Un caracol zapatista y una lección de vida

Segundo intento. hoy tiene que salir bien, no vamos a quedarnos más en SanCris, porque a Quique no le gusta la ciudad y ya lleva días queriendo salir de ella (llevamos una semana). El colectivo, hoy sí, nos deja en el punto de la carretera (llamarlo parada es ser muy optimista) donde se encuentra el control de acceso. Dos hombres con pasamontañas nos atienden tranquilamente, rellenan un formulario con algunos datos y nos van preguntando amablemente, mirándonos con sus ojos negros y vivos, el único contacto visual que tenemos con la persona que está bajo la capucha. Pero inspiran confianza.

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Nos toca esperar un rato mientras la Junta de Buen Gobierno decide si podemos entrar y vamos viendo al fondo gente ir y venir, hoy hay asamblea en el caracol. Cuando vuelve nuestro amigo nos dice que tenemos autorización para entrar y conocer, pero que la Junta está muy ocupada para atendernos y responder nuestras preguntas.

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Al entrar nos asignan un acompañante, que parece más joven y habla muy poco español, por lo que casi todas las preguntas que le hacemos quedan sin respuesta, pero es muy amable con nosotros. Notamos, igual que con los anteriores, su tranquilidad. Su tiempo vital va a otro ritmo. Tal vez ellos también noten el nuestro, agitado siempre, como occidentales.

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Nada más comenzar vemos la clínica médica y las ambulancias. Nos explican, orgullosos, que los trabajadores son miembros de la comunidad, y que todos son indígenas. “Cuando hicimos la revolución queríamos médicos, maestros, enfermeras… no podíamos imaginar que 20 años después serían nuestro propios hijos esos médicos, maestros y enfermeras”.  La calle principal está ocupada por los edificios comunitarios, muy sencillos pero llenos de murales y mensajes.

 

Oventic resulta ser tal y como lo esperábamos, sencillo y humilde, pero digno y orgulloso a la vez. Por eso, esta entrada tendrá poco texto, no somos nadie para explicar la revolución zapatista, la dignidad de la lucha indígena, de la lucha de los pueblos por la libertad. Que sus muros hablen por ellos.

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No lo sabíamos, y lo descubrimos después, por eso lo compartimos. Cada 31 de diciembre, el mundo zapatista celebra el aniversario de su revolución, abriendo los caracoles a todo el mundo. Los compañeros de Plan B Viajero estuvieron, y lo cuentan en esta entrada.

El timo de San Juan Chamula y un intento fallido de visitar un caracol zapatista.

De viaje no todo sale bien, ni mucho menos. Que sólo subimos las mejores fotos y contamos las anécdotas merecedoras de ello, a toro pasado, es algo que todos hacemos. Que hay horas muertas y días tontos, también: nadie aguantaría 24 horas 7/7 días de máxima adrenalina y emoción. Pero esas ocasiones en las que todo se tuerce , hasta convertirse en imposible, y no consigues tus objetivos, por pequeños que fuesen, ocurre más a menudo de lo que parece, y se cuenta mucho menos de lo que se debería. Así que hoy os contamos el día que nos sentimos más engañados y al día siguiente, cómo nos tomamos cada uno la misma avería mecánica: o un monumental cabreo o disfrutar del nuevo itinerario descubierto. En fin, problemas del primer mundo: enfadarte por un retraso en un viaje, cuando tienes todo un año para viajar.

Bueno, vayamos por partes. Que timos y tongos hay por todas los sitios, ya se sabe. Pero aquí, incautos de nosotros, nos pilló por sorpresa.

San Juan Chamula, su iglesia y sus ritos son famosas, y al estar tan cerca de San Cristóbal de las Casas, es excursión obligada para todo el que pasa por Chiapas. La iglesia por fuera es colorida, de mayor tamaño que las más próximas, pero tiene poco más de especial. Eso sí, hay un señor con una mesa, en la entrada, cobrando 20 pesos a cada uno. Dudamos, es relativamente caro, pero hemos ido hasta allí sólo para eso, así que entramos. La primera impresión resulta acogedora, con la luz velada, y llama la atención que la iglesia está “desmontada”: no hay bancos, ni retablo ni ningún otro mueble. Los santos están en vitrinas, a ambos lados del templo, en fila. El suelo está cubierto por una alfombra de hojas de pino, que dan un olor fresco al lugar y cientos de velas por todas partes. La iglesia está tranquila, con algunas pocas personas rezando, pero pronto se llena de grupos de turistas que entran y salen ruidosamente, todos con su guía.

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San Juan Chamula, el negocio de la iglesia.

Molesta que no permitan hacer fotos en el interior, pero sí visitas guiadas a grupos numerosos que entran, salen, hablan, gritan… sin reparo ni cuidado y empezamos a ver el plumero del negocio… sospechamos de los parroquianos que rezan, y decidimos sentarnos en un rincón a observarlo todo mejor. Como no llevamos guía, nadie nos apremia a salir. Pronto vemos que los “oradores” van y vienen de manera casi organizada, cuando acaba uno ya hay otro empezando justo a su lado, y en todo momento hay una persona, al menos, matando una gallina, negra, por supuesto, o haciendo al menos que cacaree estruendosamente, para volver a guardarla en una bolsa de plástico, también negra, hasta que aparezca el siguiente grupo. De hecho, están más pendientes de vigilar la puerta de entrada que de cualquier otra cosa. El ruido va en aumento, así como el número de grupos que entran y salen. Primero decepción y luego cabreo, así que salimos de allí. Acabamos de asistir al timo de convertir en teatro  comercial algo que se describía como experiencia única y original, un rito casi sacrílego y secreto, muy difícil de encontrar.

