Toulouse, la capital española de Francia

Vamos a ser sinceros: no seremos objetivos con esta ciudad, porque le robó el corazón a Gemma desde que la visitó por primera vez, en aquel lejano año de Erasmus… Dichosa beca y dichosa oportunidad para jovencitos como ella, que no había visto mundo y que se le abrió de golpe ante sus ojos. Pese a la mala fama que se algunos les quieren dar y pese al desprestigio que muchos les quieren poner, las becas Erasmus han sido uno de los factores que más han contribuido a la construcción de la Europa del siglo XXI, y si no, que se lo pregunten a los cientos de miles de jóvenes que hoy están trabajando fuera de nuestras fronteras.

Después de este alegato por las becas de intercambio (también disfrutó de una Séneca al año siguiente), comienza la nueva entrada del blog.

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Toulouse es, para nosotros, la ciudad perfecta: educación francesa, ambiente universitario, y vida social casi española. La Ville Rose, conocida así por el color que toman sus edificios de ladrillo al atardecer, está tan cerca de la frontera que casi es delito no conocerla, especialmente si vives en el norte de nuestro país, donde apenas unas horas de coche te separan de la región de Midi-Pyrénées.

Y es que Toulouse, o Tolosa, nació con corazón español. El Garona, río que cruza la ciudad y la vertebra en sus dos orillas, nace a este lado de la frontera. Durante siglos y siglos, los nobles y reyes de la zona se casaban con sus homólogos del norte de la península: el ejemplo más famoso, el segundo matrimonio de Fernando de Aragón tras la muerte de Isabel de Castilla, con Germana de Foix.  Sus territorios y los nuestros estuvieron mucho más unidos de lo que lo estarían en el sigo XX, cuando el exilio de la Guerra Civil hizo de la ciudad su capital durante décadas, esperando, al otro lado del Pirineo, el momento de volver a casa, a la democracia.

 

Pero Toulouse tiene personalidad propia, pese a las influencias. Sus edificios de ladrillo, muy característicos de la región; su bleu pastel, tinte azul extraído de la violeta y que fue uno de los pilares de su economía durante años, y su orgullo por la lengua occitana (estamos en el Languedoc, Langue d’Oc, d’Occitanie) demuestran que la multiculturalidad hace siglos que se inventó en este rincón del mundo, donde se han quedado con lo mejor de cada pueblo que ha pasado por sus calles.

El centro de la ciudad es el eje que va desde la catedral, siguiendo por la rue de Tour hasta la Place du Capitole, para terminar en la Quai de la Daurade. El centro conserva su callejero medieval, donde destaca la catedral de San Sernin, la última gran catedral del camino de Santiago donde se unifican diferentes caminos europeos antes de cruzar la frontera y continuar por el conocido “camino francés” que entra en España.

 

El emblema de la ciudad es su Ayuntamiento, el Capitole, y la gran plaza que lo acoge, porticada en uno de sus lados, llena de bares y de vida a todas horas. Merece la pena detenerse en sus porches, en cuyos techos se representan los mayores hitos históricos de la ciudad.

 

La basílica de la Daurade, de estilo neoclásico, se ubica en la margen derecha del río, bautizando una de sus esquinas más concurridas, justo a los pies del Pont Neuf, construido en ladrillo y piedra y que, pese a su nombre, hoy es el puente más antiguo de la ciudad. Cosas de la historia.

La capilla-hospital de la Grave, cuya cúpula de bronce se vislumbra imponente en la otra orilla, se convierte en protagonista involuntaria de todas tus fotos. Además, será la excusa perfecta para cruzar alguno de los puentes y descubrir barrios a los que apenas llega el turismo.

 

Volviendo al centro histórico, la ecléctica catedral de Saint Etiénne, mezcla de varios proyectos sin conseguir la finalización de ninguno de ellos, presume de conservar las únicas vidrieras aún originales de la ciudad, remontándose al siglo XIV. Todo un lujo perderse por sus alrededores, contemplar los mil y un detalles que nos hablan de los avatares que sufrió un edificio tan particular y su periferia.

