Ad aeternam Roma.

Admiramos a quienes van y visitan ciudades como Roma, París o similares en un fin de semana o puente. Siete días sin parar hemos estado, y nunca nos habíamos ido de ningún lugar con semejante sensación: apenas hemos visto la ciudad.

Sí, hemos paseado de día y de noche. Con lluvia y con sol. Hemos visto todo “lo que hay que ver”. Los monumentos. Las fuentes. Los barrios. Las afueras. Los bares y restaurantes. Las avenidas, calles y callejones. Lo moderno, lo antiguo y lo anterior. Las iglesias y templos. Las calzadas. Y apenas creemos haberla visto, disfrutado, conocido. Queremos vivir en Italia, ya os lo advertimos.

20170914_124305

Vuelo barato, hotel barato, mochila y a disfrutar. Esa era la filosofía del viaje.  Cuando no tenemos tiempo, o no queremos complicarnos la vida organizando (eh, a veces también nos gusta lo fácil, y descansar) elegimos una capital europea, para no tener que pensar en transportes y otros asuntos de intendencia. Ya os hemos contado en otras entradas viajes a ciudades como Lisboa, Viena, Bratislava , Bruselas o Madrid.  Si buscáis algo más sencillo, cualquier gran ciudad de España cumple el mismo papel, pero facilitando temas como transporte o idioma (podéis ver nuestros viajes a Bilbao, Valencia o Soria, por ejemplo). Así que, como sólo teníamos una semana, y Roma era uno de esos lugares que siempre están presentes en la lista de favoritos, compramos el vuelo un día, y al día siguiente nos íbamos.

Llegamos y llovía. Llovía como nunca habíamos visto. La ciudad estaba inundada y sin luz eléctrica ese domingo de final de verano, pero no nos importó. De hecho, todos los lugares más especiales de nuestra memoria viajera han sido lluviosos, como la Bretaña o la selva mexicana. Así que aprovechamos para descansar en el hotel (que nos dejó hacer el registro bastante pronto). Y desde ese momento, hasta la tarde del sábado siguiente, nuestro único plan era pasear y contemplar, nada más, y no es poco si tenemos en cuenta la ciudad de la que estamos hablando. Sólo os diremos una cosa, la ciudad, además de siete colinas, tiene cientos de escalinatas.

20170911_160615
El atardecer desde el último peldaño de la escalinata, merece la pena.

Y como no pretendemos ir de listos ni entendidos, no os vamos a decir qué ver ni cómo, que para eso ya hay otros que saben mucho más, como los compañeros del blog Mochilenado por el mundo, que se conocen Roma como nadie. Sus entradas son una mina para preparar un viaje a la capital italiana.

20170910_183314

Pero Roma, tan maravillosa y antigua, es también muy turística, y hay que lidiar con ello, y con las colas, las entradas a precios elevados, la gente haciendo fotos por todos lados, la gente por todas partes, la sobrexplotación de la ciudad, la falta de personalidad de buena parte de los restaurantes (sobre todo, en el centro). Así que intentamos salirnos de esa vorágine. Por primera vez apenas visitamos monumentos, museos o enclaves, y decidimos improvisar sobre la marcha: iglesias de barrio, calles con vespas y ropa tendida, cenar a las afueras, ver atardecer desde algún mirador en alto…

Paseamos por los foros imperiales, varias veces, diferentes días, de día y de noche. Y nos impresionaron todas y cada una de ellas.

20170911_162803

20170911_162029

20170911_171535

Fuimos buscando las fuentes, parlantes o no.

20170911_093834.jpg

Fuentes de Roma

Vimos Roma a todas las horas del día y la noche, con todas las luces.

20170910_182903.jpg

20170911_191712

 

Visitamos ruinas, ruinas y más ruinas.

20170910_184004

20170915_151740.jpg

Ruinas romanas

 

Paseamos por el ghetto. El barrio judío fue el primer barrio extramuros de la ciudad y es, además, el ghetto más antiguo de Europa.

Ghetto di Roma

Llegamos en tranvía hasta el barrio del Trastevere. Elegir el tranvía supone conocer otra parte de la ciudad que, seguramente, de otra manera no pisarías, y además, hacer un tour por lugares como el Circo Máximo, la Porta Primigenia o la Pirámide.

Trastevere

Salimos a las afueras, buscando la Vía Apia, las catacumbas o la tumba de Rómulo.

20170915_151358

Recorrimos todas las plazas, turísticas o no. Con mercado o sin él. Y desentrañamos sus secretos: la Piazza Navonna conserva la planta del antiguo circo sobre el que se levanta. El Campo di Fiori, la estatua del quemado Giordano Brunno. La Piazza di Spagna, un guardia urbano que, silbato en mano, controla a los miles de turistas que se sientan en sus escalinatas… Las mil caras de una misma ciudad.

