Ocosingo, Toniná y San Cristóbal de las Casas. El corazón de Chiapas.

Es 29 de octubre (de 2015) y damos un último paseo por Palenque. Nos llaman la atención los cementerios, tan coloridos y cercanos a las localidades que parecen más bien parques o jardines. La fiesta de muertos está muy próxima, pero hoy sin quererlo hemos ido más allá: nos hemos encontrado con un funeral y, aún mariachis incluidos, nos da apuro molestar y nos retiramos. Al día siguiente partimos hacia Ocosingo, donde nos espera de nuevo alojamiento de Couchsurfing, en casa de Rafa. El viaje son un par de horas en combi por una carretera que sube la Sierra Lacandona, a base de curvas y más curvas. El paisaje es tan bonito que apenas hablamos en todo el recorrido, sólo miramos.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Ocosingo resulta ser más grande de lo que pensábamos (nos hablaban de ella como si fuese un pueblo) y es sede de la Universidad Tecnológica de la Selva. De hecho, nuestro anfitrión es un joven estudiante de ella.  Como él tiene clase y nosotros llegamos a media mañana, nos quedamos por la plaza central, pues con las mochilas a cuestas no tenemos mucha libertad. Nos comemos unos tacos, nos refrescamos con unas paletas de piña y observamos curiosos una infinidad de grupos diversos, montando una especie de altares. Ese iba a ser nuestro primer contacto con el tema, o mejor dicho, la fiesta, y ahí conocimos a una nueva compañera de viaje: La Catrina. También sentimos, aún sin saber por qué, que las calles que recorremos guardan una historia, algo que en ese momento no comprendemos y que nos costará descubrir. Aquí tuvo lugar la única batalla entre el EZLN y el ejército mexicano, y esa huella está presente, de forma velada, en cada rincón.

Rafa llegó puntual a buscarnos y llevarnos a su pequeño apartamento de estudiante, donde pasamos el rato hablando de política, literatura, anécdotas y viajes hasta que cae el sol y salimos. Quiere enseñarnos la fiesta. El cementerio está decorado como si fuera una feria, con puestos de comida y música, pero cerrado todavía. Volvemos a la plaza, donde la luz de las velas ha cambiado por completo la imagen de los mismo altares que hemos visto unas horas antes. Llegamos a casa y acabamos la noche con cervezas y más gente de la que parecía caber en el apartamento, echando unas risas. Aprendimos, por ejemplo, que aunque aquí nos digan lo contrario, beber “Sol” no es beber cerveza mexicana. De hecho, ni siquiera es beber cerveza. Vamos, como la Cruzcampo de aquí.

fiesta_muertos_occosingo

Al día siguiente madrugamos para ir a Toniná. Aunque Rafa nos ofrece dejar las mochilas en casa, no nos fiamos porque puede ser luego un lío si al volver del yacimiento no hay nadie en casa, así que las cargamos y nos despedimos. Descubrimos que no se ha ido de vacaciones a su casa por hospedarnos, así que no vamos a retrasarle más sólo por guardarnos el equipaje hasta nuestra vuelta. Es curioso, pero con las pocas horas que pasamos juntos, conectamos, y todavía hoy seguimos en contacto en redes sociales.

Sabemos que allá no hay taquillas, pero ya nos inventaremos algo. Cogemos el colectivo en el mercado (parece que en todas las ciudades sale del mismo lugar) y nos vamos. Desde la carretera vemos Toniná, majestuosa ciudad maya. Tenemos suerte y resulta que sí hay taquillas, la combi para en la misma puerta y no pagamos entrada porque no hay taquillero; incluso el museo tiene libre acceso. No recordamos un día en el que hayan salido bien tantas cosas seguidas.