 

Toulouse está hecha para vivirla. Es la ciudad que mejor aúna el savoir vivre francés y la vida social de la cultura mediterránea, así que apunta:

  • En la rue de Taur encontrarás una pequeña pizzería, con su horno de leña visible desde la calle, donde hacen las pizzas más deliciosas que jamás hemos probado, con una masa finísima… aún salibamos al recordarlas…
  • En la plaza Jean Jaurés encontrarás otra pizzería, Venneto, donde además hacen un rico magret du canard que no se sale de ningún presupuesto.
  • Una vez recorrido este eje central y los principales monumentos, siéntate a tomar un vino en la Plaza Saint Pierre, cerquita del río, y disfruta del ambiente estudiantil por las tardes.
  • Las calles Colombette y Alsacie-Lorraine, donde comprarás los mejores quesos
  • Disfruta del  desconocido y tranquilo Jardín Japonés.
  • Y no te vayas sin pasear por los Canales de Midi y Brienne, orgullo de ingeniería civil y una forma estupenda de cruzar la ciudad olvidándote del tráfico. En la esquina donde se unen el canal de Brienne y el río se encuentra una de las mejores creperías que conocemos, donde podréis pedir una buena galette bretona y un vasito de kir, el aperitivo favorito de muchos franceses.

 

Qué te vamos a decir, si nos tiene enamorados esta ciudad…

Valencia en invierno

Acabamos de volver de una escapada a Valencia. Sí, teníamos unos pocos días libres y los hemos aprovechado para ver el sol en un invierno de mucha niebla en nuestra zona y disfrutar de una ciudad que hace tiempo nos apetecía visitar, y que, por cierto, nos ha gustado mucho, mucho.

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Valencia, desde las Torres de Quart.

Empezando por el hotel. Hacía tiempo que no íbamos a un hotel convencional, y teníamos algunas reticencias (nuestro último año viajando con Couchsurfing o de hostales mochileros nos hacía pensar que ya no encontraríamos un hotel convencional de nuestro ambiente) pero acertamos de pleno. Y eso que no somos de publirreportajes, pero cuando algo es bueno, nos gusta recomendarlo para otros. Elegimos el Lotelito, por estar ubicado en el centro de la ciudad, aspecto ciudado y precio asequible, y nos encantó porque era, sencillamente, todo lo que prometía. Que sepáis que en su web las habitaciones tienen mejor precio que en buscadores (algo que nos gusta), con descuento para el desayuno en su bar-restaurante si no lo has incluido, y unas hamburguesas de premio, siendo uno de los recomendables de Valencia. Así, tras empezar con buen pie, salimos a dar el primero de muchos paseos por la ciudad.

Valencia es la tercera ciudad del país, mediterránea y amable, y presume, además, de tener uno de los mayores cascos antiguos de Europa. Y ciertamente, es grande: os recomendamos alquilar unas bicis o vais a acabar muertos. Podéis evitaros los monumentos más típicos (la entrada a la catedral es uno de los grandes robos) y perdeos por las calles del barrio del Carmen, descubriendo siempre algo diferente. No os dejéis por visitar la Lonja y su famosa sala de las columnas, más impresionante en directo que cualquier foto.

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Sala de las columnas, Lonja de Valencia.

Y frente a ella, el modernista Mercado Central, imponente en su estructura de hierro y amable, con los vecinos de toda la vida comprando en sus puestos. Es, afortunadamente, uno de los pocos que todavía no ha sucumbido a los estragos de la moda reformadora- uniformista de mercados que asola Europa (un día tenemos que hacer un post sobre este tema).

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Mercado Central de Valencia.

También son modernistas la Estación del Norte y el Mercado de Colón. La estación está casi en el centro de la ciudad, así que es una opción a considerar cuando penséis en el transporte (es difícil aparcar en el centro, y los parkings son caros). Aunque Valencia está muy bien comunicada por autovías, plantearos llegar allí en tren si no vais a salir de la ciudad.

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Estación del Norte, Valencia.

El mercado de Colón, recompuesto por fuera y vaciado por dentro tras una reforma que ha excluido a los comerciantes de toda la vida para llenarlo de cafeterías idénticas unas a otras.

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Mercado modernista de Colón, Valencia.

Y lo que más nos gustó, escondidos y mal señalizados, con entrada gratuita y casi vacíos, porque llevan poco tiempo abiertos y apenas se conocen: los baños del Almirante. Unos baños árabes que han estado en uso hasta los años 80 del siglo XX como gimnasio  y que ahora son visitables, intentando ofrecer un aspecto más cercano a su función original. Una delicia y un remanso de paz en el mismo corazón de la ciudad.

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Baños (árabes) del Almirante, Valencia.