20170911_115711

20170911_155403

20170912_125222

20170913_193203

Visitamos antiguas basílicas, como la de San Pablo y San Pedro, buscando la esencia bizantina del cristianismo…

Interior y exterior de basílica San Pedro y San Pablo

 

Visitamos la Roma moderna, desde el monumento a Vittorio Emmanuel.

20170913_182453

20170914_120534

…Y la más contemporánea, como el barrio EUR, o E42. Construido en época fascista, con motivo de la Exposición Universal de Roma de 1942 (de ahí el nombre) supone el primer barrio que nace en el mundo con el concepto “financiero” y de negocios. Su arquitectura racionalista y monumental es el contrapunto perfecto de líneas sencillas frente a la Roma más barroca.

Barrio EUR o E42. Roma

 

Buscamos el mejor café, los mercados de barrio, pastas y embutidos, los artesanos… La esencia del lugar.

Gastroroma

Buscamos la otra Roma, la de Passolini y el Partido Comunista, la de escritores de posguerra, la que conserva los guardias de tráfico del cine de los años 50 y tiene un aire gamberro y decadente.

roma decadente

 

Toulouse, la capital española de Francia

Vamos a ser sinceros: no seremos objetivos con esta ciudad, porque le robó el corazón a Gemma desde que la visitó por primera vez, en aquel lejano año de Erasmus… Dichosa beca y dichosa oportunidad para jovencitos como ella, que no había visto mundo y que se le abrió de golpe ante sus ojos. Pese a la mala fama que se algunos les quieren dar y pese al desprestigio que muchos les quieren poner, las becas Erasmus han sido uno de los factores que más han contribuido a la construcción de la Europa del siglo XXI, y si no, que se lo pregunten a los cientos de miles de jóvenes que hoy están trabajando fuera de nuestras fronteras.

Después de este alegato por las becas de intercambio (también disfrutó de una Séneca al año siguiente), comienza la nueva entrada del blog.

IMG_8623

Toulouse es, para nosotros, la ciudad perfecta: educación francesa, ambiente universitario, y vida social casi española. La Ville Rose, conocida así por el color que toman sus edificios de ladrillo al atardecer, está tan cerca de la frontera que casi es delito no conocerla, especialmente si vives en el norte de nuestro país, donde apenas unas horas de coche te separan de la región de Midi-Pyrénées.

Y es que Toulouse, o Tolosa, nació con corazón español. El Garona, río que cruza la ciudad y la vertebra en sus dos orillas, nace a este lado de la frontera. Durante siglos y siglos, los nobles y reyes de la zona se casaban con sus homólogos del norte de la península: el ejemplo más famoso, el segundo matrimonio de Fernando de Aragón tras la muerte de Isabel de Castilla, con Germana de Foix.  Sus territorios y los nuestros estuvieron mucho más unidos de lo que lo estarían en el sigo XX, cuando el exilio de la Guerra Civil hizo de la ciudad su capital durante décadas, esperando, al otro lado del Pirineo, el momento de volver a casa, a la democracia.

 

Pero Toulouse tiene personalidad propia, pese a las influencias. Sus edificios de ladrillo, muy característicos de la región; su bleu pastel, tinte azul extraído de la violeta y que fue uno de los pilares de su economía durante años, y su orgullo por la lengua occitana (estamos en el Languedoc, Langue d’Oc, d’Occitanie) demuestran que la multiculturalidad hace siglos que se inventó en este rincón del mundo, donde se han quedado con lo mejor de cada pueblo que ha pasado por sus calles.

El centro de la ciudad es el eje que va desde la catedral, siguiendo por la rue de Tour hasta la Place du Capitole, para terminar en la Quai de la Daurade. El centro conserva su callejero medieval, donde destaca la catedral de San Sernin, la última gran catedral del camino de Santiago donde se unifican diferentes caminos europeos antes de cruzar la frontera y continuar por el conocido “camino francés” que entra en España.

 

El emblema de la ciudad es su Ayuntamiento, el Capitole, y la gran plaza que lo acoge, porticada en uno de sus lados, llena de bares y de vida a todas horas. Merece la pena detenerse en sus porches, en cuyos techos se representan los mayores hitos históricos de la ciudad.

 

La basílica de la Daurade, de estilo neoclásico, se ubica en la margen derecha del río, bautizando una de sus esquinas más concurridas, justo a los pies del Pont Neuf, construido en ladrillo y piedra y que, pese a su nombre, hoy es el puente más antiguo de la ciudad. Cosas de la historia.

La capilla-hospital de la Grave, cuya cúpula de bronce se vislumbra imponente en la otra orilla, se convierte en protagonista involuntaria de todas tus fotos. Además, será la excusa perfecta para cruzar alguno de los puentes y descubrir barrios a los que apenas llega el turismo.

 

Volviendo al centro histórico, la ecléctica catedral de Saint Etiénne, mezcla de varios proyectos sin conseguir la finalización de ninguno de ellos, presume de conservar las únicas vidrieras aún originales de la ciudad, remontándose al siglo XIV. Todo un lujo perderse por sus alrededores, contemplar los mil y un detalles que nos hablan de los avatares que sufrió un edificio tan particular y su periferia.