 

Entramos de buen humor. Sabemos que Toniná, pese a su importancia, es un yacimiento poco visitado, así que esperamos verlo tranquilamente. Caminamos algo más de un kilómetro cruzando lo que parece ser un rancho hasta la entrada del yacimiento. Toniná es, sin duda, lo más majestuoso que hemos visto hasta el momento. Una ciudad completa, construida en la falda de una montaña, representando los siete niveles desde el inframundo (los túneles o basamentos) hasta el cielo (templos del Sol y la Luna). Tenemos total libertad para meternos por donde queramos, todo está abierto y es accesible, no hay nadie, ni siquiera vigilantes: estucos, policromías, pasadizos… Una verdadera ciudad entera y muy bien conservada, para nosotros. La escalera que accede a la parte más elevada, bajo el sol mexicano, es un reto para el vértigo. Pero es maravillosa. Absolutamente maravillosa.

panoramica_zona_arqueologica_tonina

A la salida entramos en el museo, que cumple con su objetivo: ayudarte a comprender lo que has visitado, la vida de la ciudad, la sociedad que la habitaba. La gestión del yacimiento, en territorio del EZLN, es la mejor que veremos en todo el país.

Y volvemos a Palenque, para tomar otra combi, que nos tiene que llevar a San Cristóbal de las Casas. La carretera está tranquila, pese a las amenazas de “bloqueos”. Confiamos que, al viajar en transporte colectivo (solemos ser los únicos extranjeros) no tengamos problemas.

En San Cristóbal también hemos encontrado hoster de Couchsurfing. pero para un par de días no más. Lo mejor de aquella estancia fue coincidir con otra pareja de españoles, Ana y Adrián, que entonces estaban inmersos en la aventura de recorrer América en bicicleta, desde Canadá hasta Perú. Hacemos buenas migas en seguida y salimos a recorrer la ciudad.

collage_sancris

SanCris vive por y para el turismo. La capital de Chiapas es uno de los destinos más famosos entre los mochileros y viajeros que pasan por México. Así, al orgullo indígena de sus habitantes, se une la mezcla de culturas de toda la gente que pasa por allí. Pero también muestra, si lo quieres ver, el orgullo zapatista, de aquellos meses en que Chiapas fue el centro del mundo y plantó cara al capitalismo con una revolución escrita en verso.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 

 

 

Balneario Vilas del Turbón

Esta es una entrada diferente, como  diferente fue el viaje: una escapada, casi de ida y vuelta. Va a parecer un post patrocinado, pero no es el caso. Hace unos días, aprovechando un buen motivo, nos escapamos al Balneario Vilas del Turbón, en la Ribagorza (Huesca), un lugar que nos apetecía mucho, desde hacía tiempo, pero para el que nunca encontrábamos la excusa. Esta vez, como hemos dicho, había una causa especial, así que, rompiendo algunos de nuestros esquemas, nos lanzamos a probar otro tipo de viaje. Si nos seguís en Instagram®, habréis visto algunas fotos.

entorno-interes-huescas-balneario-vilas-del-turbon-08
Imagen del Balneario. Vilas del Turbón.

 

Si nos conocéis, sabréis que nos gustan los lugares con historia, quizás hasta con un punto decadente. Esos que no han hecho un mero lavado de imagen (que acaban por uniformizarlo todo) y mantienen su esencia, y este es el caso. Construido en 1934, fue usado durante la guerra para acoger niños; apenas tres años después, volvía a funcionar como balneario.

 

Imágenes sacadas de aquí.

 

Así que puede decirse que desde su inauguración siempre se  ha mantenido abierto.  Conserva incluso algunas reminiscencias modernistas, en las puertas o el pasamanos de la escalera principal, que nos tenían enamorados. Para otros (y sólo hace falta ver las opiniones en TripAdvisor) parece ser símbolo de abandono, dejadez o de un lugar obsoleto que no ha invertido lo suficiente para adaptarse al siglo XXI.

 

4434b3abb61c6ee0c6664b18c43fbef0
Escalera de entrada, Vilas del Turbón.