Ya sabéis a estas alturas que el turismo cultural y el llamado Turismo de Guerra son dos de nuestros intereses, quizás por eso nos toque tanto viajar solos, jajajajaja!!! El objetivo principal de nuestro viaje era visitar el Museo de Bellas Artes de Valencia, la segunda pinacoteca de España, y en concreto la sala dedicada a gótico primitivo, pues es uno de los mayores exponentes (declarados) de dicha época. Nos interesa por motivos personales, dado el contexto de pérdida de arte de esa época que hubo en nuestra zona, y conocer y ver museos nos aporta y abre cada vez más horizontes de lo que pudo pasar en fechas no muy lejanas. Y, estando en Valencia, es evidente que no podíamos irnos sin ver la obra de Sorolla, también en el Museo de Bellas Artes.

Del segundo turismo, el llamado de guerra, encontramos una ruta llamada Valencia en la Memoria, que hacía un recorrido por la ubicación de cinco refugios antiaéreos y puntos clave de la ciudad, aunque todavía no hay ningún resto visitable (ver más info aquí).

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Ruta Valencia en la memoria, 1936-39.

Además, una exposición de Katy Horna en el Centro de La Nau, donde descubrimos una aún mejor sobre el concepto del periodismo gráfico. Si queréis arte y cultura, el centro de exposiciones La Nau y el Centro Cultural del Carmen tienen siempre varias muestras abiertas:

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Por supuesto, además de museos, visitamos mucho comercio, pero por algo que nos gustó: todo tenía un aire de pequeños artesanos o diseñadores, que conseguían tener un espacio para poner a la venta sus productos, algo que se antoja tan difícil en otros lados. Eso si, en muchos establecimientos se ofrecía a la vez ropa, joyería, vino, discos… en una curiosa mezcla, obligada, quizás, por la necesidad de sobrevivir ante un turismo de paso rápido, como es el que traen los cruceros, no hemos de olvidarlo. Ah, y ferreterías. Ferreterías por todos lados, en cada esquina. Un paraíso para los locos del bricolaje y de la cocina casera, pues, evidentemente, no faltaban los paelleros y los pucheros de barro en ellas.

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Comercios de Valencia.

Otro básico de nuestros viajes, y también de Valencia, es el chocolate. Casi todo el mundo piensa en la conocidísima horchata y en los menos conocidos fartons, pero como el tiempo aún no era veraniego, nos llamaba más un buen chocolate cocido con sus buñuelos, hechos al momento. Habrá muchos sitios, pero merece la pena perderse por la Horchatería El Collado. Todo un lujo para los sentidos. Aunque en el video está a reventar, nosotros estuvimos casi solos las dos ocasiones que la visitamos, con personal siempre amable y atento.

Y hablando de comida, el almuerzo es toda una institución en Valencia. Una fórmula completa que ofrecen todos los bares y que, por un precio más que razonable (entre 3.50 y 5 euros, aproximadamente) te vas con el estómago lleno, café incluido. Almorzar en Valencia es un arte, y hay que conocerlo. Y para las comidas y cenas, aunque es fácil encontrar lugares y buenos precios, os dejamos e enlace a un blog que a nosotros nos ha ayudado bastante: 10 restaurantes donde comer en Valencia.

Bonus track 1. Ruzafa. El barrio de moda en Valencia. Aunque nos costó encontrarle el ritmo, su mercado y alrededores nos regalaron la mejor mañana que pasamos en esta ciudad, de tienda en tienda a cada cual mejor y más curiosa: vinos, libros, cómic, ropa vintage, arquitectura modernista y racionalista…

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Ruzafa, Valencia. El barrio de moda.

Bonus track 2. El Cabanyal. Antiguo pueblo de pescadores, conocido por su oposición a los planes de expansión de las grandes avenidas hacia la playa. Allí se conservan casas tradicionales, barriadas de los años 20 con las fachadas embaldosadas y zonas que no lograron resistir hasta hoy y se han convertido en bloques de pisos de la era burbujista. Era nuestra excusa para no irnos sin ver la playa, y el azar nos llevó hasta otro de los imprescindibles del viaje: la bodega de la Pascuala, con sus tapas, sus camareras y sus bocadillos en dos tamaños: barra o media barra.

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Cabanyal, Valencia, el barrio con más carácter.

Pd. Como veis, no visitamos la archiconocida Ciudad de las Artes y las Ciencias, ni el Bioparc. No fue descuido, es que no nos interesaban lo más mínimo.