 

Toulouse está hecha para vivirla. Es la ciudad que mejor aúna el savoir vivre francés y la vida social de la cultura mediterránea, así que apunta:

  • En la rue de Taur encontrarás una pequeña pizzería, con su horno de leña visible desde la calle, donde hacen las pizzas más deliciosas que jamás hemos probado, con una masa finísima… aún salibamos al recordarlas…
  • En la plaza Jean Jaurés encontrarás otra pizzería, Venneto, donde además hacen un rico magret du canard que no se sale de ningún presupuesto.
  • Una vez recorrido este eje central y los principales monumentos, siéntate a tomar un vino en la Plaza Saint Pierre, cerquita del río, y disfruta del ambiente estudiantil por las tardes.
  • Las calles Colombette y Alsacie-Lorraine, donde comprarás los mejores quesos
  • Disfruta del  desconocido y tranquilo Jardín Japonés.
  • Y no te vayas sin pasear por los Canales de Midi y Brienne, orgullo de ingeniería civil y una forma estupenda de cruzar la ciudad olvidándote del tráfico. En la esquina donde se unen el canal de Brienne y el río se encuentra una de las mejores creperías que conocemos, donde podréis pedir una buena galette bretona y un vasito de kir, el aperitivo favorito de muchos franceses.

 

Qué te vamos a decir, si nos tiene enamorados esta ciudad…

Valencia en invierno

Acabamos de volver de una escapada a Valencia. Sí, teníamos unos pocos días libres y los hemos aprovechado para ver el sol en un invierno de mucha niebla en nuestra zona y disfrutar de una ciudad que hace tiempo nos apetecía visitar, y que, por cierto, nos ha gustado mucho, mucho.

valencia.jpg
Valencia, desde las Torres de Quart.

Empezando por el hotel. Hacía tiempo que no íbamos a un hotel convencional, y teníamos algunas reticencias (nuestro último año viajando con Couchsurfing o de hostales mochileros nos hacía pensar que ya no encontraríamos un hotel convencional de nuestro ambiente) pero acertamos de pleno. Y eso que no somos de publirreportajes, pero cuando algo es bueno, nos gusta recomendarlo para otros. Elegimos el Lotelito, por estar ubicado en el centro de la ciudad, aspecto ciudado y precio asequible, y nos encantó porque era, sencillamente, todo lo que prometía. Que sepáis que en su web las habitaciones tienen mejor precio que en buscadores (algo que nos gusta), con descuento para el desayuno en su bar-restaurante si no lo has incluido, y unas hamburguesas de premio, siendo uno de los recomendables de Valencia. Así, tras empezar con buen pie, salimos a dar el primero de muchos paseos por la ciudad.

Valencia es la tercera ciudad del país, mediterránea y amable, y presume, además, de tener uno de los mayores cascos antiguos de Europa. Y ciertamente, es grande: os recomendamos alquilar unas bicis o vais a acabar muertos. Podéis evitaros los monumentos más típicos (la entrada a la catedral es uno de los grandes robos) y perdeos por las calles del barrio del Carmen, descubriendo siempre algo diferente. No os dejéis por visitar la Lonja y su famosa sala de las columnas, más impresionante en directo que cualquier foto.

columnas.jpg
Sala de las columnas, Lonja de Valencia.

Y frente a ella, el modernista Mercado Central, imponente en su estructura de hierro y amable, con los vecinos de toda la vida comprando en sus puestos. Es, afortunadamente, uno de los pocos que todavía no ha sucumbido a los estragos de la moda reformadora- uniformista de mercados que asola Europa (un día tenemos que hacer un post sobre este tema).

collage-mercado
Mercado Central de Valencia.

También son modernistas la Estación del Norte y el Mercado de Colón. La estación está casi en el centro de la ciudad, así que es una opción a considerar cuando penséis en el transporte (es difícil aparcar en el centro, y los parkings son caros). Aunque Valencia está muy bien comunicada por autovías, plantearos llegar allí en tren si no vais a salir de la ciudad.

collage-estacion
Estación del Norte, Valencia.

El mercado de Colón, recompuesto por fuera y vaciado por dentro tras una reforma que ha excluido a los comerciantes de toda la vida para llenarlo de cafeterías idénticas unas a otras.

collage colon.jpg
Mercado modernista de Colón, Valencia.

Y lo que más nos gustó, escondidos y mal señalizados, con entrada gratuita y casi vacíos, porque llevan poco tiempo abiertos y apenas se conocen: los baños del Almirante. Unos baños árabes que han estado en uso hasta los años 80 del siglo XX como gimnasio  y que ahora son visitables, intentando ofrecer un aspecto más cercano a su función original. Una delicia y un remanso de paz en el mismo corazón de la ciudad.

collage-banos
Baños (árabes) del Almirante, Valencia.