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Plaza de San Juan Chamula

El pueblo no ofrece mucho más, ni siquiera es día de mercado, así que pasamos un rato en la plaza y volvemos a San Cristóbal. El tiempo estos días está siendo fresquito, y siempre apetece pasear por sus calles. Al día siguiente tenemos un gran plan. Era uno de los días más esperados de todo el viaje, más que cualquier otro yacimiento o ciudad, una de las pocas ideas que teníamos fijadas antes de salir de España: queríamos visitar un Caracol zapatista.

Oventic lo descubrimos en un foro (cuánto le debemos a internet) porque, como pasa siempre, la información al respecto es escasa y siempre te lleva a lo mismo, y como dice Quique, suele ser lo más caro y lejano. Pero Oventic está a apenas 14 km de SanCris y abre sus puertas a cualquiera que lo quiera visitar sinceramente. En el mercado nos cuesta muchas preguntas y vueltas encontrar el transporte  (para ir a San Juan Chamula el día anterior no tuvimos ni que esforzarnos). Tardamos un rato en salir, hasta que se llenó el vehículo y recogimos algunas mercancías. Emprendimos viaje, ascendiendo por la imponente sierra. Pasamos por Chamula, y descubrimos, al pasar por otros pueblos cercanos, que todos los de la zona tienen el mismo modelo de iglesia (alguno con la puerta abierta nos permitió comprobar que el interior, también), aunque de menor tamaño. El rito y la tradición deben ser iguales en toda la zona, pero Chamula ha sabido hacer negocio con los turistas. O los concentran a todos allí, y así el resto están tranquilos, quién sabe…

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Sierra Lacandona, corazón de Chiapas.

Total, que íbamos pensando en todo esto cuando nos damos cuenta de que ya llevamos buen rato de viaje, para lo cerca que íbamos. De repente, la combi se para: acabamos de perder varias cajas de la mercancía. Quique se bajó y le ayudó a recogerlo, recolocarlo y continuar viaje… Era todo pan de San Cristóbal, que debe ser famoso en la zona: una especie de bollos dulces, adornados de mil maneras diferentes y que olían deliciosos. Pero no probamos ni uno. Y empezamos a descender la sierra… al llegar a la siguiente parada y preguntar al conductor, reconoce que se ha olvidado de nosotros, y Oventic se nos quedó atrás. Se disculpa y nos convence de volver con él y dejarnos en nuestro destino, pero son ya más de las 13.00 y no creemos que nos dé tiempo de visitar el Caracol. Mi cabreo es monumental. Nos ha jodido el día, llevamos 3 horas de viaje para nada y nos quedan otras tantas de vuelta. Voy pensando en lo que me está costando el viaje, en lo cuesta arriba que se me hace muchas veces, en que debo ser un lastre para el compañero, el calor me mata, me cuesta adaptarme a muchas circunstancias y ambientes. Quique prefiere disfrutar de la zona que estamos descubriendo, pues hemos cruzado toda la Sierra Lacandona, y si no hubiese sido por este error, nunca habríamos descubierto estos paisajes. No se cumplió el objetivo del día, pero hubo otro alternativo. Y es entonces cuando llega lo mejor, subiendo la sierra de nuevo se rompe una correa del vehículo, y nos deja completamente tirados. Un día perfecto. Ya ni me molesto en quejarme o decir nada: hemos perdido la jornada para nada. Al rato nos recoge otro colectivo y conseguimos volver al hostal a las 16.30 horas, sin haber hecho nada de provecho, más que sumar una anécdota.

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La combi averiada.

Hoy, escribiendo con perspectiva, me doy cuenta de cómo exageré, aunque era algo que se iba acumulando desde el principio del viaje. El calor, los momentos de bajón (que cada vez eran más) el cansancio de que cada día fuese una maratón de buscar información, elegir los sitios, regatear precios y encajar horarios… A menudo tengo el mismo pensamiento: “Este viaje debería haberlo hecho diez años antes y tal vez he apuntado demasiado alto…”

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La vida a través de la ventana de una combi.

A la vuelta buscamos un sitio para comer, y ningún puesto del mercado nos convence. Recordamos una pollería junto a la iglesia de Guadalupe, y aunque hay un buen trecho, vamos. Merece la pena. Un pollo asado allí mismo, al fuego, el local está calentito, espectacular y con un acompañamiento rico. Somos incapaces de comernos todo lo que nos ponen, así que aún nos llevamos víveres para sobrevivir al día siguiente. Tras descansar toda la noche (duermo demasiado) nos levantamos de mejor humor y dispuestos a intentarlo de nuevo. No nos vamos de aquí sin visitar el Caracol. Aunque eso, merece una entrada completa para él.

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Pollo rostizado, solución a todos los problemas durante nuestro viaje.

Ocosingo, Toniná y San Cristóbal de las Casas. El corazón de Chiapas.

Es 29 de octubre (de 2015) y damos un último paseo por Palenque. Nos llaman la atención los cementerios, tan coloridos y cercanos a las localidades que parecen más bien parques o jardines. La fiesta de muertos está muy próxima, pero hoy sin quererlo hemos ido más allá: nos hemos encontrado con un funeral y, aún mariachis incluidos, nos da apuro molestar y nos retiramos. Al día siguiente partimos hacia Ocosingo, donde nos espera de nuevo alojamiento de Couchsurfing, en casa de Rafa. El viaje son un par de horas en combi por una carretera que sube la Sierra Lacandona, a base de curvas y más curvas. El paisaje es tan bonito que apenas hablamos en todo el recorrido, sólo miramos.

