Oaxaca, un sueño alcanzado

Nos espera otra ciudad con apellido: Oaxaca de Juarez.

Más conocida como Guajaca, es la parada a la que nos conducen algo más de diez horas de autobús nocturno, sorteando la Sierra Atravesada y la Sierra Madre del Sur, por lo que, como podéis imaginar, curvas no nos faltaron en todo el trayecto. Fue una noche dura, pero que nos permitió despertar a unos pocos kilómetros de la ciudad, notando que el paisaje había cambiado por completo: cactus gigantescos, desierto puro… Esto se parecía más al México que habíamos visto en las películas.

paisaje Oaxaca
México en estado puro.

Esta etapa nos suponía un gran desvío hacia el oeste, atravesando por el centro el istmo de Tehuantepec, pero era la única visita obligada para Quique en todo el recorrido por México. Aunque ahora ya sabemos que no es garantía de (casi) nada, Oaxaca está considerada Ciudad Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y la recomendación de un profesor muy particular de la Universidad de Zaragoza, enamorado de ella, es lo que la convirtió en parada obligatoria. No nos defraudó ni un solo segundo, desde que pusimos los pies en ella.

calle de Oaxaca
Oaxaca, ciudad de luz y color.

También teníamos en esta ocasión un hoster de Couchsurfing, y si en Tuxla Gutiérrez habíamos tenido muchísima suerte al encontrar a Rogelio, ya no sabemos qué palabras utilizar para describir lo que fue para nosotros Omar. Se escapó de su trabajo para recogernos en la estación, nos acercó al centro mientras nos explicaba a toda velocidad los cuatro puntos básicos para pasar esa mañana,  nos dejó en un puesto para que desayunásemos y se llevó nuestras maletas en su coche, para que nos moviésemos con total libertad. Ojipláticos no quedamos, al tiempo que veíamos cómo nos preparaban un desayuno increíble, mientras nuestras maletas se iban con un tipo al que acabábamos de conocer hacía apenas tres minutos, en el que depositábamos toda nuestra confianza… y en el que la volveríamos a depositar una y mil veces. Qué ejemplos nos daba en cada palabra y en cada gesto, durante la semana que pasamos junto a él.

Esa primera mañana la pasamos paseando por el centro, hasta la hora de comer, y ya para Gemma pasó a ser una de las ciudades más bellas en las que había estado nunca. Oaxaca tiene algo especial que atrae y enamora desde que pones sus ojos en cualquiera de sus espacios. Está hecha, pensada y mantenida para ser vivida y disfrutada por sus habitantes, en la que las prisas y el estrés se quedan más allá de los extrarradios. Iglesias, Centros Cívicos, Culturales, bibliotecas, calles peatonales, puestos de artesanías, cafeterías, galerías de arte, mercados… Todo en edificios coloniales, abiertos al público, al paseante, espectaculares, y, lo más importante, hechos y pensados para ser vividos y disfrutados por los habitantes de la ciudad. Todo, absolutamente todo, tiene vida.

patrimonio de Oaxaca
Edificios destacados en Oaxaca.

 

Seguimos paseando y, sin darnos cuenta, llegamos al Zócalo, la plaza principal de la ciudad. Ahí está la catedral, la más barroca que hemos visto hasta el momento, según dicen los lugareños, una de las más bellas del país, y un coqueto kiosco para la música. Nos colamos en el antiguo Convento de Santa Catalina, reconvertido hoy en hotel de lujo, pero con zonas abiertas al público.