Ya sabéis a estas alturas que el turismo cultural y el llamado Turismo de Guerra son dos de nuestros intereses, quizás por eso nos toque tanto viajar solos, jajajajaja!!! El objetivo principal de nuestro viaje era visitar el Museo de Bellas Artes de Valencia, la segunda pinacoteca de España, y en concreto la sala dedicada a gótico primitivo, pues es uno de los mayores exponentes (declarados) de dicha época. Nos interesa por motivos personales, dado el contexto de pérdida de arte de esa época que hubo en nuestra zona, y conocer y ver museos nos aporta y abre cada vez más horizontes de lo que pudo pasar en fechas no muy lejanas. Y, estando en Valencia, es evidente que no podíamos irnos sin ver la obra de Sorolla, también en el Museo de Bellas Artes.

Del segundo turismo, el llamado de guerra, encontramos una ruta llamada Valencia en la Memoria, que hacía un recorrido por la ubicación de cinco refugios antiaéreos y puntos clave de la ciudad, aunque todavía no hay ningún resto visitable (ver más info aquí).

collage guerra.jpg
Ruta Valencia en la memoria, 1936-39.

Además, una exposición de Katy Horna en el Centro de La Nau, donde descubrimos una aún mejor sobre el concepto del periodismo gráfico. Si queréis arte y cultura, el centro de exposiciones La Nau y el Centro Cultural del Carmen tienen siempre varias muestras abiertas:

collage la nau.jpg

collage el carmen.jpg

Por supuesto, además de museos, visitamos mucho comercio, pero por algo que nos gustó: todo tenía un aire de pequeños artesanos o diseñadores, que conseguían tener un espacio para poner a la venta sus productos, algo que se antoja tan difícil en otros lados. Eso si, en muchos establecimientos se ofrecía a la vez ropa, joyería, vino, discos… en una curiosa mezcla, obligada, quizás, por la necesidad de sobrevivir ante un turismo de paso rápido, como es el que traen los cruceros, no hemos de olvidarlo. Ah, y ferreterías. Ferreterías por todos lados, en cada esquina. Un paraíso para los locos del bricolaje y de la cocina casera, pues, evidentemente, no faltaban los paelleros y los pucheros de barro en ellas.

collage comercios.jpg
Comercios de Valencia.

Otro básico de nuestros viajes, y también de Valencia, es el chocolate. Casi todo el mundo piensa en la conocidísima horchata y en los menos conocidos fartons, pero como el tiempo aún no era veraniego, nos llamaba más un buen chocolate cocido con sus buñuelos, hechos al momento. Habrá muchos sitios, pero merece la pena perderse por la Horchatería El Collado. Todo un lujo para los sentidos. Aunque en el video está a reventar, nosotros estuvimos casi solos las dos ocasiones que la visitamos, con personal siempre amable y atento.

Y hablando de comida, el almuerzo es toda una institución en Valencia. Una fórmula completa que ofrecen todos los bares y que, por un precio más que razonable (entre 3.50 y 5 euros, aproximadamente) te vas con el estómago lleno, café incluido. Almorzar en Valencia es un arte, y hay que conocerlo. Y para las comidas y cenas, aunque es fácil encontrar lugares y buenos precios, os dejamos e enlace a un blog que a nosotros nos ha ayudado bastante: 10 restaurantes donde comer en Valencia.

Bonus track 1. Ruzafa. El barrio de moda en Valencia. Aunque nos costó encontrarle el ritmo, su mercado y alrededores nos regalaron la mejor mañana que pasamos en esta ciudad, de tienda en tienda a cada cual mejor y más curiosa: vinos, libros, cómic, ropa vintage, arquitectura modernista y racionalista…

collage-ruzafa
Ruzafa, Valencia. El barrio de moda.

Bonus track 2. El Cabanyal. Antiguo pueblo de pescadores, conocido por su oposición a los planes de expansión de las grandes avenidas hacia la playa. Allí se conservan casas tradicionales, barriadas de los años 20 con las fachadas embaldosadas y zonas que no lograron resistir hasta hoy y se han convertido en bloques de pisos de la era burbujista. Era nuestra excusa para no irnos sin ver la playa, y el azar nos llevó hasta otro de los imprescindibles del viaje: la bodega de la Pascuala, con sus tapas, sus camareras y sus bocadillos en dos tamaños: barra o media barra.

collage cabanyal.jpg
Cabanyal, Valencia, el barrio con más carácter.

Pd. Como veis, no visitamos la archiconocida Ciudad de las Artes y las Ciencias, ni el Bioparc. No fue descuido, es que no nos interesaban lo más mínimo.

Teruel, arte y jamón

Teruel era una ciudad que, por unas razones u otras, siempre se le había resistido a Gemma, así que cuando, por fin conseguimos ir, la disfrutamos a fondo y con ganas. Avisamos, es un post largo, pero la ciudad lo merece. Además, aquellos fríos días de invierno, de cielo raso y noches de hielo, nos dejaron unas buenas fotos.