 

Nos gusta su sencillez, que se centren en lo realmente importante (instalaciones y buen servicio) y mantengan su historia con orgullo desde ese rincón del Pirineo, tranquilo y lejos de las omnipresentes estaciones de esquí. Y no nos olvidemos de su restaurante, con precios más que asumibles, donde comimos un ternasco digno de ovación. Donde el desayuno era tan suficiente y variado como para afrontar la jornada con alegría. Escribiendo todo esto nos damos cuenta de lo difícil que se está volviendo encontrar lugares así, donde prime la calidad y el trabajo bien hecho por encima de la imagen y el «postureo». Aún así, y no tenemos nada en contra de ello, muchos preferirán los nuevos hoteles llenos de jacuzzis, piscinas, cristaleras de diseño y cerraduras de tarjeta. Deseamos que las disfruten, de verdad. Nosotros seguiremos buscando y eligiendo estos lugares, con un pie en cada siglo.

Por lo demás, qué os vamos a contar. Gemma se relajó nada más cruzar la puerta, pasamos un día entre tratamientos y siesta, disfrutando de no pensar en nada y dejarse mimar por manos expertas. Ni siquiera nos llevamos la cámara, ni sacamos el móvil durante nuestra estancia para hacer una foto: sólo durante los trayectos y un momento al abandonar las instalaciones el aparatito de marras estuvo en funcionamiento. Una desconexión, de vez en cuando, merece la pena. Más que recomendable.

 

BonusTrack. Siempre que pasamos por la zona, hacemos parada obligatoria en Graus, sólo por el capricho de tomarnos algo en su plaza mayor, renacentista, única.

plaza-mayor-de-graus-gozarte
Imagen de Gozarte.

 

Mérida, Uxmal y un cenote para nosotros solos

Mérida nos recibe con lluvia, ya de noche, tras bajar del bus al que nos subimos en Izámal. Estamos desubicados, y el agua nos obliga  coger un taxi para llegar hasta la casa de nuestra anfitriona. De pura suerte, pues el taxista tampoco lo tenía nada claro, paramos justo en la misma puerta. Por fin, algo sale bien. Y nos recibe “Flamenca”, nuestra primera anfitriona de Couchsurfing. Flamenca, pseudónimo que usa en la aplicación, es una mujer algo mayor, que no se corresponde con la imagen que uno pueda tener de gente que abre su casa a otros sin conocerles. Es amable y dulce, y a pesar de que nos ofreció algo para cenar y asentar el cuerpo, nos acostamos pronto esa noche, sin apenas entablar conversación. El cansancio y la extraña sensación de estar invadiendo la intimidad ajena me hacen sentir incómoda. He llevado un mal día, el cansancio y el calor me hacen plantearme si realmente soy capaz de seguir el viaje, y empieza a resonar en mi cabeza una frase que me escucharé decir muchas veces: “este viaje debería haberlo hecho diez años antes”. Hay cosas que cuestan.

Dormimos bien, y tras una ducha, el día se plantea mejor. Desayunamos charlando con Carmen, su verdadero nombre, y Jorge, su marido, nos organizamos el día y salimos a conocer la ciudad, una de las principales del país. Antes de salir de casa, nos enseñan cómo movernos por la ciudad con los buses, así que ya somos independientes para movernos a nuestro ritmo. Lo siguiente que hacemos es acercarnos a la oficina de Turismo, y tenemos la suerte de llegar justo a tiempo para sumarnos a una visita guiada por la plaza y sus monumentos, ofrecida como servicio de la Oficina Municipal.

collage visita Mérida monumental.jpg
Plaza Monumental de Mérida, Yucatán.

De este modo descubrimos que Mérida fue la primera ciudad fundada por los españoles en México y su catedral, la primera que se levantó en todo América. Que su nombre en maya significaba “cinco“, en referencia a las cinco grandes construcciones mayas que había cuando llegaron los conquistadores, a quienes impresionó tanto que la bautizaron Mérida, como la ciudad extremeña, por su monumentalidad. Y que, como siempre, se desmontó todo para reutilizarlo en la construcción de los nuevos edificios occidentales y cristianos, en cuyos sillares todavía se aprecian dibujos e inscripciones precolombinas.

collage interior catedral de Mérida Yucatán.jpg
Interior de la primera catedral de América.

