Finisterre, donde el mundo da comienzo

Bretaña, como nuestra Galicia, también tiene su Finisterre, es decir, su extremo más occidental, en ambos casos, siempre según nuestra concepción del mundo y del globo terráqueo, claro está.  Para los bretones Finisterre es «el lugar donde todo comienza», y es verdad: impacta y se agarra a tí cuando pasas, aunque sólo sean unos instantes, por sus territorios.

Sólo hemos tenido una primera toma de contacto, de la mano de habitantes de la zona, pasando un buen fin de semana acogidos en familia. El tiempo, como casi siempre en Bretaña. Hasta el poeta lo dijo: “Il pleuvait sans cesse sur Brest, ce jour-là…” Es especial, tan cambiante, húmedo, ventoso, brumoso, pero tan cálido y acogedor a la vez…  Así que sólo pudimos escaparnos al Mont Saint-Michel de Brasparts, que, con sus 3.800 decímetros de altura, es una de las cumbres de la región. Qué le vamos a hacer, están orgullosos de todo lo suyo; si sus cumbres no se acercan a las cifras de los Alpes, pueden hacer que parezcan grandes… con un pequeño cambio de unidad métrica. Y no engañan a nadie, ¿no?

 

Y es que se sigue notando que esta región es el final (o principio, nunca se sabe) de la Armórica. Para los aficionados a los comics de Asterix, el nombre les resultará muy familiar. Para los que no, decir que es un punto que ha sido constante lugar de paso, de conquista y resistencia, desde el paleolítico hasta nuestros días. Desde que los primeros monumentos megalíticos comenzaran a ser plantados por el hombre, hasta llegar a la magnificencia de Carnac u otros similares, hace casi 8000 años. Desde que llegaron los celtas, los romanos, los bretones, francos y normandos, y, por qué no decirlo, también los franceses modernos. Siempre ha sido una zona que ha hecho sentirse a sus ocupantes orgullosos de su terruño, debe tener algo muy especial, aunque nadie sepa explicar qué es. Tal vez sólo sea cuestión de magia.

También ha sido, y sigue siendo, una región olvidada. Lejos del centro parisino, con una capital de departamento (Brest) volcada hacia el mar y una capital de Région (Rennes) desplazada hacia la parte interior del país, sufrió una despoblación brutal en el pasado siglo, de la que poco a poco se está recuperando. Es salvaje, natural, espectacular, viva, dura, aunque también agradecida. Enamora al mismo tiempo que hace llorar. Porque como compensación por el abandono de siglos, los gobiernos de los años 60 instalaron allí la primera central nuclear de Francia, para darles trabajo, oportunidades y futuro. A finales de los 70 en Plogoff fueron tambien los primeros en parar la construcción de otra central nuclear con la fuerza de la lucha popular. Ahora la central está en proceso de desmantelamiento permanente. No se contemplaron nunca los gastos necesarios para ese proceso, sigue pendiente de dotación presupuestaria, mientras los residuos nucleares continúan allí guardados, por más que el pueblo protesta, el lago Saint Michel se sigue desangrando por todas sus orillas. Porque aunque no haya peligro, como aseguran las autoridades, nada merece la pena a la sombra de semejante atrocidad. De nuevo, la lucha sigue.

 

Pero a pesar de todo, destila vida por todos y cada uno de sus poros, de sus costados. Sólo es salir a la calle y ese aire limpio, frio, puro, que te hiela los pulmones pero que te enciende el ánimo te incita a pasear por sus mil y un caminos, recorrer sus sinuosas carreteras, y, sobre todo, a intentar llegar a su costa. Mil y una puntas, cabos, golfos, ensenadas, bahías… todas, increíbles y completamente diferentes a la anterior. Brest, Concarneau, Plogoff, Pernmarch…  Sólo hace falta que busquéis las imágenes de la Punta de Penhir para que os hagáis una idea. Casi nada nos hace recordar que, en 1999, toda esta costa fue el destino del petroleo vertido por el Erika. Aquí no lo olvidan, y Total sigue siendo una compañía vetada por los bretones en su día a día. No pudieron parar el vertido, pero pueden ejercer su derecho de elección como consumidores.

 

A cada paso se muestra la historia: desde el más remoto ayer a los vestigios de las Grandes Guerras, del pasado galo al orgullo bretón, de los obispados representados en la bandera a la fuerza de las Anas de Bretaña (fueron madre e hija), de su mantequilla (salada, por supuesto) a su sidra (dulce, no esa copia normanda), de Finisterre, que es la auténtica Bretaña, la Armórica, lo que está enfrente del mar, al resto de territorios, que son unos añadidos francos con los que convivir. Puede sonar duro, seguro que en nuestro país se etiquetaría de nacionalismo, y, sin embargo, vemos que aquí todo se lleva con una absoluta normalidad, una relación de orgullo, humorístico orgullo, de la que ellos mismos saben reirse, hacer mofa y sacar la punta que da título a la obra que hay que leer para entender lo que aquí pasa, y que, de nuevo, sólo hace que parafrasear a nuestro héroe galo: «Están locos, estos bretones». Cómo no enamorarse cada día más de ellos y de su tierra.

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