Empezamos por el alojamiento, que no pudo gustarnos más. Y sabéis que no solemos hacer publicidad, salvo si creemos que realmente merece la pena. Y este es el caso. Buscamos algo sencillo, económico y en el centro, y  encontramos un establecimiento  auténtico y original. La Fonda del Tozal  nos cautivó con las fotos que vimos en la página de reservas, y nos gustó todavía más cuando la pisamos. Un edificio que lleva siglos albergando viajeros, tanto es así que la calle por la que se accede lleva su nombre, con un aire sencillo pero digno, y un bar en las antiguas cuadras con mucha personalidad y parroquianos de todos los días. Nosotros nos sentimos allí como en casa de nuestra abuela.

Teruel es una ciudad que se ha creado su propia imagen. Una ciudad medieval, pequeña capital de provincia, protagonista de una de las grandes batallas de la guerra civil española, que ha sabido reinventarse y quitarse el polvo para convertirse en un referente en cuanto a turismo cultural. Su patrimonio es grande y variado (¿por qué no es ciudad Patrimonio de la Humanidad? Lo es el arte Mudéjar, en conjunto, pero no la ciudad) y, casi más importante, ha sido recuperado con respeto y buen gusto, que no siempre se puede decir.

De su origen medieval nos habla la leyenda del Torico, y la estrella de ocho puntas, emblemas de la ciudad. También la leyenda de los amantes más famosos del sur de Europa, tras Romeo y Julieta (Teruel y Verona trabajan conjuntamente en  proyectos relacionados) en cuya memoria se levantó un mausoleo, y a su lado, una de las iglesias más fascinantes que he visto, pese a su actualidad:  la iglesia de San Pedro, de principios del siglo XIX, de estilo neogótico, pero con unas reminiscencias modernistas que nos enamoraron…

La Catedral de Teruel, la única en España construida totalmente en estilo mudéjar, se mantuvo bastante bien pese a los bombardeos, y por suerte, guardó completa la techumbre mudéjar de par y nudillo del interior de su nave. Absolutamente impresionante. Tal vez hayáis visto muchos artesonados de madera, que no son sino falsos techos decorativos, pero en este caso se trata de una techumbre, es decir, la estructura que sostiene el tejado exterior. Si os interesa el arte, la visita guiada es muy recomendable. Y como véis, la catedral se deja fotografiar desde todos sus ángulos y a todas las horas.

Y mudéjares son también las torres de San Martín y San Salvador que, según la leyenda, fueron construidas por dos enamorados de una misma mujer, que competían por ver quién levantaba la torre más alta y bella en el plazo de un año. El perdedor se suicidaría arrojándose al vacío desde la propia torre… Lo más interesante, además de las decoraciones con azulejos esmaltados, es poder visitar el interior de la torre de San Salvador y conocer su estructura. La entrada era de 2.5 euros y  las vistas, desde lo alto del campanario eran así un frío atardecer de invierno:

Y una última y escondida visita medieval, muy poco conocida, son los aljibes, que abastecían de agua la ciudad, y que ocupan parte del subsuelo de la Plaza del Torico. Por poco más de un euro conoceréis los sistemas de conducción y almacenamiento de agua usados entonces, previstos para aguantar meses de sitio.

Todo lo ya contado sería suficiente motivo para que Teruel mereciera una visita pero, por suerte, hay más. Modernismo. La palabra mágica para Gemma (ya os lo contamos en la primera entrada, la que hablaba de Viena ). Además de la bella iglesia de San Pedro, los primeros años del siglo XX dejaron, gracias a las familias burguesas de la ciudad, casas, fachadas, escalinatas, puentes e incluso verjas de forja que hoy forman parte de una ruta que nos presenta otra ciudad distinta a la que siempre imaginamos.

Y no dejéis pasar la visita al Museo Provincial (entrada gratuita) por varios motivos: el gran suelo de mosaicos recuperados de una villa romana; la antigua farmacia que conservan intacta, el armazón del techo del propio edificio y las vistas desde su galería.

Si, como Gemma, todavía no conocíais la ciudad, esperamos que no tardeis en hacerlo. Por si acaso, os dejamos dos razones más. Seguro que os terminan de convencer. Si París valía una misa, Teruel bien vale un buen vino. Y si al lado tiene ese jamón, esos quesos y esos embutidos, no sabemos qué hacéis ahí parados. ¡Venga! ¡A organizar vuestra próxima visita a Teruel! Podrán suceder mil cosas, pero nunca os defraudará.

Lisboa, muito obrigados (II)

Lisboa está hecha para perderse por sus calles con un buen par de zapatillas y la cámara de fotos, y dejarse llevar. Para nosotros fue un viaje de sentimientos encontrados, tal vez las expectativas eran demasiado altas, tal vez hacía demasiado calor y había demasiada gente… Pero al volver a ver las fotos recordamos el encanto de sus detalles. No tenemos una sola deficinión: es decadente, pero tiene vida; es luminosa y sucia a la vez; es piedra gris y azulejo esmaltado, es comida tradicional y vegana; es un montón de lugares turísticos que decidimos no visitar, y otro montón de lugares desconocidos que nos fascinaron… Eso sí, es una de las ciudades más bonitas para hacer fotos que hemos encontrado, tiene una luz y un encanto especial.