Al terminar la visita nos animamos a ir a la razón de nuestro paso por la ciudad: el Gran Museo Maya, un edificio nuevo, monumental y desmesurado a las afueras de la ciudad, igual que el coste de su entrada (150 pesos). El museo se divide en diferentes áreas, que tratan de explicar la pervivencia maya en la población actual (un 30%) usos y costumbres, y un repaso histórico inverso, es decir, desde hoy hasta llegar a su momento de máximo esplendor, intentando no cerrar el estudio de lo maya a un contexto puramente arqueológico, sino abrirlo a un estudio sociológico, pues aún queda mucho rastro maya en la sociedad actual. La cultura maya como algo vivo y presente, no como una civilización perdida, un planteamiento que nos gusta. Otra cosa es el resultado del proyecto. Acaba siendo un reclamo para el turista extranjero que se acerca en “shuttle”, sin contenido real y sin vinculación con la ciudad, desde la que es muy difícil acceder. Decepcionante, la verdad.

casa-montejo-merida-yucatan
Casa Montejo, Mérida.

El segundo día lo dedicamos a otra parte de la historia mexicana: la colonial. Así, visitamos la Casa Montejo, y un pequeño y colorido museo que nos fascinó: el Museo de Artes Populares, sencillo y maravilloso, es todo un tributo a diferentes artesanos (alfareros, bordadoras, etc) y su labor. Una explosión de colorido e imaginación, un buen resumen de lo que es México para nosotros. Aquí tuvimos nuestro primer contacto con unos seres que más tarde, en Oaxaca, nos cautivarían: los alebrijes. Seres fantásticos, recreados en papel maché, salidos de la imaginación de grandes artistas que representan lo mejor y lo peor del ser humano.

Museo de Artes Populares, Mérida. México.jpg
Museo de Artes Populares.

Pero Mérida también nos sirve como plataforma para llegar a otra zona arqueológica de interés: Uxmal, una de las imprescindibles. La bella Plaza de los Pájaros, la Casa de las Tortugas, la Plaza Porticada o la Gran Pirámide. Es la primera vez que comprendemos la ciudad que visitamos y se convierte en nuestra favorita de todas las visitadas hasta ese momento.

uxmal
Zona Arqueológica de Uxmal.

El último día en la ciudad lo dedicamos a las recomendaciones de nuestros anfitriones, con quienes hemos pasado buenos ratos conversando en casa. Ya se han roto nuestros bloqueos mentales y la convivencia ha sido una delicia. Como saben de nuestro interés por la arqueología, nos mandan al Museo de Antropología, donde se exhibe una muestra temporal sobre el concepto de belleza maya, y es todo un acierto. Una selección de las mejores piezas de los principales yacimientos mayas del país para mostrar las diferentes “transformaciones” a las que se sometían desde bien pequeños buscando su ideal de belleza: deformaciones craneales a los recién nacidos, dientes limados y perforados, escarificaciones en la cara…  La exposición, además de fascinante, supone uno de los impactos buscados: acercarnos al cambio de canon estético, y salir de la cuadrícula mental occidental que arrastramos. Nuestra Historia del Arte, la que hemos estudiado en Europa, no es más que una línea recta en el tiempo en la que se repiten y modulan los mismos estereotipos una y otra vez. Sin embargo, aquí aceptamos como “bello” (el término más subjetivo del mundo) conceptos que para nuestra cultura serían horrorizantes, deformes. ¿Qué es la belleza, entonces? ¿la simetría que perseguimos desde la antigua Grecia, o las variaciones más pintorescas del aspecto? ¿Qué busca el ideal social, atraer mediante la confianza de lo dulce y sublime, o asustar como feroz enemigo? En realidad, nos damos cuenta de que el arte es, en verdad, el medio que usamos para lanzar un mensaje al otro y que éste define nuestra intención social en el mundo, para con nosotros y para con el resto. Y esa es otra de las diferencias entre quienes habitaban aquella tierra y quienes llegaron desde el otro lado del mundo.

Arte maya.jpg
Escultura maya.

