdeña después) en un histórico cruce de caminos, que le daría vida administrativa y comercial durante siglos, como puerta de entrada y salida entre diferentes reinos y condados, aunque hoy  el alma de la ciudad es su universidad.

 

Su casco antiguo mantiene bastantes construcciones originales, salvo las destruidas en los bombardeos de la II Guerra Mundial, y para nosotros, que veníamos de la Bretaña y sus casas de entramado de madera, Chambery se nos presentaba como una ciudad marcadamente italiana.

 

Pese a toda su importancia, el Castillo apenas conserva nada de su estructura original, tras las adaptaciones hechas hasta llegar a convertirlo en sede de la prefectura. La exposición interior, gratuita, sobre la historia casi milenaria de la dinastía, sus devenires, alianzas con diferentes países europeos y documentos, es más que recomendable si os gusta la historia.

Pero Chambery también guarda secretos fuera de la ciudad. Uno, la casa donde vivió varios años Jean Jacques Rousseau, filósofo ilustrado cuyo pensamiento tuvo gran influencia en la Revolución y posterior Romanticismo, ubicada en medio del campo y rodeada de naturaleza; él mismo cuenta que sus años de estacia allí influyeron decisivamente en su pensamiento, lo que se comprueba en su obra fundamental, “El contrato social”, y su cita más conocida: “el hombre es bueno por naturaleza”. Aunque la casa en sí no es más que una mera curiosidad, el entorno y el jardín botánico que alberga justifican llegar hasta ella. Además, si el día acompaña, podemos pasear por los mismos montes en los que el filósofo se inspiró, pues está marcada la ruta para llegar hasta la casa, saliendo del barrio de Bellevue, muy cerca del centro.

 

Pero la verdadera joya de Chambery está fuera de la ciudad, el lago Bourget, el mayor lago natural de Francia, ubicado en una de las zonas de montaña más bellas que hemos visto, los macizos prealpinos de Bauges y Jura. De origen glacial, ocupa en la actualidad cerca de 4.500 hectáreas, aunque en sus orígenes pasaba de las 10.000.

Prados

Caballo pastando

 

Además de conocer la propia ciudad, Chambéry nos sirvió de “centro de operaciones” por su situación geográfica, y, aunque no pudimos llevar a cabo todo el plan previsto (siempre nos pasa igual…) fue una semana intensa de visitas y descubrimientos en la región de Rhône-Alpes que poco a poco iremos desvelando.

 

Bécherel, Ciudad del Libro

Bécherel es un pueblecito ubicado en lo alto del valle del río Rance, en una situación idílica. Además de conservar en muy buen  estado su patrimonio, lo que le vale el título de “Petite Cité de Caractère”,  nos interesaba su nombramiento como “Ciudad del Libro”, siendo la primera localidad de Francia y la tercera de Europa en recibir esta distinción. Y aunque habíamos oído hablar de ellas, no habíamos visitado ninguna.

 

Becherel

 

¿Qué son las “ciudades del libro”? Pues un fantástico proyecto que aúna y distingue pequeñas localidades, con un patrimonio y entorno notables, y muy vinculadas a la cultura (lo que tiene mérito tratándose del mundo rural) que albergan talleres de artistas, actividades culturales y librerías, éstas especializadas en segunda mano y materiales poco frecuentes. Muchas de las localidades, aunque no todas, están reunidas en la International Asotiation of Book Towns; y por si no lo sabías, en España contamos con un pueblo en la lista: Ureña, en la provincia de Valladolid.

Así que como era la primera localidad de esta distinción que visitábamos, nos acercamos con mucha curiosidad, un domingo soleado.

 

 

 

Pese a los restos de la fortaleza y algunas casas notables, Bécherel se presenta modesta, en una región llena de patrimonio como es la Bretaña, pero resultaba agradable para pasearla. Cuando llegamos, sobre las 11.30 de la mañana (en Francia, ojo) estaban abriendo algunos comercios y montando los puestos… Y eso que era el primer domingo del mes, dia en el que celebran feria del libro. La tranquilidad y el silencio nos acompañaron durante toda la mañana. No había aún excesivo público, y las actividades anunciadas daban comienzo a partir de las 14:00 horas. Es decir, aquí, por la tarde.

 

Becherel escaparate

 

 

Ciertamente, es una ciudad para los amantes de los libros y las librerias con historia, en la que pasar horas buscando esa edición perdida, esa joya olvidada o cualquier pieza inesperada que pueda acabar en tus manos, aunque los precios no son baratos. También si te gusta el mundo del cómic, toda una religión en Francia, podrás encontrar miles de ellos, de todos los tipos, edades y precios. Pero en un país donde los mercados de libros de segunda mano se ponen a diario en la calle, los precios de las librerias eran sospechosamente parecidos en todas.