 

Chiado y el Barrio Alto, con sus cuestas, os regalarán los mayores paseos, y las mejores vistas de la ciudad. Son los barrios más alternativos, los que aúnan tradición y modernidad, los que miran desde lo alto de las colinas a la ampliación moderna de la capital. Imprescindible es, al menos, ver un atardecer desde ellos.

 

Y, por supuesto, el centro. La Rua Augusta es la calle principal, la que entra a la Plaza del Comercio por el Arco del Triunfo. De día estará llena de turistas, pero por la noche es una maravilla.

 

Sólo os haremos dos sugerencias, dos descubrimientos que hicimos de casualidad y que resultaron ser lo mejor que encontramos. Fuera de casi todas las guías y planos. El Museo del Diseño y de la Moda (MUDE) que a pesar de su estrambótica fachada pasa desapercibido en la mismísima Rua Augusta, muy cerca del Arco de Triunfo,  y la tienda más bonita que hayamos visto nunca, A Vida Portuguesa.

La entrada al museo era gratuita, con seis plantas de exposiciones de lo más variado y variopinto, y la tienda es otro museo en sí, en el que las dependientas están más que acostumbradas a que la gente sólo entre a ver y hacer fotos, por lo que fueron amabilísimas (y casi se extrañaron)  cuando nos vieron comprar algo. Puedes estar horas en ambos lugares, disfrutando, sin que nadie te moleste en absoluto.

 

 

Y no. No visitamos los Jerónimos (casi dos horas de fila) ni compramos pastelitos en la pastelería de Belem (otra buena espera). Tampoco recomendaríamos ir a Sintra, ni pagar por entrar en la Torre de Belem, el interior, para nosotros, no merece la pena. Pero sí que la merece ir hasta Belem, sentarse cuando cae la tarde y desaparecen los turistas y novios que se hacen fotos por allí, y ver atardecer desde este lado del mundo, hacia el inmenso océano Atlántico, con la presencia del monumento a los descubridores del nuevo mundo.

 

Con el vértigo que supone asomarse a lo desconocido, atreverse a ir hasta los confines del mundo, soñar con qué puede haber más allá del horizonte… Tal vez ese dia empezamos a soñar con Latinoamérica, pero esa es otra historia.

Lisboa, muito obrigados (I)

Cuando un viajero se enfrenta a ciudades conocidísimas, capitales “que hay que visitar” y lugares “que no te debes perder” tiene dos opciones, o sigue la guía de imperdibles a rajatabla, o se relaja y, pasando de todo, intenta disfrutar del lugar, conocerlo a fondo, salirse de lo establecido. Y así nos lo planteamos con Lisboa, la capital europea más decandente y encantadora. La capital de ese país vecino e injustamente ignorado, Portugal.

Un vuelo barato desde Barcelona, en septiembre de 2014, y un sencillo hotel en un barrio normal, fuera de las aglomeraciones y de lo turístico, fueron una buena elección: estábamos a 20 minutos de paseo del centro,  desayunando en un bar de barrio, de los de toda la vida, donde se conocen los parroquianos. Además, tenían los mejores pastelitos de Belem que probamos, y por mucho menos que en las pastelerías. Y el café.. ummm el café… Nos encanta, y en Portugal saben cómo hacerlo. La verdad es que comimos bastante bien, y no teníamos que buscar mucho para encontrar precios ajustados. Cascos de batata, Bacalao a bras, pescado y marisco, buena repostería… Unos platos que, vistas las imágenes al tiempo, seguimos sin creernos que entraran en nuestro presupuesto.

 

Por algún motivo, siempre que te sentabas en una mesa sabías que ibas a comer bien, y así era. Tal vez fuese la confianza que te dan los lisboetas, gente tranquila, sencilla, noble. Amables con el visitante, pese a que el centro estaba atestado de gente aquella semana, nadie tenía una mala cara o mal gesto. Les gusta su ciudad, se sienten orgullosos de ella, y les encanta que la visiten. Y con razón.

 

Si hay algo que marque la vida de la ciudad, es el tranvía. El más conocido es el 28, por hacer un buen recorrido turístico por los barrios más altos (Lisboa, como Roma, se levanta sobre diferentes colinas) y algunos de los lugares más visitados. Siempre es una buena idea subirse, y eso mismo piensan todos los turistas que hacen largas colas cada día para subir a un tranvía lleno y hacer fotos borrosas. Si quieres un consejo, coge el último tranvía del día, poco antes de las 22.00h. Irás prácticamente solo, la ciudad de noche es preciosa, y disfrutarás del trayecto (2,85 euros).