Nuestra última visita en Mérida es a la localidad de Chocholá, buscando un cenote recomendado, sin turistas, y lo hallamos. El pueblo es pequeño y agradable, y el cenote es fantástico. Es la primera vez que visitamos uno, y no nos puede gustar más. Nos bañamos en un agua cristalina, metidos en la cueva, y sin llegar a ver el fondo de la misma, pues al ser un cenote joven aún no se le ha derrumbado la techumbre. Estamos solos casi todo el tiempo. Un baño pausado, relajado, que nos permite sentir y disfrutar de todo: de la temperatura del agua, del goteo de las paredes, de la textura de la roca, de los fósiles, del silencio…

Cenote de San Ignacio.jpg
Cenote San Ignacio, Chocholá.

Mañana partiremos a Campeche, donde no hemos encontrado aún a nadie que nos aloje. Pero eso será mañana.

Recorriendo el Yucatán: de Cobá y Ek-Balam a Izamal

Como os contábamos aquí, pasamos una semana alojados en Valladolid, porque nos servía como base para visitar las zonas arqueológicas que nos interesaban: Chichén Itzá (ya contamos nuestra desilusión) la maravillosa Cobá y Ek-Balam, que nos sirvieron para quitarnos el mal sabor de boca tras la primera, y acercarnos de verdad a la arqueología y cultura mayas.

Así que para ver Cobá aquel día madrugamos, para levantarnos de noche y tomar un carro hasta el pueblo, y de allí, un paseo hasta la zona arqueológica a primera hora de la mañana, cuando apenas había salido el sol y todavía no hacía calor. Desde la entrada hay apenas 2km de camino por la selva hasta la ciudad, pero todo el mundo te recomienda que contrates, por unos euros, el servicio de una bici-carro y que te lleven hasta la zona arqueológica. Sinceramente, además de una estupidez, es humillante. Es ese tipo de actitudes que detestamos en el turismo, el servilismo de quien acoge y el todo vale de quien visita. Sobra decir que no lo contratamos, y que os pedimos por favor que no lo hagáis vosotros. Ni eso, ni los servicios de muchos niños que hay a las puertas de las zonas arqueológicas ofreciéndose como guías y acompañantes. A nuestra negativa siempre acompañaba la pregunta “¿no tienes cole hoy?” y se acababa tanta amabilidad en un momento. Es increíble que el INAH permita algo así.

entrada-a-coba
La entrada a la zona de Cobá es un regalo que no hay que perderse

Pero volvemos a Cobá. Su encanto es, precisamente,  estar en medio de la selva y no haber sido excavada en su totalidad, por lo que aún se aprecian muchas construcciones bajo la vegetación cuando paseas por los senderos mayas, los viales de comunicación entre los diferentes puntos de la ciudad, bajo la sombra de la selva, aunque la humedad sigue resultando insoportable.

Cobá es más relajada que Chichén Itzá (bueno, en realidad, todas lo son en comparación con ella), hay menos gente y menos restricciones, y por fin podemos subir a lo alto de una pirámide. La ascensión es un reto, no por lo alto de los escalones, ni por lo empinado de su pendiente, sino por la humedad. Cuesta respirar y nunca tengo la sensación de llenar los pulmones de aire, por lo que toca tomárselo con calma, ayudarse de la soga e ir poco a poco. Pero al llegar arriba compruebas que ha merecido la pena. La selva, que se extiende hasta donde alcanza la vista, no te deja ver la cuidad que acabas de visitar.

ascender-la-gran-piramide-de-coba
Desde abajo te da pereza, pero desde arriba da miedo.

Nos sentamos e inauguramos lo que será una tradición en todas las pirámides que visitemos: almorzar en lo alto. Mientras los demás suben y bajan con prisa, dedicando el tiempo justo de hacerse una foto, nosotros disfrutamos de las vistas, del ambiente, y cuando se puede, del sobrecogedor silencio de la selva.

desde-arriba-de-coba
Nuestra nueva afición: pasar el rato en lo alto de las pirámides.

Pero la ciudad de Cobá es mucho más que su pirámide… es un bien conservado juego de la pelota, zona sacra y otros restos interesantes por los que perderse.

ciudad-maya-de-coba
Zona Aqueológica de Cobá.