Gante, Brujas y Bruselas en navidad

La única vez que hemos pasado el fin de año lejos de casa fue para hacer este viaje. Nos apetecía mucho hacer algo diferente, disfrutar de los mercados navideños y de la iluminación de alguna ciudad europea. Como los típicos destinos resultaban caros, elegimos Bélgica por comodidad y precios (los billetes de avión nos salieron muy baratos, volando el día 31 y volviendo el día 5). Además, esta posibilidad no nos limitaba a un único lugar, pues resulta muy cómodo y económico moverse entre las tres ciudades con el tren, así que puedes llegar a un aeropuerto y volver desde otro, visitando diferentes zonas del país sin hacer muchos kilómetros. La única pega es que se nos hizo corto, sobre todo para visitar las ciudades tranquilamente, por lo que nos quedamos con las ganas de volver, especialmente a Brujas, que nos enamoró.

Nosotros empezamos el viaje en Gante, y tuvimos la suerte (porque no fue buscado) de tener el alojamiento junto al puente de San Miguel, lo que nos permitía ir y venir paseando a cualquier hora del centro de la ciudad al alojamiento y disfrutar de esto:

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El puente se levanta sobre uno de los canales que recorren la ciudad (nunca he estado en Venecia y ya llevo visitadas varias ciudades europeas con canal) y une los dos muelles, de pasado comercial, el Graslei  (de las hortalizas y hierbas) y el Korenlei (del trigo). De ese pasado mercader y comerciante de los Países Bajos tan famoso hoy quedan estos dos paseos enfrentados, llenos de bares y restaurantes en los bajos. Son, sin duda, el lugar más fotografiado de la ciudad.

 

El puente es el lugar para la imagen perfecta, que lo abarca casi todo: la iglesia de San Miguel, el Belfort (torre del campanario civil, que nada tiene que ver con los campanarios religiosos, y que están declarados Patrimonio de la Humanidad) la torre de la catedral (andamiada) y alguna fachada típica, además de la noria del mercado navideño.

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Aunque el casco antiguo es pequeño y mucha gente sólo visita la ciudad un día, merece mucho más. Cualquier rincón, cervecería o tienda son una buena excusa para detenerse y disfrutar del ambiente de esta ciudad universitaria. Nosotros lo hicimos desde el primer momento, aunque cuando llegamos ya no había luz (ni gente), no nos decepcionó.

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Al día siguiente, Año Nuevo, paseamos tranquilamente la ciudad, y no estábamos tan solos como pensábamos, pues a media mañana ya se empezaban a ver gente por las calles. El silencio de la fría mañana nos permitió fijarnos mejor en los detalles de las fachadas, los embarcaderos, los puentes sobre el canal, la casa del gremio de albañiles…

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Y aunque es un tópico, no dejamos de dar un paseo en barca, lo que nos dio otra perspectiva de la ciudad que ayuda a comprender mejor su vida y ritmo, marcados por los canales y el comercio que la hicieron florecer…

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También tuvimos tiempo para salir del centro, del circuito histórico, y descubrir la ciudad más alternativa e imperfecta y sus callejones llenos de graffittis.

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Nuestro tercer día fue para enamorarnos de Brujas, y eso que Gante nos había gustado mucho. Brujas, que deriva de la palabra brug, puente, es otra ciudad canalizada de Europa (jódete, Venecia). Un breve viaje en tren sirvió para pasar de una ciudad a otra de la manera más cómoda. Desde la estación fuimos paseando hasta el centro de la ciudad, algo muy recomendable, a través del paseo extramuros que hoy es un parque, y donde se encuentran los molinos de Kruisvest, hasta llegar a la Kruispoort (Puerta de la Santa Cruz).

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Una vez cruzada la puerta, ya no teníamos rumbo fijado, mas que pasear y callejear. Brujas presume de tener uno de los cascos históricos mejor conservados de Europa (declarado Patrimonio de la Humanidad) pero la verdad es que cualquier calle o casa resultan fotogénicas.

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La ciudad es, sencillamente, perfecta.

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El centro de la ciudad está dominado por las Marketplatz, la GroteMarkt (Plaza Mayor) y el Belfort. Mercados navideños, puestos de comida y cervecerías llenaban las calle, pero pese a su carácter turístico y que era navidad, no nos pareció una ciudad agobiada de gente.