Se ha hecho ya la hora de comer, y Omar se une a nosotros. Ha ido a buscar a su hija al cole, y nos lleva al recién remodelado mercado. Nos va a enseñar cómo movernos por ahí: entramos por el pasillo de las carnes, donde selecciona las que le parecen más apetecibles y jugosas. Aquí coge tortillas, allá negocia el precio de los nopales y cebollas tiernas, regatea porque sólo queremos media ración de chapulines. Sigue avanzando hasta un puesto en el que dos señoras dispensan las bebidas, pero ellas son las propietarias de las mesas y, sobre todo, de los fogones, así que ahí se entrega todo, y en menos de cinco minutos, está todo asado y en nuestra mesa, degustando una suculenta barbacoa completa. De nuevo, ojipláticos, pero llenando nuestros estómagos, y por unos precios fuera de toda competencia. Esto nos vino muy bien para el resto del viaje.

mercado Oaxaca
Comiendo en el mercado.

Por cierto, los chapulines son muy crujientes, pero sólo saben a sal y limón… Como anécdota están bien, pero tampoco son un manjar por el que haya que cruzar el océano…

Nos despedimos de nuevo de Omar. Salimos a la calle, y nos volvemos a tropezar con la ingente vida cultural de la ciudad: cada portal alberga un museo diferente, sorprendente, con una calidad y de un nivel como no habíamos visto casi en ninguna ciudad europea. Entramos en anticuarios, librerías de libro viejo y antiguo, colecciones particulares de antigüedades, pero con una musealización exquisita, exposiciones de periodismo gráfico de la última mitad del S. XX con caricaturas de Rogelio Naranjo… Todo esto y sólo llevamos un rato aquí!!!

 

Ya de noche, Omar nos hace una nueva propuesta: nos lleva a un teatro increíble en el que se proyecta, dentro de un ciclo de cine sobre cuestiones indígenas, “El abrazo de la serpiente“, una película colombiana, considerada de bajo presupuesto y que llegó a estar nominada a los Óscar. Todo es espectacular: el lugar, la película, el ambiente… Nada nos dejó indiferentes.

Comenzamos a estar cansados, así que, en otro puesto callejero, cogemos unas tlayudas, otra variante culinaria que no conocíamos, y nos vamos para casa. Pero como no paramos de hablar sobre cuestiones sociales, políticas y económicas, al llegar aún nos da tiempo para ver un documental sobre el conflicto en el sistema educativo mexicano, pues era algo que se dejaba ver en las calles pero sobre lo que no habíamos conseguido apenas información. Y no hay que olvidar que Oaxaca es uno de los centros más potentes de todo México en el aspecto universitario.

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Artesanía (alebrijes) y arte urbano.

El segundo día lo dedicamos a una de las zonas arqueológicas más importantes de la zona: Monte Albán. Omar, otra vez, nos acerca a los colectivos que llevan hasta el sitio arqueológico, puesto que aunque sólo está a diez minutos de la ciudad, no hay ningún transporte público que llegue hasta allí. Notamos que el clima también ha cambiado: hace calor y el sol es fuerte, pero la humedad ha bajado considerablemente respecto a lo que teníamos estos días atrás. La ciudad prehispánica está en un lugar elevado, lo que nos da una buena vista de la ciudad moderna, y permite una buena observación de la disposición de la ciudad antigua, aunque está muy restringido el movimiento por dentro de ella. El Museo de la Zona tampoco es mucho más que un pequeño almacén de los restos hallados y que no han tenido el valor suficiente para ser llevados a los grandes museos, así que nos vamos un poco decepcionados. Lo poco que sacamos en claro: ya no estamos en zona maya. Esto es reino zapoteca y, al norte, en la sierra, los mixes nunca fueron conquistados.

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Monte Albán.

Volvemos a la ciudad moderna, son más de las 15:00, así que el mercado es nuestra salvación para comer algo y, de nuevo, tarde de museos: el Rufino Tamayo, otra colección particular, es la gran joya de hoy, con una musealización digna de estudio. Para nosotros, uno de los mejores en cuanto a contenido y diseño que hemos visitado nunca.

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Museo Rufino Tamayo.