Al salir todavía nos quedaba tiempo para el viaje de vuelta, así que comimos nuestro primer pollo al estilo maya y paseamos por el humedal de la ciudad nueva.

coba-ciudad
El exterior de Cobá también merece un rato

La última zona arqueológica que visitaríamos esa semana desde Valladolid fue Ek-Balam. Aunque no resultó tan fácil encontrar transporte puesto que no hay bus regular hasta el pueblo más cercano, sino una mini-van que te lleva hasta el yacimiento. Además, volvemos a pagar una entrada que consideramos excesiva, y nos empezamos a mosquear, por lo que decidimos, a partir de entonces, seleccionar mejor lo que visitaremos y lo que no, especialmente mientras sigamos en Yucatán.

En un primer momento la zona resulta mal señalizada y con escasa información, que no describe más que obviedades y conjeturas, pero merece la pena. Es realmente diferente a muchas de las ciudades que visitaremos: su arco de entrada, las pirámides gemelas, la gran escalinata de la pirámide principal, los frisos… pocos lugares se nos mostraron tan completos, como libros abiertos de historia viva. Si tuviéramos que escoger una de las tres zonas nombradas, sería esta sin pensarlo.

entrada-ek-balam
Arco de entrada en Ek-Balam
conjunto-ek-balam
Ek-Balam y sus pirámides gemelas

Y lo mejor, la acrópolis. Aunque en un primer momento, y vista desde abajo, la escalinata asusta, al empezar a subirla descubrimos, a media altura, que había arqueólogos trabajando en los frisos y las policromías, así que nos quedamos mirando, como bobos. Era la primera vez que vemos más que la piedra pelada, que suele ser lo habitual, y que pudimos ver parte del revoco y el estuco que decoraban los monumentos originalmente, con policromías vivas.

Pirámide Ek Balam.jpg
Desde lo más alto de Ek-Balam apenas se ve nada
Arqueólogos en Ek Balam.jpg
Frisos decorativos en la gran pirámide de Ek-Balam

Al acabar la semana tenemos que pensar en cómo continuar el viaje. Por suerte, el alojamiento está resuelto gracias a Couchsurfing en Mérida, así que sólo tenemos que decidir cómo llegar hasta allí. Decidimos aprovechar y visitar de camino Izamal.

Izamal es un “pueblo mágico”, etiqueta que usan en México para señalar su pueblos más bonitos, famoso en este caso por su sencilla arquitectura colonial y por estar pintado todo en amarillo.

Amarillo Izamal.jpg
Y a este color lo llamaremos “amarillo Izamal”

Se trata de un pequeño pueblo colonial, organizado en torno al gran monasterio que ocupa la parte principal de la localidad, donde se abre la plaza y se da la vida. De las pirámides que había en época anterior no queda prácticamente nada (sospechamos que la piedra se usaría para levantar el convento).

Monasterio de Izamal.jpg
Convento de Izamal

Por suerte, es día festivo, y hay feria y mercado lleno de puestos para comer tacos, por supuesto. Así que por unas horas nos mezclamos con la gente, comiendo en la calle, paseando por el mercado, visitando la feria…

pueblo-de-izamal
Callejeando y saboreando Izamal, pueblo mágico

… hasta que se hace la hora de coger de nuevo el autobús y llegar al siguiente destino, Mérida, donde nos esperará nuestra primera experiencia con CouchSurfing.

Cerdeña, el paraíso hecho isla.

Llevamos un tiempo sin escribir, sí. Pero están siendo semanas de idas y venidas, y no hemos tenido el tiempo necesario para sentarnos y dedicar unas horas al blog, aunque no será por ganas y cosas que contar. Estamos a punto de cerrar un año muy especial, una etapa de nuestra vida que quedará marcada para siempre. Un año sabático del que aún no os lo hemos contado casi nada, pero que iremos desgranando poco a poco. Y lo haremos desde el principio: en el capítulo de hoy,  “así comenzó todo…” Y es que la idea empezó a gestarse en aquel ya casi lejano 2014, cuando casi por casualidad acabamos pasando unos días en Cerdeña, elegida al azar, un lugar que nunca nos habíamos planteado, un lugar que nos robó el corazón y al que volveríamos varias veces, pero eso nosotros entonces no lo sabíamos.