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El último día del viaje era para Bruselas, ciudad desde la que volaríamos de regreso. Le dedicamos el tiempo mínimo, y no me arrepiento, pues me gustó tan poco como esperaba. Exceptuando la Grande Place, Bruselas resulta una ciudad de funcionarios gris y sosa, con algunos contrapuntos ordinarios, haciendo un contraste de difícil digestión. Nada parece auténtico en ella, salvo las chocolaterías, así que nos decantamos por recorrer las tiendas más céntricas y todos sus mitos: Tintín, chocolate, papatas fritas y Manneken Pis, la figura que resume perfectamente lo que pienso de la ciudad.

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Y sí, el espectáculo de sonido y luces de la Grande Place es bonito, pero ya.

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Y vamos a ser sinceros, hacía frío. Viajar en invierno acorta las horas aprovechables, hay menos luz y toca organizarse mejor el tiempo. Además, los horarios europeos suelen cerrarlo todo a media tarde, por lo que quedan horas por delante con las que no sabes qué hacer. Pero teníamos un plan: cerveza, chocolate y comer. Disfrutamos de la sopa del día que ofrecían los restaurantes a mediodía, de cada chocolate caliente, infusión o crêpe, de las cervezas, las patatas fritas… y de una nueva afición, que sólo se nos ha dado en este viaje: los escaparates. Nunca habíamos visitado un lugar donde los escaparates estuvieran tan cuidados, merecían detenerse ante ellos y disfrutarlos como pequeñas obras de arte.

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Y será por eso que el Karma me castigó, y tras dormir en el aeropuerto por la imposibilidad de llegar a punto por la mañana (no había transporte público a la hora que necesitábamos), perdimos el avión. Oh, sí. Yo, que soy tan ordenada y maniática con los papeles, me confundí con la hora de embarque y cuando llegábamos a mostrador acababan de cerrar las puertas… No me lo podía creer. Así, tal cual. Nuestro vuelo barato (20 euros!) y la noche durmiendo sobre la maleta no habían servido de nada. Así que tras peregrinar por el mostrador de Ryanair la única solución era comprar billetes nuevos, a otro destino, y caros. Y así fue como, la tarde de Reyes llegábamos a Madrid, en lugar de a Barcelona y volvíamos en Ave a casa, tras haber dinamitado nuestro presupuesto. Consejo viajero: hay que llevar siempre una tarjeta con dinero, para imprevistos y emergencias… Aún así, el viaje nos dejó muy buen sabor de boca, tanto que queremos volver (en verano) y ampliar la visita a otras ciudades, como Lovaina o Amberes. Ya os lo contaremos.

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Día de Muertos en México

Aunque no fue algo planeado, tuvimos la suerte de pasar el día de muertos en México y en compañía de mexicanos (gracias de nuevo, couchsurfing) por lo que aprovechamos para acercarnos a una tradición que tiene unas raíces bien profundas, que ha bebido de un conjunto de culturas muy dispares, pero que siempre ha permanecido, y de la que nos ha llegado una visión a España  como algo casi folclórico, mal explicado y mal entendido. Está muy (pero que muy) lejos del verdadero significado de la celebración. Por cierto, allí es el día 2 de noviembre y  esta festividad está declarada como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Ya desde el principio entramos a algunos cementerios en los pueblos que visitábamos, teníamos curiosidad por verlos. Y nos llamaron la atención dos cosas: la primera, su colorido. Lejos del mármol blanco, negro o gris que se ve en Europa, allí los materiales son mucho más sencillos, pero pintados y ornamentados hasta resultar extraños en un entorno semejante. Y la segunda, las tumbas de los niños. Demasiado abundantes, demasiado recientes. Muchas de ellas eran auténticas réplicas de sus dormitorios en vida, donde reposaban todos sus juguetes. Era algo que impresionaba, helaba la sangre.

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El Día de Muertos es una celebración que se celebra el 2 de noviembre, aunque llega a comenzar, según lugares, la noche del día 28 de octubre. Su origen es milenario, pues las civilizaciones prehispánicas (como la mexica o la maya, entre otras) ya conservaban cráneos y hacían rituales simbólicos entre la vida y la muerte. Para ellos la muerte no tenía las connotaciones morales de la religión católica, y sus ideas de infierno y paraíso, sino que era una etapa más de la vida, algo mucho más natural y menos traumático que para nosotros. Existía un ente inmortal que da conciencia al ser humano, y que continúa su labor después de la muerte de éste. Es por ello que los entierros eran acompañados de ofrendas con objetos que el muerto había usado en vida, y que iba a necesitar en su tránsito al inframundo (esto también ocurre en otras civilizaciones orientales antiguas, como la Egipcia); por eso las tumbas prehispánicas presentan tanta variedad de objetos depositados (joyas, armas, alimentos, instrumentos musicales, etc). Nuestra muerte para ellos era, simplemente, una etapa más de un largo viaje que quedaba por hacer.

