Lisboa, muito obrigados (II)

Lisboa está hecha para perderse por sus calles con un buen par de zapatillas y la cámara de fotos, y dejarse llevar. Para nosotros fue un viaje de sentimientos encontrados, tal vez las expectativas eran demasiado altas, tal vez hacía demasiado calor y había demasiada gente… Pero al volver a ver las fotos recordamos el encanto de sus detalles. No tenemos una sola deficinión: es decadente, pero tiene vida; es luminosa y sucia a la vez; es piedra gris y azulejo esmaltado, es comida tradicional y vegana; es un montón de lugares turísticos que decidimos no visitar, y otro montón de lugares desconocidos que nos fascinaron… Eso sí, es una de las ciudades más bonitas para hacer fotos que hemos encontrado, tiene una luz y un encanto especial.

 

Chiado y el Barrio Alto, con sus cuestas, os regalarán los mayores paseos, y las mejores vistas de la ciudad. Son los barrios más alternativos, los que aúnan tradición y modernidad, los que miran desde lo alto de las colinas a la ampliación moderna de la capital. Imprescindible es, al menos, ver un atardecer desde ellos.

 

Y, por supuesto, el centro. La Rua Augusta es la calle principal, la que entra a la Plaza del Comercio por el Arco del Triunfo. De día estará llena de turistas, pero por la noche es una maravilla.

 

Sólo os haremos dos sugerencias, dos descubrimientos que hicimos de casualidad y que resultaron ser lo mejor que encontramos. Fuera de casi todas las guías y planos. El Museo del Diseño y de la Moda (MUDE) que a pesar de su estrambótica fachada pasa desapercibido en la mismísima Rua Augusta, muy cerca del Arco de Triunfo,  y la tienda más bonita que hayamos visto nunca, A Vida Portuguesa.

La entrada al museo era gratuita, con seis plantas de exposiciones de lo más variado y variopinto, y la tienda es otro museo en sí, en el que las dependientas están más que acostumbradas a que la gente sólo entre a ver y hacer fotos, por lo que fueron amabilísimas (y casi se extrañaron)  cuando nos vieron comprar algo. Puedes estar horas en ambos lugares, disfrutando, sin que nadie te moleste en absoluto.

 

 

Y no. No visitamos los Jerónimos (casi dos horas de fila) ni compramos pastelitos en la pastelería de Belem (otra buena espera). Tampoco recomendaríamos ir a Sintra, ni pagar por entrar en la Torre de Belem, el interior, para nosotros, no merece la pena. Pero sí que la merece ir hasta Belem, sentarse cuando cae la tarde y desaparecen los turistas y novios que se hacen fotos por allí, y ver atardecer desde este lado del mundo, hacia el inmenso océano Atlántico, con la presencia del monumento a los descubridores del nuevo mundo.

 

Con el vértigo que supone asomarse a lo desconocido, atreverse a ir hasta los confines del mundo, soñar con qué puede haber más allá del horizonte… Tal vez ese dia empezamos a soñar con Latinoamérica, pero esa es otra historia.

Lisboa, muito obrigados (I)

Cuando un viajero se enfrenta a ciudades conocidísimas, capitales “que hay que visitar” y lugares “que no te debes perder” tiene dos opciones, o sigue la guía de imperdibles a rajatabla, o se relaja y, pasando de todo, intenta disfrutar del lugar, conocerlo a fondo, salirse de lo establecido. Y así nos lo planteamos con Lisboa, la capital europea más decandente y encantadora. La capital de ese país vecino e injustamente ignorado, Portugal.

Un vuelo barato desde Barcelona, en septiembre de 2014, y un sencillo hotel en un barrio normal, fuera de las aglomeraciones y de lo turístico, fueron una buena elección: estábamos a 20 minutos de paseo del centro,  desayunando en un bar de barrio, de los de toda la vida, donde se conocen los parroquianos. Además, tenían los mejores pastelitos de Belem que probamos, y por mucho menos que en las pastelerías. Y el café.. ummm el café… Nos encanta, y en Portugal saben cómo hacerlo. La verdad es que comimos bastante bien, y no teníamos que buscar mucho para encontrar precios ajustados. Cascos de batata, Bacalao a bras, pescado y marisco, buena repostería… Unos platos que, vistas las imágenes al tiempo, seguimos sin creernos que entraran en nuestro presupuesto.

 

Por algún motivo, siempre que te sentabas en una mesa sabías que ibas a comer bien, y así era. Tal vez fuese la confianza que te dan los lisboetas, gente tranquila, sencilla, noble. Amables con el visitante, pese a que el centro estaba atestado de gente aquella semana, nadie tenía una mala cara o mal gesto. Les gusta su ciudad, se sienten orgullosos de ella, y les encanta que la visiten. Y con razón.

 

Si hay algo que marque la vida de la ciudad, es el tranvía. El más conocido es el 28, por hacer un buen recorrido turístico por los barrios más altos (Lisboa, como Roma, se levanta sobre diferentes colinas) y algunos de los lugares más visitados. Siempre es una buena idea subirse, y eso mismo piensan todos los turistas que hacen largas colas cada día para subir a un tranvía lleno y hacer fotos borrosas. Si quieres un consejo, coge el último tranvía del día, poco antes de las 22.00h. Irás prácticamente solo, la ciudad de noche es preciosa, y disfrutarás del trayecto (2,85 euros).

 

Lisboa es decadente, si. Pero muy fotogénica. Es una belleza triste y serena. Mil detalles en los que deleitarse con la cámara. Y sus azulejos… Nunca te habías percatado de su discreta belleza, hasta que vas a Lisboa, y aprecias el trabajo que conllevan, las técnicas, el hacerlos uno a uno…

 

Lisboa suele estar abarrotada de gente, pero, por fortuna, sigue teniendo millones de rincones por los que poder escaparte y disfrutar de ella casi en solitario. Habrá segunda parte.