Salimos ya de noche y nos espera Omar para dar un paseo nocturno. Nos lleva a un mirador para ver la ciudad desde lo alto, de noche; al cerro donde celebran la Guelaguetza, y, para terminar, nos vamos a un pueblecito cercano, para degustar la auténtica gastronomía de la zona: tlayudas y huaraches, una especie de tacos pero de tamaño gigantesco. De hecho, un huarache es una sandalia, así que viene a ser  como “un taco del tamaño de un zapato”. Todo un lujo. Volvemos hablando de literatura mexicana y de la tradición del día de muertos y eso nos lleva a terminar la jornada viendo “Macario“, una película de cine mexicana en blanco y negro de 1960. Esto empieza ya a ser cosa de freaks

Al día siguiente volvemos a nuestras andanzas aventureras por querer evitar los tours turísticos organizados. El objetivo es llegar a Hierve el Agua,  y todos los caminos nos conducen a las agencias. Pero estamos empeñados en evitarlas, pues la ruta obliga a visitar varios enclaves más que no nos interesan (fábricas mezcaleras y de ponchos, entre otros), así que nos lanzamos, de nuevo, a la lucha. Descubrimos que hay un lugar desde el que salen busetas hasta allí: Mitla. Y para llegar a Mitla, podemos coger un bus de 2ª en la estación, así que nos disponemos a ello. Pero eso supone lidiar con los horarios relajados de esos autobuses: pueden llegar con un retraso considerable y no salir hasta que estimen que la cantidad de viajeros es suficiente. A pesar de haber salido pronto, llegamos a nuestro primer destino a las 12:30. Donde descarga el autobús están esperando los todoterreno que parten hacia Hierve el Agua. Nos ofrecen billetes por 55 pesos cada uno, a los que decimos que no. Preguntamos a los taxis que hay un poco más adelante y nos dicen que no hacen ese recorrido. Al volver, el mismo conductor nos baja el precio a 40 pesos por los dos, así que nos montamos. El recorrido es espectacular, y entendemos por qué no lo hacen los taxis normales: sólo apto para 4×4. Toda la sierra a nuestros pies, por terracería (camino sin asfaltar), pasando de lo más árido a un denso bosque de pino. Al llegar a la cima, nos encontramos con una carretera asfaltada, pero por la que sólo acceden los tours guiados. Una localidad intermedia se quejó de no obtener beneficio de Hierve el Agua, por lo que decidió poner de manera unilateral un peaje en el acceso asfaltado, y por eso por un lado van los viajes de un nivel, y, desde Mitla, van los de otro.

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La “carretera” de la disputa.

Aunque esta zona era usada desde época prehispánica, estuvo casi en el olvido hasta 1925 y se puso de moda a finales de 1990, con un anuncio de la cerveza Corona. Hoy ya se pueden apreciar las construcciones típicas de un monumento natural en puertas de sobreexplotación, aunque eso no le quita su encanto ni su belleza. Eso sí, como la mayoría de la gente va con los tours, disponen de poco tiempo para disfrutar de ellas. Siéntate, deja pasar el tiempo y varias oleadas de turistas, recórrelas enteras… Las cascadas pétreas son varias, y tienen varios puntos de vista desde los que observarlas. No tengas prisa, y disfruta de todos ellos, de los borbotones del agua sulfurosa, del calor del suelo…

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Hierve el Agua.

De regreso, nuevo slalom montañoso y en la ciudad, otro evento cultural: recital musical en la capilla de San Pablo, organizado por el mecenas de turno, que ha pagado la composición y ahora regala a la ciudad la partitura. Cosas de millonarios.

Nos vamos a cenar a un restaurante, La Garnachería, especializado en cocina del istmo. El camino para llegar es laberíntico, pero, por fortuna, tiene página de facebook, y, desde aquella noche, somos sus seguidores.