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Así, cuando lo españoles “evangelizan” a los pueblos nativos imponen la nueva fe, pero adaptándola a las costumbres locales (o a la inversa, quién sabe), lo que da lugar a sincretismos como éste. Una celebración de muertos que coincide en fecha con Todos los Santos, pero que nada tiene que ver con la celebración católica. En México el mundo de los muertos es muy complicado, aunque se puede sintetizar en que el espíritu de los difuntos regresa del mundo de los muertos para convivir con sus familiares durante un día, consolándolos y confortándolos, y por ello los familiares comen en los cementerios (la comida favorita del difunto), le llevan música y pasan el día junto a él. Para el difunto es un momento de reposo en su viaje, se relaja escuchando la música que le gusta y absorbe la energía de las ofrendas que han sido depositadas en su tumba, para continuar durante un año más.

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Pese a los músicos y los mariachis tocando canciones de tumba en tumba, vendiéndose al mejor postor o acudiendo a cualquier señal como quien llama a un taxi, vendedores de flores o limpiadores de nichos presentes por todas partes, el ambiente era solemne. No era triste, pero sí melancólico. No era irreverente, se mantenía siempre respetuoso. Al fin y al cabo no era una fiesta, sino un momento para pasar con quienes ya no estaban.

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Pero la celebración es mucho más que eso. Es todo un lenguaje iconográfico, resultado de tantos pueblos y culturas que han formado el actual México, que representa todas las ofrendas a los muertos, y que se resume básicamente en dos representaciones: los altares y las propias tumbas. Las tumbas y mausoleos, como en nuestra vieja Europa, marcan diferencias entre aquellos que tienen quien les siga recordando y los que no, los que tenían poder económico y los más sencillos, los que pudieron prever su momento y aquellos que se encontraron con la muerte sin esperarlo. Como en la siguiente foto, un instante que captamos sin darnos cuenta al querer capturar, precisamente, esas diferencias. Dos sepulturas en el suelo, de tierra, rodeadas de mausoleos coloridos. Luego descubrimos la situación. Entre las tumbas un niño, solo, pasaba la mañana mientras compartía su refresco de cola. Algo volvió a hacernos sentir de nuevo un frío interior.

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Y el segundo elemento, los altares. Nuestro primer contacto con la celebración como espectáculo fue en Ocosingo, donde nos encontramos de lleno con el día de Todos los Santos como una fiesta popular, extendida a toda la sociedad, que ha salido de los cementerios y llena las calles y plazas de todas las localidades del país, repitiéndose los concursos de altares y catrinas, jugando con la muerte como lo que es, una parte más de la vida. Así, cada grupo o colectivo se esmera por levantar el mejor altar, con las influencias de cada región y cada tribu de México, con elementos de la naturaleza y, por supuesto, la simbología introducida por el cristianismo, lo que hace de ellos auténticas obras de arte eclécticas y efímeras. Y cada elemento que los componen tiene su propio significado: siete pisos, los niveles del inframundo que debe atravesar el alma para poder descansar, cada cual con sus propias ofrendas: en lo más alto la foto del santo al que está dedicado, sal, pan de muerto, agua, fruta, dulces, copal, incienso, flores, papel de colores picado, velas encendidas para las almas, fotos de los difuntos, y en contacto con el suelo una cruz hecha con frutas, semillas o pétalos de flores. Un sinfín  de ofrendas que, aunque se siguen realizando a pequeña escala en muchas casas, hoy se ha convertido en un espectáculo público y concursos en los que compiten asociaciones, universidades, parroquias o cualquier agrupación imaginable.