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Ocosingo resulta ser más grande de lo que pensábamos (nos hablaban de ella como si fuese un pueblo) y es sede de la Universidad Tecnológica de la Selva. De hecho, nuestro anfitrión es un joven estudiante de ella.  Como él tiene clase y nosotros llegamos a media mañana, nos quedamos por la plaza central, pues con las mochilas a cuestas no tenemos mucha libertad. Nos comemos unos tacos, nos refrescamos con unas paletas de piña y observamos curiosos una infinidad de grupos diversos, montando una especie de altares. Ese iba a ser nuestro primer contacto con el tema, o mejor dicho, la fiesta, y ahí conocimos a una nueva compañera de viaje: La Catrina. También sentimos, aún sin saber por qué, que las calles que recorremos guardan una historia, algo que en ese momento no comprendemos y que nos costará descubrir. Aquí tuvo lugar la única batalla entre el EZLN y el ejército mexicano, y esa huella está presente, de forma velada, en cada rincón.

Rafa llegó puntual a buscarnos y llevarnos a su pequeño apartamento de estudiante, donde pasamos el rato hablando de política, literatura, anécdotas y viajes hasta que cae el sol y salimos. Quiere enseñarnos la fiesta. El cementerio está decorado como si fuera una feria, con puestos de comida y música, pero cerrado todavía. Volvemos a la plaza, donde la luz de las velas ha cambiado por completo la imagen de los mismo altares que hemos visto unas horas antes. Llegamos a casa y acabamos la noche con cervezas y más gente de la que parecía caber en el apartamento, echando unas risas. Aprendimos, por ejemplo, que aunque aquí nos digan lo contrario, beber “Sol” no es beber cerveza mexicana. De hecho, ni siquiera es beber cerveza. Vamos, como la Cruzcampo de aquí.

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Al día siguiente madrugamos para ir a Toniná. Aunque Rafa nos ofrece dejar las mochilas en casa, no nos fiamos porque puede ser luego un lío si al volver del yacimiento no hay nadie en casa, así que las cargamos y nos despedimos. Descubrimos que no se ha ido de vacaciones a su casa por hospedarnos, así que no vamos a retrasarle más sólo por guardarnos el equipaje hasta nuestra vuelta. Es curioso, pero con las pocas horas que pasamos juntos, conectamos, y todavía hoy seguimos en contacto en redes sociales.

Sabemos que allá no hay taquillas, pero ya nos inventaremos algo. Cogemos el colectivo en el mercado (parece que en todas las ciudades sale del mismo lugar) y nos vamos. Desde la carretera vemos Toniná, majestuosa ciudad maya. Tenemos suerte y resulta que sí hay taquillas, la combi para en la misma puerta y no pagamos entrada porque no hay taquillero; incluso el museo tiene libre acceso. No recordamos un día en el que hayan salido bien tantas cosas seguidas.

 

Entramos de buen humor. Sabemos que Toniná, pese a su importancia, es un yacimiento poco visitado, así que esperamos verlo tranquilamente. Caminamos algo más de un kilómetro cruzando lo que parece ser un rancho hasta la entrada del yacimiento. Toniná es, sin duda, lo más majestuoso que hemos visto hasta el momento. Una ciudad completa, construida en la falda de una montaña, representando los siete niveles desde el inframundo (los túneles o basamentos) hasta el cielo (templos del Sol y la Luna). Tenemos total libertad para meternos por donde queramos, todo está abierto y es accesible, no hay nadie, ni siquiera vigilantes: estucos, policromías, pasadizos… Una verdadera ciudad entera y muy bien conservada, para nosotros. La escalera que accede a la parte más elevada, bajo el sol mexicano, es un reto para el vértigo. Pero es maravillosa. Absolutamente maravillosa.

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A la salida entramos en el museo, que cumple con su objetivo: ayudarte a comprender lo que has visitado, la vida de la ciudad, la sociedad que la habitaba. La gestión del yacimiento, en territorio del EZLN, es la mejor que veremos en todo el país.

Y volvemos a Palenque, para tomar otra combi, que nos tiene que llevar a San Cristóbal de las Casas. La carretera está tranquila, pese a las amenazas de “bloqueos”. Confiamos que, al viajar en transporte colectivo (solemos ser los únicos extranjeros) no tengamos problemas.

En San Cristóbal también hemos encontrado hoster de Couchsurfing. pero para un par de días no más. Lo mejor de aquella estancia fue coincidir con otra pareja de españoles, Ana y Adrián, que entonces estaban inmersos en la aventura de recorrer América en bicicleta, desde Canadá hasta Perú. Hacemos buenas migas en seguida y salimos a recorrer la ciudad.

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SanCris vive por y para el turismo. La capital de Chiapas es uno de los destinos más famosos entre los mochileros y viajeros que pasan por México. Así, al orgullo indígena de sus habitantes, se une la mezcla de culturas de toda la gente que pasa por allí. Pero también muestra, si lo quieres ver, el orgullo zapatista, de aquellos meses en que Chiapas fue el centro del mundo y plantó cara al capitalismo con una revolución escrita en verso.

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San Francisco de Campeche, ciudad caribeña fortificada.