 

Lisboa es decadente, si. Pero muy fotogénica. Es una belleza triste y serena. Mil detalles en los que deleitarse con la cámara. Y sus azulejos… Nunca te habías percatado de su discreta belleza, hasta que vas a Lisboa, y aprecias el trabajo que conllevan, las técnicas, el hacerlos uno a uno…

 

Lisboa suele estar abarrotada de gente, pero, por fortuna, sigue teniendo millones de rincones por los que poder escaparte y disfrutar de ella casi en solitario. Habrá segunda parte.

Entrando al cielo por la puerta… De Alcalá a Madrid.

Si dice el dicho que “de Madrid, al cielo”, queda claro que debemos acercarnos a Alcalá de Henares para poder entrar por su puerta, ¿no? Pues eso hicimos.

Viajar a Madrid y visitar lo típico está muy bien, pero no tiene mucho mérito si se sigue cualquier guía turística. Así que, como ambos conocíamos bastante la capital, decidimos volver para, esta vez, visitarla juntos. Aprovechando lo que sabía cada uno, y descubriendo alguna cosilla más, pasamos un fin de semana largo con un presupuesto bien ajustado. Y aunque visitamos Alcalá de Henares en otro viaje, os las presentamos juntas, porque se complementan muy bien para alargar un fin de semana.

Cómo llegar es el primer punto. Podéis ir en Ave (si pilláis oferta en su web, por favor, decidnos cómo lo habeis hecho, porque para nosotros es imposible) en bus, que es mucho más barato; o en tren regional, si lo hay desde tu lugar de destino. Nosotros esta vez fuimos en coche. Si lo hacéis así, recomendamos aparacar y domir en Alcalá, y desde allí, ir en bus o cercanías hasta Madrid por unos dos euros. Si dormís en Madrid, las zonas de La Latina o Lavapiés son buenas para moverse por el centro sin gastar en metro. Si es así, os recomendamos los Hostales THC (Latina, Tirso de Molina o Lavapiés) por precio, ubicación y buen trato.

Madrid, como cualquier capital europea, tiene lugares para todos los gustos y bolsillos, así que se puede organizar el viaje a capricho, y elegir las visitas que más os apetezcan. Mirad y remirad, porque siempre hay formas más baratas de hacer las cosas. Por ejemplo, se puede entrar gratis al Palacio Real y a los principales museos durante las dos últimas horas del día (Museo del Prado cualquier día entre semana, a partir de las 18.00h. Museo Reina Sofía, a partir de las 19.00h);  visitar el Templo de Nebod, el Jardín Botánico de Atocha, el Retiro y su Palacio de Cristal, la fantástica biblioteca de la Uned (en la derruida iglesia de las Escuelas Pías) el Mercado de San Miguel (interesante por su arquitectura de hierro y por los productos, es también un buen sitio para comer) o cualquiera de las exposiciones temporales que se ubican en edificios públicos. Y todo, gratis.

 

 

Y callejear. Mucho. Madrid invita a perderse por su casco histórico, y reencontrarse con plazas llenas de vida, vida de barrio, que aún guarda la esencia de las tradicionales corralas, los mercados de abastos y los cafés/bares de-toda-la-vida donde comer buenas tortillas y huevos rotos…  aunque los de la foto no sean, ni de lejos, los mejores que hemos probado. Por favor, no vayáis a tapear al Museo del Jamón o bares de la zona turística.  Dejadlos para los japoneses.

Acudir a ver un musical es siempre una buena opción. Pero si buscáis algo más, hay toda una oferta cultural alternativa: monólogos, pequeñas producciones teatrales autofinanciadas… Nosotros recomendamos el Teatro del Barrio, otra forma de gestionar la actividad cultural y de relacionarse con el público, en un tú a tú que os hará sentir mucho más que un simple espectador.

 

 

Alcalá de Henares. Debo reconocer que no soy objetiva, porque estoy enamorada de esta ciudad desde que estudié en ella… es absolutamente fantástica. Toda su universidad, y los centros relacionados, junto con la sede del Instituto Cervantes, se ubican en antiguos monasterios rehabilitados. Si alguien quiere formarse como profesor de Español Lengua Extranjera, éste es tu lugar.

Pasear por su calle Mayor es un capricho que hay que hacer varias veces para no perder detalle. Desde la variedad de columnas y capiteles que la componen, hasta algunas casas destacadas, como la de Miguel de Cervantes, la de Manuel Azaña o el Hospital de Ancianos (un palacio de los Señores de Antezama cuyo patio merece entrar, si es posible en ese momento). Y por supuesto, los comercios y bares que se distribuyen por sus bajos y patios. Muy recomendables son el bar gallego que se ubica al final de la calle (no necesita más descripción) las cervecerías con los depósitos suspendidos, como El Balcón del Henares, o los mesones escondidos en algunos patios, que conforman una ruta propia, si queréis comer un buen cocido o asado de la tierra.

