Recorriendo el Yucatán: de Cobá y Ek-Balam a Izamal

Como os contábamos aquí, pasamos una semana alojados en Valladolid, porque nos servía como base para visitar las zonas arqueológicas que nos interesaban: Chichén Itzá (ya contamos nuestra desilusión) la maravillosa Cobá y Ek-Balam, que nos sirvieron para quitarnos el mal sabor de boca tras la primera, y acercarnos de verdad a la arqueología y cultura mayas.

Así que para ver Cobá aquel día madrugamos, para levantarnos de noche y tomar un carro hasta el pueblo, y de allí, un paseo hasta la zona arqueológica a primera hora de la mañana, cuando apenas había salido el sol y todavía no hacía calor. Desde la entrada hay apenas 2km de camino por la selva hasta la ciudad, pero todo el mundo te recomienda que contrates, por unos euros, el servicio de una bici-carro y que te lleven hasta la zona arqueológica. Sinceramente, además de una estupidez, es humillante. Es ese tipo de actitudes que detestamos en el turismo, el servilismo de quien acoge y el todo vale de quien visita. Sobra decir que no lo contratamos, y que os pedimos por favor que no lo hagáis vosotros. Ni eso, ni los servicios de muchos niños que hay a las puertas de las zonas arqueológicas ofreciéndose como guías y acompañantes. A nuestra negativa siempre acompañaba la pregunta “¿no tienes cole hoy?” y se acababa tanta amabilidad en un momento. Es increíble que el INAH permita algo así.

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La entrada a la zona de Cobá es un regalo que no hay que perderse

Pero volvemos a Cobá. Su encanto es, precisamente,  estar en medio de la selva y no haber sido excavada en su totalidad, por lo que aún se aprecian muchas construcciones bajo la vegetación cuando paseas por los senderos mayas, los viales de comunicación entre los diferentes puntos de la ciudad, bajo la sombra de la selva, aunque la humedad sigue resultando insoportable.

Cobá es más relajada que Chichén Itzá (bueno, en realidad, todas lo son en comparación con ella), hay menos gente y menos restricciones, y por fin podemos subir a lo alto de una pirámide. La ascensión es un reto, no por lo alto de los escalones, ni por lo empinado de su pendiente, sino por la humedad. Cuesta respirar y nunca tengo la sensación de llenar los pulmones de aire, por lo que toca tomárselo con calma, ayudarse de la soga e ir poco a poco. Pero al llegar arriba compruebas que ha merecido la pena. La selva, que se extiende hasta donde alcanza la vista, no te deja ver la cuidad que acabas de visitar.

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Desde abajo te da pereza, pero desde arriba da miedo.

Nos sentamos e inauguramos lo que será una tradición en todas las pirámides que visitemos: almorzar en lo alto. Mientras los demás suben y bajan con prisa, dedicando el tiempo justo de hacerse una foto, nosotros disfrutamos de las vistas, del ambiente, y cuando se puede, del sobrecogedor silencio de la selva.

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Nuestra nueva afición: pasar el rato en lo alto de las pirámides.

Pero la ciudad de Cobá es mucho más que su pirámide… es un bien conservado juego de la pelota, zona sacra y otros restos interesantes por los que perderse.

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Zona Aqueológica de Cobá.

Al salir todavía nos quedaba tiempo para el viaje de vuelta, así que comimos nuestro primer pollo al estilo maya y paseamos por el humedal de la ciudad nueva.

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El exterior de Cobá también merece un rato

La última zona arqueológica que visitaríamos esa semana desde Valladolid fue Ek-Balam. Aunque no resultó tan fácil encontrar transporte puesto que no hay bus regular hasta el pueblo más cercano, sino una mini-van que te lleva hasta el yacimiento. Además, volvemos a pagar una entrada que consideramos excesiva, y nos empezamos a mosquear, por lo que decidimos, a partir de entonces, seleccionar mejor lo que visitaremos y lo que no, especialmente mientras sigamos en Yucatán.