Llegamos tras un buen viaje en camión; es nuestro único medio de transporte en México, y los trayectos son siempre amenos. El paisaje es espectacular: carreteras rodeadas de selva y coloridos pueblos llenos de vida. Buscamos el hostal que hemos cogido a través de una oferta de booking (truco viajero: abre una cuenta de correo en el país por el que vayáis a viajar, si vais a usar webs para comprar billetes o coger habitaciones, serán más baratas) y que resulta ser un estupendo hotel en la plaza central de la ciudad. Para mí es el mejor hotel en el que he estado nunca: un edificio colonial restaurado con gusto, amplio, luminoso y nuevo. Nuestra habitación, enorme, tiene dos balcones que dan a la plaza, justo frente a la catedral.

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Las vistas desde nuestra habitación…

La plaza está siempre llena de vida: bailes regionales, espectáculos de luz y sonido, desfiles, manifestaciones… es el corazón de la ciudad, pero, sorprendentemente, al llegar la noche reina la paz y dormimos sin escuchar un ruido.

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Celebremos Campeche.

Decidimos ir a la oficina de turismo a buscar información para descubrir la ciudad, pero la muchacha que nos atiende apenas nos ofrece nada, ni siquiera un triste plano, porque no tiene (¿en serio?). La verdad es que nos cuesta encontrar oficinas útiles y eficientes en México, pues bien no tienen información, bien la que tienen es sólo publicidad de comercios y tour operadores dispuestos a desplumar al gringo, como si fueran a comisión, pues si pides algo alternativo, nunca existe según ellos. Así que hacemos lo mismo que en Valladolid, acudir a la biblioteca (que está en la misma plaza, por cierto) donde nos tratan de maravilla y nos ayudan a buscar todo lo que queremos: mapas, información histórica, yacimientos… leemos y anotamos todo lo que necesitamos porque queremos organizar una previsión de ruta y escribir a nuestros anfitriones de Couchsurfing con más tiempo, muchos nos están diciendo que no porque avisamos con muy pocos días de antelación. Estamos tan a gusto, y trabajando, que se nos pasa la mañana sin enterarnos.

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Rincones y sabores de Campeche.

 

Campeche, San Francisco de, es una ciudad marítima fortificada, que forma parte de una red de ciudades caribeñas de las mismas características, todas fortificadas tras su nacimiento para repeler los ataques e incursiones piratas, que eran frecuentes. En aquella época (siglos XVII y XVIII) eran el punto de entrada de las mercancías que llegaban desde Europa y, lo más importante, el punto de salida de todo el oro, plata y joyas de las minas americanas hacia la Metrópoli, lo que las convertía en un deseado blanco de robos y asaltos. El conjunto de ciudades se reparte por toda la costa caribeña y está declarado Patrimonio de la Humanidad:

  • Puerto, fortaleza y conjunto monumental de Cartagena, Colombia.
  • Ciudad vieja de La Habana y su sistema de fortificaciones, Cuba.
  • Castillo de San Pedro de la Roca en Santiago, Cuba.
  • Ciudad Histórica Fortificada de San Francisco de Campeche, México.
  • Fortificaciones de Portobelo y San Lorenzo,  Panamá.
  • Fortaleza y Sitio Histórico de San Juan de Puerto Rico.
  • Ciudad Colonial de Santo Domingo, República Dominicana.
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Ciudades Caribeñas fortificadas, Museo de Historia Naval y Comercial.

El museo de Historia Naval y Comercial, en el mismo edificio que la biblioteca, se dedica, precisamente, a desarrollar el tema, como veis en la foto superior.

Campeche resulta una ciudad amable, con un casco histórico impecable, unas fortificaciones recuperadas y un malecón donde, al atardecer, se instalan multitud de puestos de comida, y mucho ambiente, siendo el lugar perfecto para disfrutar de unos ricos tacos.

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Conjunto de fortificaciones de Campeche.

Nuestro último día en la ciudad es un lunes. Ha llovido, y ya no es fin de semana, por lo que descubrimos otra ciudad distinta. Campeche es la ciudad más turística para los mexicanos, por su seguridad, motivo por el que todos los fines de semana se llena de parejas que disfrutan de una escapada. Pero ha llegado el lunes, y la ciudad ha vuelto al que debe ser su ritmo habitual, pausado y tranquilo. Paseamos por el malecón hasta acabar en la parte más antigua y auténtica de la ciudad, la originaria, el barrio de San Francisco.

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Plazuela y calles del barrio de San Francisco.

El último paseo por la ciudad nos lleva, sin saberlo, hasta la bella Mansión Carvajal, antiguo palacete hoy reconvertido en edificio público, donde toda la arquitectura y organización de la casa giran en torno a su patio y una espectacular escalera, que no se sujeta nada más que sobre sí misma, en su primer y último escalón.

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Patio de la Mansión Carvajal.
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Escalera de la Mansión Carvajal.

Después de comer volvemos a la biblioteca, no tenemos muy claro la zona que nos rodea, ya que nos cuesta organizarnos, apenas encontramos mapas que muestren más que las rutas turísticas preestablecidas y nuestro presupuesto es más elevado de lo que habíamos estimado. Nuestra falta de previsión, es, además, un impedimento en Couchsurfing, pues solicitamos con tan poco tiempo que mucha gente no puede alojarnos, y empezamos a estar cansados. El yacimiento más cercano desde aquí es Calakmul, y discutimos si ir o no, entrando en un debate que ya se nos ha planteado alguna vez y que nos ronda hace tiempo: elegimos ver lo más turístico (por la facilidad de transportes e infraestructuras) o buscamos alternativas, que suponen más trabajo para obtener la información. La verdad es que resulta agotador organizar las jornadas sin querer contratar agencias o viajes organizados, pues apenas hay opciones y lo peor de todo, nadie te las quiere contar. Ni siquiera encontramos foros o blogs donde consultar, pues parece que la gente sólo visita lo mismo. Visitas como Chichén Itzá, caras y decepcionantes, frente a otras menos conocidas, pero más asequibles e interesantes nos hacen decidirnos por los enclaves secundarios a partir de ahora. No iremos a Calakmul.