 

 

La Casa Natal de Miguel Cervantes (bueno, su reconstrucción) alberga una curiosa colección de libros de El Quijote editados en todos los idiomas del mundo (de hecho es, tras la Biblia, el libro más traducido de la historia) la capilla de San Diego y su pila bautismal o el Museo Arqueológico Regional, con una fantástica colección de mosaicos romanos de la antigua Complutum, son todos lugares de entrada gratuita.

 

 

Pero, aunque estamos hablando de un viaje económico, no dejéis de visitar los edificios más emblemáticos, que por algo es ciudad Patrimonio de la Humanidad: las visitas a la Universidad y al Corral de Comedias son de pago, pero es poco y merece la pena. Podéis preguntar por ellas en la oficina de turismo y descubrir, por ejemplo, cómo 300 vecinos salvaron el edificio histórico de la Universidad del olvido, comprándolo entre todos, convirtiéndose así en condueños. O pisar el Aula Magna, donde se entrega cada año el Premio Cervantes. El Corral de Comedias necesita poca presentación, apenas quedan en Europa restos de estos antiguos teatros, y menos aún que sigan en uso. Podéis acudir a una representación, aunque hay que comprar las entradas con tiempo, o conocer su entrañas en la visita guiada, no os defraudará.

 

 

Lo dicho, para perderse… y repetir en cualquier momento.

Viena, capital de la vieja Europa

Siempre hay una primera vez, un momento que marca un antes y un después. Para mí, uno de esos momentos fue el viaje a Viena del año 2012, centenario del nacimiento de Gustav Klimt. Un viaje que puede parecer normal, al fin y al cabo, ni siquiera es salir de Europa, pero que las circunstancias convirtieron en algo único. No era un viaje más, era el primero de muchos, y con el mejor compañero de andanzas. Por eso abre este blog.

Desde entonces, todos los viajes han seguido una temática, un hilo conductor que nos llevaba de un lugar a otro por una razón concreta. Un criterio para moverte por lugares desconocidos, eligiendo qué ves y qué no. Es fácil cuando te gusta el arte. Viena, para nosotros, era Modernismo, era ese Art Nouveau que florecía en Europa antes de la gran guerra. Cuadros, frescos, muebles, arquitectura… todo rompía con aquella Europa decimonónica que olía a rancio armario y moños empolvados. Y ese iba a ser el contexto de nuestra visita a la capital austriaca. Bueno, ese y los cafés vieneses, Patrimonio de la Humanidad, donde esperábamos tomar los mejores cafés, acompañados de los pasteles más deliciosos.

Llegar fue fácil, un vuelo casi barato nos llevó desde Barcelona hasta Viena, donde nos alojaríamos en una habitación de residencia de estudiantes, reconvertida en hotel durante el verano, algo muy común. No tenía grandes lujos, pero para dormir y ducharnos era más que suficiente.

Un primer paseo al caer la tarde nos daría una buena primera impresión de Viena, aunque había algo, que no identificábamos, que no cuadraba. Aún así, era una gran ciudad centroeuropea, en una buenísima tarde de mediados de septiembre. Descubrimos buenas cervezas, cafés con más fama que sabor y que el plato nacional es el escalope a la milanesa. Eso sí, los escaparates de las pastelerías era irrepetibles y comer salchichas por la calle, un deporte nacional.

 

 

 

Callejeábamos buscando perlas escondidas de modernismo como la Apotheke o la Secesión Vienesa. Y tras varios días por Viena nos dimos cuenta de lo que no encajaba en la ciudad: era todo absolutamente igual. Las fachadas, muchas iglesias, todas las cúpulas que se alzaban en su cielo, eran iguales. El gran reinado de Franz Joseph I (de 1848 hasta su muerte, en 1916) se materializó en tirar gran parte de la ciudad y volver a levantarla al gusto de la época. Grandiosa sí, pero monótona hasta aburrir en su anchas calles, diseñadas para coches de caballos, amplias puertas (con el mismo motivo) y blancas fachadas coronadas con cúpulas de verde bronce. Se salvaron escasos monumentos de la fiebre imperial, la catedral de St. Stephan (hoy rodeada de edificios nuevos) la iglesia votiva o el ayuntamiento gótico (Rathause). Así, no queda prácticamente nada anterior a la época imperial.

El Naschmarkt está muy cerca del edificio de la Secesión Vienesa. Es uno de los grandes mercados europeos, el que más se parece a los mercados latinos o asiáticos, por su colorido y variedad.

Nuestro viaje consistió en visitar todo cuanto pudimos sobre Gustav Klimt; perdernos por los inmensos museos vieneses, descubrir su edificaciones modernistas y un par de escapadas a ciudades cercanas: Melk y su monasterio barroco y Bratislava, capital de Eslovaquia. Y cómo no, visitar los cafés de Viena, Patrimonio de la Humanidad, por haber sido lugar de encuentro y charla de la burguesía europea de finales del XIX.