 

 

Por supuesto, nadie encontrará ese libro mágico y fantástico que todo bibliófilo sueña: salvo error catastrófico, no llegan a los escaparates y vitrinas de las tiendas. Eso sí, nunca habíamos visto a un librero atender su negocio con una copa de vino o champagne en la mano, o que te dejasen pasear con tranquilidad por todo el local, mientras debatían de las últimas tendencias del teatro parisino en su café interior… Podría decirse que no están ahí para vender, sino para dejarte disfrutar del paseo, de ojear libros, revistas, comics y planos, desde los más recientes a algunas cosas (no muchas) de finales del S.XIX. Y siempre con una sonrisa, un “Bonjour” o, como ya hemos dicho, una copa de champagne. Igual es eso…

 

 

Aunque no compramos nada (raro en nosotros) nos gustó el ambiente y comprobar que hay más formas de dar vida al mundo rural, sin usar la vía turística estandarizada y sobreexplotada, sino apostando por la cultura y negocios sostenibles, dando un carácter propio a localidades anónimas que apuestan, en los tiempos que corren, por el papel. Una referencia a tener en cuenta y con la que reflexionar.

Finisterre, donde el mundo da comienzo

Bretaña, como nuestra Galicia, también tiene su Finisterre, es decir, su extremo más occidental, en ambos casos, siempre según nuestra concepción del mundo y del globo terráqueo, claro está.  Para los bretones Finisterre es «el lugar donde todo comienza», y es verdad: impacta y se agarra a tí cuando pasas, aunque sólo sean unos instantes, por sus territorios.

Sólo hemos tenido una primera toma de contacto, de la mano de habitantes de la zona, pasando un buen fin de semana acogidos en familia. El tiempo, como casi siempre en Bretaña. Hasta el poeta lo dijo: “Il pleuvait sans cesse sur Brest, ce jour-là…” Es especial, tan cambiante, húmedo, ventoso, brumoso, pero tan cálido y acogedor a la vez…  Así que sólo pudimos escaparnos al Mont Saint-Michel de Brasparts, que, con sus 3.800 decímetros de altura, es una de las cumbres de la región. Qué le vamos a hacer, están orgullosos de todo lo suyo; si sus cumbres no se acercan a las cifras de los Alpes, pueden hacer que parezcan grandes… con un pequeño cambio de unidad métrica. Y no engañan a nadie, ¿no?

 

Y es que se sigue notando que esta región es el final (o principio, nunca se sabe) de la Armórica. Para los aficionados a los comics de Asterix, el nombre les resultará muy familiar. Para los que no, decir que es un punto que ha sido constante lugar de paso, de conquista y resistencia, desde el paleolítico hasta nuestros días. Desde que los primeros monumentos megalíticos comenzaran a ser plantados por el hombre, hasta llegar a la magnificencia de Carnac u otros similares, hace casi 8000 años. Desde que llegaron los celtas, los romanos, los bretones, francos y normandos, y, por qué no decirlo, también los franceses modernos. Siempre ha sido una zona que ha hecho sentirse a sus ocupantes orgullosos de su terruño, debe tener algo muy especial, aunque nadie sepa explicar qué es. Tal vez sólo sea cuestión de magia.

También ha sido, y sigue siendo, una región olvidada. Lejos del centro parisino, con una capital de departamento (Brest) volcada hacia el mar y una capital de Région (Rennes) desplazada hacia la parte interior del país, sufrió una despoblación brutal en el pasado siglo, de la que poco a poco se está recuperando. Es salvaje, natural, espectacular, viva, dura, aunque también agradecida. Enamora al mismo tiempo que hace llorar. Porque como compensación por el abandono de siglos, los gobiernos de los años 60 instalaron allí la primera central nuclear de Francia, para darles trabajo, oportunidades y futuro. A finales de los 70 en Plogoff fueron tambien los primeros en parar la construcción de otra central nuclear con la fuerza de la lucha popular. Ahora la central está en proceso de desmantelamiento permanente. No se contemplaron nunca los gastos necesarios para ese proceso, sigue pendiente de dotación presupuestaria, mientras los residuos nucleares continúan allí guardados, por más que el pueblo protesta, el lago Saint Michel se sigue desangrando por todas sus orillas. Porque aunque no haya peligro, como aseguran las autoridades, nada merece la pena a la sombra de semejante atrocidad. De nuevo, la lucha sigue.