Así, buscamos respuestas en la estación de autobuses, preguntando por líneas regulares que vayan a alguna zona que nos interese, sin resultado. Tenemos una especie de crisis existencial: vamos gastando más de lo estipulado, no conseguimos alejarnos de los grandes focos turísticos, nos cuesta encontrar alojamiento con mexicanos… y nos agobiamos. O no hemos sido realistas al organizar el viaje, o algo estamos haciendo mal. Así que volvemos a la idea original: seguir hacia Palenque, aunque es turístico, tenemos la esperanza de que todo se vaya haciendo más fácil y barato a medida que nos vamos adentrando en el país y vamos dejando atrás la península del Yucatán. Decidimos ir a Palenque con un bus que viajará toda la noche, entrando así en la región de Chiapas.

Mérida, Uxmal y un cenote para nosotros solos

Mérida nos recibe con lluvia, ya de noche, tras bajar del bus al que nos subimos en Izámal. Estamos desubicados, y el agua nos obliga  coger un taxi para llegar hasta la casa de nuestra anfitriona. De pura suerte, pues el taxista tampoco lo tenía nada claro, paramos justo en la misma puerta. Por fin, algo sale bien. Y nos recibe “Flamenca”, nuestra primera anfitriona de Couchsurfing. Flamenca, pseudónimo que usa en la aplicación, es una mujer algo mayor, que no se corresponde con la imagen que uno pueda tener de gente que abre su casa a otros sin conocerles. Es amable y dulce, y a pesar de que nos ofreció algo para cenar y asentar el cuerpo, nos acostamos pronto esa noche, sin apenas entablar conversación. El cansancio y la extraña sensación de estar invadiendo la intimidad ajena me hacen sentir incómoda. He llevado un mal día, el cansancio y el calor me hacen plantearme si realmente soy capaz de seguir el viaje, y empieza a resonar en mi cabeza una frase que me escucharé decir muchas veces: “este viaje debería haberlo hecho diez años antes”. Hay cosas que cuestan.

Dormimos bien, y tras una ducha, el día se plantea mejor. Desayunamos charlando con Carmen, su verdadero nombre, y Jorge, su marido, nos organizamos el día y salimos a conocer la ciudad, una de las principales del país. Antes de salir de casa, nos enseñan cómo movernos por la ciudad con los buses, así que ya somos independientes para movernos a nuestro ritmo. Lo siguiente que hacemos es acercarnos a la oficina de Turismo, y tenemos la suerte de llegar justo a tiempo para sumarnos a una visita guiada por la plaza y sus monumentos, ofrecida como servicio de la Oficina Municipal.

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Plaza Monumental de Mérida, Yucatán.

De este modo descubrimos que Mérida fue la primera ciudad fundada por los españoles en México y su catedral, la primera que se levantó en todo América. Que su nombre en maya significaba “cinco“, en referencia a las cinco grandes construcciones mayas que había cuando llegaron los conquistadores, a quienes impresionó tanto que la bautizaron Mérida, como la ciudad extremeña, por su monumentalidad. Y que, como siempre, se desmontó todo para reutilizarlo en la construcción de los nuevos edificios occidentales y cristianos, en cuyos sillares todavía se aprecian dibujos e inscripciones precolombinas.

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Interior de la primera catedral de América.

Al terminar la visita nos animamos a ir a la razón de nuestro paso por la ciudad: el Gran Museo Maya, un edificio nuevo, monumental y desmesurado a las afueras de la ciudad, igual que el coste de su entrada (150 pesos). El museo se divide en diferentes áreas, que tratan de explicar la pervivencia maya en la población actual (un 30%) usos y costumbres, y un repaso histórico inverso, es decir, desde hoy hasta llegar a su momento de máximo esplendor, intentando no cerrar el estudio de lo maya a un contexto puramente arqueológico, sino abrirlo a un estudio sociológico, pues aún queda mucho rastro maya en la sociedad actual. La cultura maya como algo vivo y presente, no como una civilización perdida, un planteamiento que nos gusta. Otra cosa es el resultado del proyecto. Acaba siendo un reclamo para el turista extranjero que se acerca en “shuttle”, sin contenido real y sin vinculación con la ciudad, desde la que es muy difícil acceder. Decepcionante, la verdad.

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Casa Montejo, Mérida.

El segundo día lo dedicamos a otra parte de la historia mexicana: la colonial. Así, visitamos la Casa Montejo, y un pequeño y colorido museo que nos fascinó: el Museo de Artes Populares, sencillo y maravilloso, es todo un tributo a diferentes artesanos (alfareros, bordadoras, etc) y su labor. Una explosión de colorido e imaginación, un buen resumen de lo que es México para nosotros. Aquí tuvimos nuestro primer contacto con unos seres que más tarde, en Oaxaca, nos cautivarían: los alebrijes. Seres fantásticos, recreados en papel maché, salidos de la imaginación de grandes artistas que representan lo mejor y lo peor del ser humano.

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Museo de Artes Populares.