Esta va a ser nuestra despedida de Omar. Él nos ha abierto el concepto de lo que es ser hoster, lo que significa acompañar a alguien aunque no estés las 24 horas del día a su lado, darle confianza aunque no hayas tenido tiempo de demostrársela, ser el compañero que se necesita en cada instante aunque casi ni te hayas presentado, querer a tu ciudad para que el que viene a conocerla se enamore al primer instante…

Y, además, nos encaminó hacia nuestra siguiente parada: antes de llegar a la costa, conocer lo que es la altura y el frío de la sierra, haciendo escala en San José del Pacífico, a 2.500 metros de altura. Fue famosa hace unas décadas por la abundancia de hongos alucinógenos en sus bosques, hoy es lugar de rutas senderistas, BTT y ornitólogos.

Pero esa ya es otra historia.

 

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Economía social aplicada a los viajes

Si has llegado hasta este post pensando que viajar usando la “economía social” es alquilar un piso en Airbnb, hacer una visita guiada pirata con “voluntarios locales” o pillar un taxi de Uber, sentimos decirte que no, nada de eso encaja aquí. El turismo o viaje alternativo no es ilegal, sino todo lo contrario.

Porque como bien dicen nuestros queridos Econoplastas: “Economía eres tú”. Y la gente es, sin duda, el mejor valor añadido de cualquier lugar. Porque ya no queremos sólo viajes, sino que buscamos experiencias. Quieres conocer de verdad el lugar al que vas. Tienes curiosidad por su modo de vida, religión o cultura. Quieres ver una fiesta o evento, disfrutar de su patrimonio e historia. Probar su gastronomía y bebidas, únicas por la tierra que las produce y los vientos que las mecen. Pero, sobre todo, quieres sentirte uno más, que no te traten como a cualquier turista, que no te engañen, que te dejen adentrarte y formar parte de su sociedad. Si has hecho turismo y ya estás en este punto, amigo, eres un viajero. No se trata de una relación comercial, con dinero de por medio a cambio de un servicio, es un intercambio de valores entre personas que desean conocerse para comprender el mundo que comparten. Te ha picado el “bicho”.

En realidad, es una evolución que se hace poco a poco, un pequeño cambio en cada viaje, desde el circuito tradicional organizado, que te sabe a poco y no sabes por qué, hasta acabar con una mochila durmiendo en cualquier lugar que antes te habría parecido inimaginable, hay un proceso de curiosidad y humanismo que te hace alejarte de hoteles y muchedumbres para cercarte a sensaciones, olores y sabores.

El mejor lugar para tomar el pulso a un lugar son sus mercados. Y no nos referimos a esos mercados que han acabado siendo una caricatura de sí mismos, por venderse al turista pagando el precio de la personalidad, como la Boquería de Barcelona, el Naschmarkt de Viena o el mercado da Ribeira lisboeta. Nos referimos a los mercados a los que van a comprar los vecinos del barrio, las ancianas con sus carritos, donde venden otros vecinos, productores, venidos de los pueblos cercanos. Donde los precios son normales y el trato excepcional, y no al contrario.

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El productor local. El que muchas veces no sabe de redes sociales, ni marketing on-line ni nada más que no sea su trabajo, su producto, la materia prima y otro tipo de consumo. Es el que resume una historia para que tú te lo lleves a la boca, tal y como lo cuenta nuestra amiga Eli en su blog Tentaciones en la mesa. Su mérito es convertir un estilo de vida, una zona o cultura en algo material, un producto tangible. Algo que cuando lo saborees te evocará, siempre, ese lugar.

El transporte. Nosotros somos muy fans del tren, e intentamos usar cada vez menos el avión, por ecología y por salud mental. El avión tiene un gran inconveniente: los aeropuertos. Horarios, retrasos, embarques, pérdidas de equipaje, medidas de seguridad absurdas… un tormento que te puede amargar el viaje. Pero el tren no. Te puedes mover por Europa en tren, económicamente si sabes buscar ofertas y descuentos. Las estaciones no están a decenas de km de las ciudades, sino que normalmente puedes parar en el centro de las mismas. Te puedes mover por pueblos pequeños y conocer otros lugares, más allá de las grandes ciudades, incluso puedes hacer rutas por capitales/países cercanos, como hicimos nosotros en Viena y Bratislava, en Madrid y Alcalá de Henares o recorriendo la isla de Cerdeña. Además, la gente no está tan estresada y paranoica como los viajeros del avión, por lo que es mucho más fácil hablar con ellos.