 

Pero a pesar de todo, destila vida por todos y cada uno de sus poros, de sus costados. Sólo es salir a la calle y ese aire limpio, frio, puro, que te hiela los pulmones pero que te enciende el ánimo te incita a pasear por sus mil y un caminos, recorrer sus sinuosas carreteras, y, sobre todo, a intentar llegar a su costa. Mil y una puntas, cabos, golfos, ensenadas, bahías… todas, increíbles y completamente diferentes a la anterior. Brest, Concarneau, Plogoff, Pernmarch…  Sólo hace falta que busquéis las imágenes de la Punta de Penhir para que os hagáis una idea. Casi nada nos hace recordar que, en 1999, toda esta costa fue el destino del petroleo vertido por el Erika. Aquí no lo olvidan, y Total sigue siendo una compañía vetada por los bretones en su día a día. No pudieron parar el vertido, pero pueden ejercer su derecho de elección como consumidores.

 

A cada paso se muestra la historia: desde el más remoto ayer a los vestigios de las Grandes Guerras, del pasado galo al orgullo bretón, de los obispados representados en la bandera a la fuerza de las Anas de Bretaña (fueron madre e hija), de su mantequilla (salada, por supuesto) a su sidra (dulce, no esa copia normanda), de Finisterre, que es la auténtica Bretaña, la Armórica, lo que está enfrente del mar, al resto de territorios, que son unos añadidos francos con los que convivir. Puede sonar duro, seguro que en nuestro país se etiquetaría de nacionalismo, y, sin embargo, vemos que aquí todo se lleva con una absoluta normalidad, una relación de orgullo, humorístico orgullo, de la que ellos mismos saben reirse, hacer mofa y sacar la punta que da título a la obra que hay que leer para entender lo que aquí pasa, y que, de nuevo, sólo hace que parafrasear a nuestro héroe galo: «Están locos, estos bretones». Cómo no enamorarse cada día más de ellos y de su tierra.

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Vitré, Ciudad de Arte e Historia.

Victor Hugo la definió como “una villa gótica, completa y homogénea, como aún quedan algunas: Nuremberg en Baviera, Vitoria en España o Nordhausen en Prusia” y ciertamente, ha sido de las pocas que se salvó de la devastación de los bombardeos durante la II Guerra Mundial en esta zona. Ciudad de Arte e Historia, Vitré ha sido una de nuestras primeras visitas, y no defraudó.

Vitré es su fortaleza, y la fortaleza es Vitré desde el siglo XI, cuando determina su perfil y marca su personalidad. Aunque, eso sí, el castillo impresiona más de lejos y desde fuera, en comparación con el pueblo que lo acoge. Al llegar a él descubriréis una gran explanada por patio, una parte dedicada a ayuntamiento y otra a museo, y apenas nada de lo que debió ser su uso original. Pero eso no le resta magnificencia en cuanto a tamaño, el castillo y la muralla de la fortaleza separan claramente el burgo viejo del nuevo Vitré.

Un pueblo pequeño adosado a semejante castillo y murallas, nos da una idea de como debían ser en la Edad Media lo que hoy conocemos como burgos: calles estrechas y con cuestas, casas desordenadamente amontonadas y que han ido recreciendo estancias y piedra, mucha piedra.

 

La iglesia, aunque leáis en las guías que es de estilo “gótico flamígero”, viste más por su nombre que por la arquitectura. De hecho, apenas le hicimos fotos al exterior. Nos llamó más la atención su interior, con la bóveda de la nave central en forma de quilla de barco invertido (algo tan repetido en cualquier zona marinera) finamente pintada, y los restos de unos frescos, que debieron ser bellos, en un inadvertido rincón.

 

Sus calles más céntricas guardan la esencia de lo que fue Vitré entre los siglos XV y XVII, albergando comercios tradicionales en los bajos de las casas desde hace siglos, cuando las mejores familias de la villa se dedicaban a comerciar con telas en Europa, y después también con América.

Porches de Vitre

 

Esta pujanza se ve reflejada en la arquitectura, con casas notables en diferentes estilos y épocas. Desde las más tradicionales en Bretaña, construidas con el omnipresente pan de bois…

 

…fachadas de transición, que mezclan madera y piedra, dando seguridad a las ciudades, pues era un muro cortafuegos, intentando evitar incendios como el que destruyó casi en su totalidad Rennes en 1720, y que se llevó por delante la mayoría de edificios construidos sólo mediante pan de bois

 

…llegando al Renacimiento, con el protagonismo absoluto de la piedra…

 

…hasta la época más reciente, y la introducción de la forja decorativa.