Pero Mérida también nos sirve como plataforma para llegar a otra zona arqueológica de interés: Uxmal, una de las imprescindibles. La bella Plaza de los Pájaros, la Casa de las Tortugas, la Plaza Porticada o la Gran Pirámide. Es la primera vez que comprendemos la ciudad que visitamos y se convierte en nuestra favorita de todas las visitadas hasta ese momento.

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Zona Arqueológica de Uxmal.

El último día en la ciudad lo dedicamos a las recomendaciones de nuestros anfitriones, con quienes hemos pasado buenos ratos conversando en casa. Ya se han roto nuestros bloqueos mentales y la convivencia ha sido una delicia. Como saben de nuestro interés por la arqueología, nos mandan al Museo de Antropología, donde se exhibe una muestra temporal sobre el concepto de belleza maya, y es todo un acierto. Una selección de las mejores piezas de los principales yacimientos mayas del país para mostrar las diferentes “transformaciones” a las que se sometían desde bien pequeños buscando su ideal de belleza: deformaciones craneales a los recién nacidos, dientes limados y perforados, escarificaciones en la cara…  La exposición, además de fascinante, supone uno de los impactos buscados: acercarnos al cambio de canon estético, y salir de la cuadrícula mental occidental que arrastramos. Nuestra Historia del Arte, la que hemos estudiado en Europa, no es más que una línea recta en el tiempo en la que se repiten y modulan los mismos estereotipos una y otra vez. Sin embargo, aquí aceptamos como “bello” (el término más subjetivo del mundo) conceptos que para nuestra cultura serían horrorizantes, deformes. ¿Qué es la belleza, entonces? ¿la simetría que perseguimos desde la antigua Grecia, o las variaciones más pintorescas del aspecto? ¿Qué busca el ideal social, atraer mediante la confianza de lo dulce y sublime, o asustar como feroz enemigo? En realidad, nos damos cuenta de que el arte es, en verdad, el medio que usamos para lanzar un mensaje al otro y que éste define nuestra intención social en el mundo, para con nosotros y para con el resto. Y esa es otra de las diferencias entre quienes habitaban aquella tierra y quienes llegaron desde el otro lado del mundo.

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Escultura maya.

Nuestra última visita en Mérida es a la localidad de Chocholá, buscando un cenote recomendado, sin turistas, y lo hallamos. El pueblo es pequeño y agradable, y el cenote es fantástico. Es la primera vez que visitamos uno, y no nos puede gustar más. Nos bañamos en un agua cristalina, metidos en la cueva, y sin llegar a ver el fondo de la misma, pues al ser un cenote joven aún no se le ha derrumbado la techumbre. Estamos solos casi todo el tiempo. Un baño pausado, relajado, que nos permite sentir y disfrutar de todo: de la temperatura del agua, del goteo de las paredes, de la textura de la roca, de los fósiles, del silencio…

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Cenote San Ignacio, Chocholá.

Mañana partiremos a Campeche, donde no hemos encontrado aún a nadie que nos aloje. Pero eso será mañana.

Recorriendo el Yucatán: de Cobá y Ek-Balam a Izamal

Como os contábamos aquí, pasamos una semana alojados en Valladolid, porque nos servía como base para visitar las zonas arqueológicas que nos interesaban: Chichén Itzá (ya contamos nuestra desilusión) la maravillosa Cobá y Ek-Balam, que nos sirvieron para quitarnos el mal sabor de boca tras la primera, y acercarnos de verdad a la arqueología y cultura mayas.

Así que para ver Cobá aquel día madrugamos, para levantarnos de noche y tomar un carro hasta el pueblo, y de allí, un paseo hasta la zona arqueológica a primera hora de la mañana, cuando apenas había salido el sol y todavía no hacía calor. Desde la entrada hay apenas 2km de camino por la selva hasta la ciudad, pero todo el mundo te recomienda que contrates, por unos euros, el servicio de una bici-carro y que te lleven hasta la zona arqueológica. Sinceramente, además de una estupidez, es humillante. Es ese tipo de actitudes que detestamos en el turismo, el servilismo de quien acoge y el todo vale de quien visita. Sobra decir que no lo contratamos, y que os pedimos por favor que no lo hagáis vosotros. Ni eso, ni los servicios de muchos niños que hay a las puertas de las zonas arqueológicas ofreciéndose como guías y acompañantes. A nuestra negativa siempre acompañaba la pregunta “¿no tienes cole hoy?” y se acababa tanta amabilidad en un momento. Es increíble que el INAH permita algo así.

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La entrada a la zona de Cobá es un regalo que no hay que perderse

Pero volvemos a Cobá. Su encanto es, precisamente,  estar en medio de la selva y no haber sido excavada en su totalidad, por lo que aún se aprecian muchas construcciones bajo la vegetación cuando paseas por los senderos mayas, los viales de comunicación entre los diferentes puntos de la ciudad, bajo la sombra de la selva, aunque la humedad sigue resultando insoportable.

Cobá es más relajada que Chichén Itzá (bueno, en realidad, todas lo son en comparación con ella), hay menos gente y menos restricciones, y por fin podemos subir a lo alto de una pirámide. La ascensión es un reto, no por lo alto de los escalones, ni por lo empinado de su pendiente, sino por la humedad. Cuesta respirar y nunca tengo la sensación de llenar los pulmones de aire, por lo que toca tomárselo con calma, ayudarse de la soga e ir poco a poco. Pero al llegar arriba compruebas que ha merecido la pena. La selva, que se extiende hasta donde alcanza la vista, no te deja ver la cuidad que acabas de visitar.