Compartir coche es otra opción. Conocido es BlablaCar, aunque tiene sus ventajas y desventajas: pierdes mucho tiempo contactando con la gente, deben quedar muy claras las normas durante el viaje, el punto de recogida y llegada, etc. El autostop, que en España está tan mal visto, es muy habitual en otros países europeos, sobre todo en las ciudades con estudiantes los viernes y domingos. Aunque lo que te ahorras en el viaje lo inviertes en tiempo, eso sí.

Si aún así quieres ir más allá, el Camino de Santiago es el ejemplo paradigmático de que con tus pies puedes llegar a cualquier lugar. A partir de ahí, pagar por moverte es decisión tuya. La bicicleta es otra opción, para ir más rápido y no cargar el peso en la espalda, como hicieron Adrián y Ana para recorrer todo el continente americano, donde nos conocimos. Una experiencia que cuentan en su blog, Viajando a full.

Crea tu propia ruta. ¿Volar a la otra punta del mundo para hacer lo mismo que en casa: ir de compras, tomar el sol o comer paella? ¿En serio? Somos tan defensores de irte a Australia a conocer aborígenes, como de visitar el pueblo de al lado para ver su iglesia. Cada lugar tiene su propio motivo. Globalizar los destinos para encontrar un Mcdonalds y Starbucks en todo el mundo es lo peor que nos ha podido pasar. Valorar lo único y lo especial de cada lugar y su gente. Esa es la razón de viajar. Puedes seguir las recomendaciones de una guía, si te sientes más seguro, pero llevar una lista de lugares para visitar sólo conseguirá estresarte por cumplir horarios y no disfrutarlos. Relájate e improvisa. Pregunta. Al camarero, al del hostal, al conductor del autobús o a cualquiera, qué hacen ellos en su tiempo libre, y descubrirás calas escondidas, bares auténticos y a precios populares o rincones olvidados, que harán de tu viaje algo más auténtico, y sin masificar.

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Comparte. Por ti y por todos. Viajar en grupo es más barato. Eso no significa que tengas que ir con las mismas personas durante todas las vacaciones, pero sí que es interesante buscar gente para compartir transporte o entrar a los monumentos. Lo mismo ocurre si decides dormir en albergues. Lo más caro, siempre, es pagar un servicio para una persona sola.

Come local. Comer en los establecimientos donde lo hacen los lugareños es lo más inteligente, y barato. Pregúntales, o sigue su ejemplo, y disfruta de la gastronomía y productos locales, de la conversación de los parroquianos, de sus sugerencias… Relaciónate.

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Alojamiento. No todo se paga con dinero, ni siquiera el alojamiento. Tu conversación, buena mano en la cocina o curiosidad  y ganas de aprender pueden ser moneda de cambio.

Para nosotros, Couchsurfing ha sido el mayor descubrimiento. Gracias a ello vivimos la noche de muertos en México, y comprendimos su profundo significado; descubrimos la cara más bella de Oaxaca; el cenote más tranquilo del Yucatán o los museos de Tuxla, gracias a quienes nos acogieron y aconsejaron. También, gracias a Couchsurfing estuvimos viviendo seis meses en la bretaña francesa, con unos estupendos anfitriones.

Hay otras opciones, como Workaway, trabajo en un proyecto concreto a cambio de alojamiento y comida; WOOFING, una variante de la anterior, pero trabajando exclusivamente en granjas orgánicas; campos de trabajo (naturaleza, arqueología, etc).Y la filosofía que resume todo lo visto en este post en un sólo concepto: furgonetear. Viajar sin depender de otros, dormir dónde y como quieras, llegar a lugares que de otra forma son inaccesibles… Cada vez tiene más adeptos, y no es de extrañar. Otro día os contamos nuestra experiencia con este tema.

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