 

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Para este momento tan especial hay, por supuesto, un personaje icónico: la  Catrina, un esqueleto femenino ataviado al estilo occidental, con sombrero afrancesado  y joyas. Aunque es de creación muy reciente, pues apareció a mediados del S. XIX en un grabado de José Guadalupe Posada, se ha extendido por todo el territorio hasta formar parte del ritual de la celebración. Fue popularizada por Diego Rivera tras pintarla en un mural, “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, denominándola “Catrina”, en referencia al término catrín, hombre elegante y bien vestido y tenía en origen un carácter de crítica social, pues quería retratar las miserias y la hipocresía de la clase política y de la alta sociedad del momento. Muertos de hambre queriendo ser europeos, hoy es la muerte hecha espectáculo en una sociedad de consumo que mercadea con todo.

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Esta es la parte que nosotros vivimos. También nos contaron que al llegar la noche gran parte del sentimiento familiar y del recogimiento que habíamos visto durante la jornada desaparecía y que, ahora sí, quedaban los grupos con más ganas de festejar la noche de los muertos. Por norma, ya sólo suelen estar los hombres, el alcohol corre con más abundancia que hasta entonces y la gente se aleja de la zona de tumbas (siempre hay excepciones) para continuar con una auténtica fiesta. Pero esto ya no llegamos a verlo. Quizás en la próxima ocasión.

Bécherel, Ciudad del Libro

Bécherel es un pueblecito ubicado en lo alto del valle del río Rance, en una situación idílica. Además de conservar en muy buen  estado su patrimonio, lo que le vale el título de “Petite Cité de Caractère”,  nos interesaba su nombramiento como “Ciudad del Libro”, siendo la primera localidad de Francia y la tercera de Europa en recibir esta distinción. Y aunque habíamos oído hablar de ellas, no habíamos visitado ninguna.

 

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¿Qué son las “ciudades del libro”? Pues un fantástico proyecto que aúna y distingue pequeñas localidades, con un patrimonio y entorno notables, y muy vinculadas a la cultura (lo que tiene mérito tratándose del mundo rural) que albergan talleres de artistas, actividades culturales y librerías, éstas especializadas en segunda mano y materiales poco frecuentes. Muchas de las localidades, aunque no todas, están reunidas en la International Asotiation of Book Towns; y por si no lo sabías, en España contamos con un pueblo en la lista: Ureña, en la provincia de Valladolid.

Así que como era la primera localidad de esta distinción que visitábamos, nos acercamos con mucha curiosidad, un domingo soleado.

 

 

 

Pese a los restos de la fortaleza y algunas casas notables, Bécherel se presenta modesta, en una región llena de patrimonio como es la Bretaña, pero resultaba agradable para pasearla. Cuando llegamos, sobre las 11.30 de la mañana (en Francia, ojo) estaban abriendo algunos comercios y montando los puestos… Y eso que era el primer domingo del mes, dia en el que celebran feria del libro. La tranquilidad y el silencio nos acompañaron durante toda la mañana. No había aún excesivo público, y las actividades anunciadas daban comienzo a partir de las 14:00 horas. Es decir, aquí, por la tarde.

 

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Ciertamente, es una ciudad para los amantes de los libros y las librerias con historia, en la que pasar horas buscando esa edición perdida, esa joya olvidada o cualquier pieza inesperada que pueda acabar en tus manos, aunque los precios no son baratos. También si te gusta el mundo del cómic, toda una religión en Francia, podrás encontrar miles de ellos, de todos los tipos, edades y precios. Pero en un país donde los mercados de libros de segunda mano se ponen a diario en la calle, los precios de las librerias eran sospechosamente parecidos en todas.

 

 

Por supuesto, nadie encontrará ese libro mágico y fantástico que todo bibliófilo sueña: salvo error catastrófico, no llegan a los escaparates y vitrinas de las tiendas. Eso sí, nunca habíamos visto a un librero atender su negocio con una copa de vino o champagne en la mano, o que te dejasen pasear con tranquilidad por todo el local, mientras debatían de las últimas tendencias del teatro parisino en su café interior… Podría decirse que no están ahí para vender, sino para dejarte disfrutar del paseo, de ojear libros, revistas, comics y planos, desde los más recientes a algunas cosas (no muchas) de finales del S.XIX. Y siempre con una sonrisa, un “Bonjour” o, como ya hemos dicho, una copa de champagne. Igual es eso…

 

 

Aunque no compramos nada (raro en nosotros) nos gustó el ambiente y comprobar que hay más formas de dar vida al mundo rural, sin usar la vía turística estandarizada y sobreexplotada, sino apostando por la cultura y negocios sostenibles, dando un carácter propio a localidades anónimas que apuestan, en los tiempos que corren, por el papel. Una referencia a tener en cuenta y con la que reflexionar.