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Desde abajo te da pereza, pero desde arriba da miedo.

Nos sentamos e inauguramos lo que será una tradición en todas las pirámides que visitemos: almorzar en lo alto. Mientras los demás suben y bajan con prisa, dedicando el tiempo justo de hacerse una foto, nosotros disfrutamos de las vistas, del ambiente, y cuando se puede, del sobrecogedor silencio de la selva.

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Nuestra nueva afición: pasar el rato en lo alto de las pirámides.

Pero la ciudad de Cobá es mucho más que su pirámide… es un bien conservado juego de la pelota, zona sacra y otros restos interesantes por los que perderse.

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Zona Aqueológica de Cobá.

Al salir todavía nos quedaba tiempo para el viaje de vuelta, así que comimos nuestro primer pollo al estilo maya y paseamos por el humedal de la ciudad nueva.

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El exterior de Cobá también merece un rato

La última zona arqueológica que visitaríamos esa semana desde Valladolid fue Ek-Balam. Aunque no resultó tan fácil encontrar transporte puesto que no hay bus regular hasta el pueblo más cercano, sino una mini-van que te lleva hasta el yacimiento. Además, volvemos a pagar una entrada que consideramos excesiva, y nos empezamos a mosquear, por lo que decidimos, a partir de entonces, seleccionar mejor lo que visitaremos y lo que no, especialmente mientras sigamos en Yucatán.

En un primer momento la zona resulta mal señalizada y con escasa información, que no describe más que obviedades y conjeturas, pero merece la pena. Es realmente diferente a muchas de las ciudades que visitaremos: su arco de entrada, las pirámides gemelas, la gran escalinata de la pirámide principal, los frisos… pocos lugares se nos mostraron tan completos, como libros abiertos de historia viva. Si tuviéramos que escoger una de las tres zonas nombradas, sería esta sin pensarlo.

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Arco de entrada en Ek-Balam
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Ek-Balam y sus pirámides gemelas

Y lo mejor, la acrópolis. Aunque en un primer momento, y vista desde abajo, la escalinata asusta, al empezar a subirla descubrimos, a media altura, que había arqueólogos trabajando en los frisos y las policromías, así que nos quedamos mirando, como bobos. Era la primera vez que vemos más que la piedra pelada, que suele ser lo habitual, y que pudimos ver parte del revoco y el estuco que decoraban los monumentos originalmente, con policromías vivas.

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Desde lo más alto de Ek-Balam apenas se ve nada
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Frisos decorativos en la gran pirámide de Ek-Balam

Al acabar la semana tenemos que pensar en cómo continuar el viaje. Por suerte, el alojamiento está resuelto gracias a Couchsurfing en Mérida, así que sólo tenemos que decidir cómo llegar hasta allí. Decidimos aprovechar y visitar de camino Izamal.

Izamal es un “pueblo mágico”, etiqueta que usan en México para señalar su pueblos más bonitos, famoso en este caso por su sencilla arquitectura colonial y por estar pintado todo en amarillo.

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Y a este color lo llamaremos “amarillo Izamal”

Se trata de un pequeño pueblo colonial, organizado en torno al gran monasterio que ocupa la parte principal de la localidad, donde se abre la plaza y se da la vida. De las pirámides que había en época anterior no queda prácticamente nada (sospechamos que la piedra se usaría para levantar el convento).

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Convento de Izamal

Por suerte, es día festivo, y hay feria y mercado lleno de puestos para comer tacos, por supuesto. Así que por unas horas nos mezclamos con la gente, comiendo en la calle, paseando por el mercado, visitando la feria…

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Callejeando y saboreando Izamal, pueblo mágico

… hasta que se hace la hora de coger de nuevo el autobús y llegar al siguiente destino, Mérida, donde nos esperará nuestra primera experiencia con CouchSurfing.

Día de Muertos en México

Aunque no fue algo planeado, tuvimos la suerte de pasar el día de muertos en México y en compañía de mexicanos (gracias de nuevo, couchsurfing) por lo que aprovechamos para acercarnos a una tradición que tiene unas raíces bien profundas, que ha bebido de un conjunto de culturas muy dispares, pero que siempre ha permanecido, y de la que nos ha llegado una visión a España  como algo casi folclórico, mal explicado y mal entendido. Está muy (pero que muy) lejos del verdadero significado de la celebración. Por cierto, allí es el día 2 de noviembre y  esta festividad está declarada como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Ya desde el principio entramos a algunos cementerios en los pueblos que visitábamos, teníamos curiosidad por verlos. Y nos llamaron la atención dos cosas: la primera, su colorido. Lejos del mármol blanco, negro o gris que se ve en Europa, allí los materiales son mucho más sencillos, pero pintados y ornamentados hasta resultar extraños en un entorno semejante. Y la segunda, las tumbas de los niños. Demasiado abundantes, demasiado recientes. Muchas de ellas eran auténticas réplicas de sus dormitorios en vida, donde reposaban todos sus juguetes. Era algo que impresionaba, helaba la sangre.