En un primer momento la zona resulta mal señalizada y con escasa información, que no describe más que obviedades y conjeturas, pero merece la pena. Es realmente diferente a muchas de las ciudades que visitaremos: su arco de entrada, las pirámides gemelas, la gran escalinata de la pirámide principal, los frisos… pocos lugares se nos mostraron tan completos, como libros abiertos de historia viva. Si tuviéramos que escoger una de las tres zonas nombradas, sería esta sin pensarlo.

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Arco de entrada en Ek-Balam
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Ek-Balam y sus pirámides gemelas

Y lo mejor, la acrópolis. Aunque en un primer momento, y vista desde abajo, la escalinata asusta, al empezar a subirla descubrimos, a media altura, que había arqueólogos trabajando en los frisos y las policromías, así que nos quedamos mirando, como bobos. Era la primera vez que vemos más que la piedra pelada, que suele ser lo habitual, y que pudimos ver parte del revoco y el estuco que decoraban los monumentos originalmente, con policromías vivas.

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Desde lo más alto de Ek-Balam apenas se ve nada
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Frisos decorativos en la gran pirámide de Ek-Balam

Al acabar la semana tenemos que pensar en cómo continuar el viaje. Por suerte, el alojamiento está resuelto gracias a Couchsurfing en Mérida, así que sólo tenemos que decidir cómo llegar hasta allí. Decidimos aprovechar y visitar de camino Izamal.

Izamal es un “pueblo mágico”, etiqueta que usan en México para señalar su pueblos más bonitos, famoso en este caso por su sencilla arquitectura colonial y por estar pintado todo en amarillo.

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Y a este color lo llamaremos “amarillo Izamal”

Se trata de un pequeño pueblo colonial, organizado en torno al gran monasterio que ocupa la parte principal de la localidad, donde se abre la plaza y se da la vida. De las pirámides que había en época anterior no queda prácticamente nada (sospechamos que la piedra se usaría para levantar el convento).

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Convento de Izamal

Por suerte, es día festivo, y hay feria y mercado lleno de puestos para comer tacos, por supuesto. Así que por unas horas nos mezclamos con la gente, comiendo en la calle, paseando por el mercado, visitando la feria…

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Callejeando y saboreando Izamal, pueblo mágico

… hasta que se hace la hora de coger de nuevo el autobús y llegar al siguiente destino, Mérida, donde nos esperará nuestra primera experiencia con CouchSurfing.

México, el inicio.

Tal día como ayer, hace exactamente un año, aterrizábamos en México con una mochila, poca ropa y muchas ganas. Era el principio de un viaje que no tenía el itinerario fijado, un viaje que sería más intenso y corto de lo que esperábamos, aunque eso, aquel día, todavía no lo sabíamos. Para mí era la primera vez en América, Quique ya había estado antes en Colombia, pero era nuestro primer viaje largo juntos, sin fecha ni billete de vuelta, sin la presión del calendario o del tiempo marcado de unas simples vacaciones. Y ninguno de los dos teníamos ya veinte años.

Pero volvamos al tema. Vamos a intentar contar, en los mismos días pero un año después, nuestro viaje mochilero por un país fascinante y lleno de vida. Seguiremos el recorrido que hicimos, siempre en transporte público, por las ciudades y pueblos que íbamos eligiendo en el mapa, y las zonas arqueológicas visitadas. No seremos pesados con los presupuestos ni las cifras, preferimos hablar de sensaciones, experiencias, de personas y lugares que se cruzaron en nuestro camino y que determinaron de una u otra forma cada decisión tomada, cada visita, cada recuerdo. Vamos a transcribir y poner imagen al diario que fuimos escribiendo durante aquellos meses.

Tras haberlo planeado durante mucho tiempo, y deseado durante años, cogimos un vuelo en Madrid que nos llevaría directos a Cancún, el aeropuerto americano con los vuelos más baratos desde España,y sin hacer escala, aunque no diremos con qué compañía porque no fue una buena experiencia, supongo que es lo que pasa cuando vuelas en líneas low-cost.