 

Pasearla es todo un placer para los sentidos. Y, por supuesto, es un lugar magnífico en el que encontrar (y disfrutar) incontables ejemplos de nuestra peculiar obsesión, y de la que ya os habréis dado cuenta: las puertas. De diferentes tipos, estilos, maneras y formas, pero todas con su encanto particular.

 

En definitiva, otra ciudad a tiro de piedra (desde Rennes, claro) a la que escaparse en cualquier momento, perderse por sus callejuelas, respirar historia en cada rincón, disfrutar de cada pequeño detalle y descubrir mil y uno de ellos, que esperan, desde hace siglos, a que, simplemente, posemos nuestra mirada sobre ellos.

Conociendo la Bretaña francesa

Desde que inauguramos el blog, estamos viviendo en la Bretaña francesa. Era una de las cosas que queríamos hacer (otro día hablaremos del año sabático que estamos disfrutando). Ambos habíamos estudiado francés y queríamos mejorarlo, vivir en el extranjero y, a ser posible, en un lugar de clima y paisaje atlántico (nosotros, que venimos de Los Monegros…) así que la decisión fue fácil. En otro post os contaremos cómo nos hemos organizado, hoy os queremos presentar esta región, que nos tiene enamorados.

La Bretaña francesa es la península de tierra que sobresale hacia el oeste del país, justo bajo el canal de la Mancha y la Gran Bretaña, en el Atlántico. Una tierra de leyendas y de historia céltica, gala y medieval que nos atraía y que nos ha robado el corazón con la simpatía de su gente, su gastronomía y sus hermosos paisajes, incluso en días de bruma como éste:

 

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La capital de la región es Rennes, ciudad que, pese al destructor incendio del siglo XVIII, guarda buena parte de su callejero medieval, con casas tradicionales construidas en “pan de bois“, siendo una de las ciudades francesas que alberga mayor número. En torno a los restos de este histórico barrio  se levantó la nueva ciudad, construida al gusto y estilo parisino.

 

Imprescindiles para visitar Rennes:

  • El entramado medieval, que reúne cerca de 300 casas de construcción tradicional, agrupadas en torno a la plaza Sainte Anne, siempre llena de gente.
  • La ciudad moderna, rodeando a la anterior: Ópera, Parlamento y Ayuntamiento.
  • El Modernismo y mosaicos de Odorico, en la piscina Saint Georges, la primera calefactada de Francia (1923) y otros edificios que salpican el centro. Inconfundibles.
  • Junto a la anterior, el parque Thabor, que mezcla los estilos inglés y francés, siendo uno de los mejores del país.
  • Sus mercados. Cada semana se realizan una veintena en diferentes días y lugares: productos bio, libros antiguos, flores…

 

No podéis dejar de comer crêpes, y su variante salada y menos conocida, las galettes. Hechas con harina de trigo sarraceno, admiten cualquier relleno (queso, jamón, tomate, champiñones…) siempre acompañada de una buena sidra local, que se bebe en taza. Si estás en Rennes, por supuesto, deberás probar la galette-saucisse en cualquier puesto callejero, variante local que consiste en enrollar una salchicha en la pasta de galette, con salsas al gusto. Es, además, la forma más económica de comer bien en las ciudades bretonas.

 

Pero hay algo que todavía nos gusta más: recorrer la Bretaña. Aunque no lo hemos visto todo, la región está llena de pueblos maravillosos, que se aferraron a su pasado con sus castillos y calles empedradas. Da igual que sean costeros o de interior, de origen romano o medieval, feudales o comerciales, todos hablan de un gran pasado común del que se sienten orgullosos. Diez de ellos se agruparon bajo el nombre de “Ciudades de Arte e Historia”; incluso algunas como Saint Malo, que fueron gravemente dañadas en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, reconstruyeron su patrimonio.

No sólo eso, otros 19 pueblos se agruparon, orgullosos de su patrimonio, bajo el nombre “pequeños pueblos con carácter”, una distinción que nació aquí y se extendió después por el resto del país, poniendo en valor pueblos de menos de 6.000 habitantes, con un destacado patrimonio y el compromiso de cuidarlo y ponerlo en valor. Imposible no quererlos, ¿verdad?

 

Pero todo esto y mucho más lo iremos descubriendo, poco a poco.