 

En este post os hablaremos de ese primer viaje, casi típico, de turista, hotel y playa, contratado en la web de atrápalo (que tantas ideas y algún viaje nos ha dado) pero que nos ayudó a ver las cosas con otros ojos, que nos abrió la mirada a nuevos lugares y formas de vida, que nos hizo replantearnos muchas cosas… hasta que acabamos dando consistencia a la idea de organizar un año sabático y viajero meses después.

 

La oferta, bueno, ofertón, pues nunca hemos vuelto a ver otra igual, incluía hotel y viaje en ferry desde Barcelona, con el coche incluido, lo que nos daba libertad para movernos por la isla a nuestro antojo. Así que reservamos y nos plantamos en un lugar del que casi nada sabíamos.

 

Muchos de los lugares que mencionaremos en esta primera aventura, si conocéis algo de la isla, os sonarán, pues, como hemos dicho, fue una primera toma de contacto, de corta duración, y por la zona norte, la más conocida y desarrollada para el turismo. Nuestro lugar de referencia sería Castelsardo, un pueblo costero donde estaba el hotel. Un pueblo mediterráneo como muchos, empedrado, enrocado y amurallado, lleno de colores pastel y esa luz tan especial que sólo da el sol del Mediterráneo.

 

Unas calles que recorrimos sin cansarnos, de día y de noche, mañana y tarde, porque en cada paseo descubríamos un nuevo rincón…

 

…donde descubrimos la verdadera gastronomía sarda, llena de pescados y mariscos frescos,  a buen precio, o unos embutidos y encurtidos fantásticos. Encontrar lugares como el “Café de París”, una pequeña trattoria familiar en la que sólo el trato era mejor que su cocina ayudó mucho en esta empresa, por cierto. Y vistas las opiniones que dan sobre ellos, está claro que no nos equivocamos.

 

Bueno, al lío. Pensábamos que podríamos recorrer toda la isla con el coche, sin habernos percatado del gran tamaño que tiene Cerdeña. Si a esto añadimos que hacíamos paradas en cada rincón que nos gustaba (y son muchísimos), kilómetros hicimos pocos, quedándonos sólo en la parte más septentrional. Así que pronto decidimos recorrer menos, pero sin prisa. Y acertamos.

 

De manera resumida, y de este a oeste, nos paseamos por la Costa Esmeralda, reconociendo que, a pesar de la espectacularidad de las vistas, fue una de las partes que menos nos gustó, por estar un poco masificada…

 

…llegamos hasta la también turística Santa Teresa de Gallura…

 

…descubrimos playas que nos parecía imposible que estuvieran en el mismo Mar Mediterráneo que compartimos. Dunas y vegetación, junto a una arena finísima,  con las aguas más limpias que habíamos visto hasta entonces…

 

…llegando hasta Alghero, una de las principales ciudades, donde las huellas de un pasado muy relacionado con España son más que evidentes.

 

Pese a todo, lo que más nos enganchó fue el interior del territorio. Rural, sencillo, auténtico, sin adornos, porque tampoco los necesita. Una rica historia, llena de capítulos escritos por cada uno de los pueblos que pasaron por allí, siendo lugar de descanso en sus idas y venidas por el mar, ya fuese para comerciar, guerrear o descubrir nuevos mundos. Arte, historia y arqueología, el hilo que nos unirá a la isla durante algunos años más.

 

Aquí fue donde comenzó nuestro viaje, aquí vimos y comprendimos una nueva forma de ver y disfrutar la vida, aquí volvemos cada año para restituir un poquito de todo lo que nos ha dado este paraíso, siendo conscientes de su fragilidad y de la importancia que tiene para sus gentes, que van mucho más allá de verlo tan sólo como un recurso turístico.