 

Habíamos planeado un par de días de playa y tranquilidad antes de empezar a movernos por la península del Yucatán, aprovechando que ya estábamos allí. Y sí, Cancún cumple todos los estereotipos que teníamos de ella: playas increíbles, de arena fina y blanca y aguas cristalinas, pero demasiado calurosas para poder disfrutarlas (la sensación dentro del agua es la de estar bañándote en un tazón de caldo) y mucho turismo de fiesta, todo el del mundo. Aunque eso nos daba igual, nosotros veníamos a disfrutar, a estar en la playa, a descarsar, tumbarnos bajo la sombrilla… y nos quemamos como no lo habíamos hecho en la vida. Nuestra crema solar factor 50 no le hizo ni cosquillas a semejante sol, a pesar de no exponernos directamente. Algo deberíamos haber sospechado cuando vimos a los locales con neoprenos en el agua, y lo confirmamos cuando vimos en el súper las cremas solares mexicanas, con factores rondando el 150. Eso sí, allí aprendimos que existen siete tonos diferentes de azul en el agua del Mar Caribe, ¿los veis?

 

El caso es que en el hostal donde dormíamos conocimos a Ricardo, un jovencito colombiano con el que hicimos migas en seguida, y que nos animó a probar con Couchsurfing. Él había hecho el recorrido que nosotros teníamos previsto hacer (Cancún-Valladolid-Mérida) pero a la inversa, por lo que nos atrevimos a mandar nuestras primeras solicitudes, animados por la recomendación. Una vez resuelto eso, nos centramos en lo que queríamos conocer de México: ruinas mayas y arquitectura colonial.

Valladolid sería nuestro primer destino. Llegamos con un bus de línea regular (sí, los usamos durante todo el viaje, de todas las categorías, y nunca pasó nada) y resultó ser lo que buscábamos: una pequeña y colorida ciudad colonial, que parecía fácil sobre el plano (de las oficinas de turismo mexicanas hablaremos otro día) pero que supuso nuestra primera batalla con las calles numeradas, las paralelas y las perpendiculares. El infierno urbanístico para alguien con tan escasa orientación como yo. Pero Valladolid sería, además, nuestra ciudad base para visitar las principales zonas arqueológicas de la zona: Chichén Itza, Cobá y Ek-Balam.

El primer día que pasamos en Valladolid lo dedicamos a pasear, pues la ciudad, llana en todas sus calles, se deja caminar, encantada de ser contemplada. Se sabe bonita y alegre, sobre todo en su plaza central, el zócalo, y es ciudad turística gracias a su cercanía a ddiferentes ruinas y cenotes, pero de turistas de paso. Pocos hacen noche aquí, por eso, a partir de media tarde, el ritmo se relaja todavía más.

El color. La ciudad sabe que es su gran baza, su punto diferencial, y que, por alguna razón, allí es más intenso, presente en cada fachada, en cada dirección en la que mires.

 

 

   Iglesia de estilo colonial.

 

Incluso tras la tormenta, los colores son lindos. Un chaparrón que nos dejó mojados, pero con una luz preciosa, mucho más de lo que captaba el objetivo de la cámara, a pesar de lo bien que se portaba nuestra pequeña Olympus. Por temas de logística llevábamos la cámara compacta, y no fue tan mal.

 

 

Pronto descubrimos dos imprescindibles en el día a día de la ciudad, casi convertidos en  objetos de culto: las bicicarros y los coches, que aquí llamaríamos clásicos, pero que allí siguen funcionando a la perfección.

 

 

La verdad es que nos costó muy poco dejarnos seducir por la vida del zócalo al caer la tarde, las marquesitas de Valladolid, la fruta helada, las artesanías de verdad, las casas con patio…

 

 

También el chile picante. Que ya sabíamos que existía, y que era frecuente en México, pero no imaginábamos que a semejante nivel: en todas las comidas, EN TODAS, los dulces y la fruta, en la cerveza e incluso en las palomitas de maíz, para ir acostumbrando a los más pequeños a su sabor. Hasta en el champú del pelo. Recuerdo el dia que pedí un helado de fruta y me preguntaron si quería chile… mi respuesta fue “¿por qué?”. Ha pasado un año, y sigo sin entenderlo… Eso sí, volvimos con un estómago a prueba de bombas, ja!

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