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El Día de Muertos es una celebración que se celebra el 2 de noviembre, aunque llega a comenzar, según lugares, la noche del día 28 de octubre. Su origen es milenario, pues las civilizaciones prehispánicas (como la mexica o la maya, entre otras) ya conservaban cráneos y hacían rituales simbólicos entre la vida y la muerte. Para ellos la muerte no tenía las connotaciones morales de la religión católica, y sus ideas de infierno y paraíso, sino que era una etapa más de la vida, algo mucho más natural y menos traumático que para nosotros. Existía un ente inmortal que da conciencia al ser humano, y que continúa su labor después de la muerte de éste. Es por ello que los entierros eran acompañados de ofrendas con objetos que el muerto había usado en vida, y que iba a necesitar en su tránsito al inframundo (esto también ocurre en otras civilizaciones orientales antiguas, como la Egipcia); por eso las tumbas prehispánicas presentan tanta variedad de objetos depositados (joyas, armas, alimentos, instrumentos musicales, etc). Nuestra muerte para ellos era, simplemente, una etapa más de un largo viaje que quedaba por hacer.

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Así, cuando lo españoles “evangelizan” a los pueblos nativos imponen la nueva fe, pero adaptándola a las costumbres locales (o a la inversa, quién sabe), lo que da lugar a sincretismos como éste. Una celebración de muertos que coincide en fecha con Todos los Santos, pero que nada tiene que ver con la celebración católica. En México el mundo de los muertos es muy complicado, aunque se puede sintetizar en que el espíritu de los difuntos regresa del mundo de los muertos para convivir con sus familiares durante un día, consolándolos y confortándolos, y por ello los familiares comen en los cementerios (la comida favorita del difunto), le llevan música y pasan el día junto a él. Para el difunto es un momento de reposo en su viaje, se relaja escuchando la música que le gusta y absorbe la energía de las ofrendas que han sido depositadas en su tumba, para continuar durante un año más.

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Pese a los músicos y los mariachis tocando canciones de tumba en tumba, vendiéndose al mejor postor o acudiendo a cualquier señal como quien llama a un taxi, vendedores de flores o limpiadores de nichos presentes por todas partes, el ambiente era solemne. No era triste, pero sí melancólico. No era irreverente, se mantenía siempre respetuoso. Al fin y al cabo no era una fiesta, sino un momento para pasar con quienes ya no estaban.

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Pero la celebración es mucho más que eso. Es todo un lenguaje iconográfico, resultado de tantos pueblos y culturas que han formado el actual México, que representa todas las ofrendas a los muertos, y que se resume básicamente en dos representaciones: los altares y las propias tumbas. Las tumbas y mausoleos, como en nuestra vieja Europa, marcan diferencias entre aquellos que tienen quien les siga recordando y los que no, los que tenían poder económico y los más sencillos, los que pudieron prever su momento y aquellos que se encontraron con la muerte sin esperarlo. Como en la siguiente foto, un instante que captamos sin darnos cuenta al querer capturar, precisamente, esas diferencias. Dos sepulturas en el suelo, de tierra, rodeadas de mausoleos coloridos. Luego descubrimos la situación. Entre las tumbas un niño, solo, pasaba la mañana mientras compartía su refresco de cola. Algo volvió a hacernos sentir de nuevo un frío interior.

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Y el segundo elemento, los altares. Nuestro primer contacto con la celebración como espectáculo fue en Ocosingo, donde nos encontramos de lleno con el día de Todos los Santos como una fiesta popular, extendida a toda la sociedad, que ha salido de los cementerios y llena las calles y plazas de todas las localidades del país, repitiéndose los concursos de altares y catrinas, jugando con la muerte como lo que es, una parte más de la vida. Así, cada grupo o colectivo se esmera por levantar el mejor altar, con las influencias de cada región y cada tribu de México, con elementos de la naturaleza y, por supuesto, la simbología introducida por el cristianismo, lo que hace de ellos auténticas obras de arte eclécticas y efímeras. Y cada elemento que los componen tiene su propio significado: siete pisos, los niveles del inframundo que debe atravesar el alma para poder descansar, cada cual con sus propias ofrendas: en lo más alto la foto del santo al que está dedicado, sal, pan de muerto, agua, fruta, dulces, copal, incienso, flores, papel de colores picado, velas encendidas para las almas, fotos de los difuntos, y en contacto con el suelo una cruz hecha con frutas, semillas o pétalos de flores. Un sinfín  de ofrendas que, aunque se siguen realizando a pequeña escala en muchas casas, hoy se ha convertido en un espectáculo público y concursos en los que compiten asociaciones, universidades, parroquias o cualquier agrupación imaginable.

 

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Para este momento tan especial hay, por supuesto, un personaje icónico: la  Catrina, un esqueleto femenino ataviado al estilo occidental, con sombrero afrancesado  y joyas. Aunque es de creación muy reciente, pues apareció a mediados del S. XIX en un grabado de José Guadalupe Posada, se ha extendido por todo el territorio hasta formar parte del ritual de la celebración. Fue popularizada por Diego Rivera tras pintarla en un mural, “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, denominándola “Catrina”, en referencia al término catrín, hombre elegante y bien vestido y tenía en origen un carácter de crítica social, pues quería retratar las miserias y la hipocresía de la clase política y de la alta sociedad del momento. Muertos de hambre queriendo ser europeos, hoy es la muerte hecha espectáculo en una sociedad de consumo que mercadea con todo.

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Esta es la parte que nosotros vivimos. También nos contaron que al llegar la noche gran parte del sentimiento familiar y del recogimiento que habíamos visto durante la jornada desaparecía y que, ahora sí, quedaban los grupos con más ganas de festejar la noche de los muertos. Por norma, ya sólo suelen estar los hombres, el alcohol corre con más abundancia que hasta entonces y la gente se aleja de la zona de tumbas (siempre hay excepciones) para continuar con una auténtica fiesta. Pero esto ya no llegamos a verlo. Quizás en la próxima ocasión.