México, el inicio.

Tal día como ayer, hace exactamente un año, aterrizábamos en México con una mochila, poca ropa y muchas ganas. Era el principio de un viaje que no tenía el itinerario fijado, un viaje que sería más intenso y corto de lo que esperábamos, aunque eso, aquel día, todavía no lo sabíamos. Para mí era la primera vez en América, Quique ya había estado antes en Colombia, pero era nuestro primer viaje largo juntos, sin fecha ni billete de vuelta, sin la presión del calendario o del tiempo marcado de unas simples vacaciones. Y ninguno de los dos teníamos ya veinte años.

Pero volvamos al tema. Vamos a intentar contar, en los mismos días pero un año después, nuestro viaje mochilero por un país fascinante y lleno de vida. Seguiremos el recorrido que hicimos, siempre en transporte público, por las ciudades y pueblos que íbamos eligiendo en el mapa, y las zonas arqueológicas visitadas. No seremos pesados con los presupuestos ni las cifras, preferimos hablar de sensaciones, experiencias, de personas y lugares que se cruzaron en nuestro camino y que determinaron de una u otra forma cada decisión tomada, cada visita, cada recuerdo. Vamos a transcribir y poner imagen al diario que fuimos escribiendo durante aquellos meses.

Tras haberlo planeado durante mucho tiempo, y deseado durante años, cogimos un vuelo en Madrid que nos llevaría directos a Cancún, el aeropuerto americano con los vuelos más baratos desde España,y sin hacer escala, aunque no diremos con qué compañía porque no fue una buena experiencia, supongo que es lo que pasa cuando vuelas en líneas low-cost.

 

Habíamos planeado un par de días de playa y tranquilidad antes de empezar a movernos por la península del Yucatán, aprovechando que ya estábamos allí. Y sí, Cancún cumple todos los estereotipos que teníamos de ella: playas increíbles, de arena fina y blanca y aguas cristalinas, pero demasiado calurosas para poder disfrutarlas (la sensación dentro del agua es la de estar bañándote en un tazón de caldo) y mucho turismo de fiesta, todo el del mundo. Aunque eso nos daba igual, nosotros veníamos a disfrutar, a estar en la playa, a descarsar, tumbarnos bajo la sombrilla… y nos quemamos como no lo habíamos hecho en la vida. Nuestra crema solar factor 50 no le hizo ni cosquillas a semejante sol, a pesar de no exponernos directamente. Algo deberíamos haber sospechado cuando vimos a los locales con neoprenos en el agua, y lo confirmamos cuando vimos en el súper las cremas solares mexicanas, con factores rondando el 150. Eso sí, allí aprendimos que existen siete tonos diferentes de azul en el agua del Mar Caribe, ¿los veis?

 

El caso es que en el hostal donde dormíamos conocimos a Ricardo, un jovencito colombiano con el que hicimos migas en seguida, y que nos animó a probar con Couchsurfing. Él había hecho el recorrido que nosotros teníamos previsto hacer (Cancún-Valladolid-Mérida) pero a la inversa, por lo que nos atrevimos a mandar nuestras primeras solicitudes, animados por la recomendación. Una vez resuelto eso, nos centramos en lo que queríamos conocer de México: ruinas mayas y arquitectura colonial.

Valladolid sería nuestro primer destino. Llegamos con un bus de línea regular (sí, los usamos durante todo el viaje, de todas las categorías, y nunca pasó nada) y resultó ser lo que buscábamos: una pequeña y colorida ciudad colonial, que parecía fácil sobre el plano (de las oficinas de turismo mexicanas hablaremos otro día) pero que supuso nuestra primera batalla con las calles numeradas, las paralelas y las perpendiculares. El infierno urbanístico para alguien con tan escasa orientación como yo. Pero Valladolid sería, además, nuestra ciudad base para visitar las principales zonas arqueológicas de la zona: Chichén Itza, Cobá y Ek-Balam.

El primer día que pasamos en Valladolid lo dedicamos a pasear, pues la ciudad, llana en todas sus calles, se deja caminar, encantada de ser contemplada. Se sabe bonita y alegre, sobre todo en su plaza central, el zócalo, y es ciudad turística gracias a su cercanía a ddiferentes ruinas y cenotes, pero de turistas de paso. Pocos hacen noche aquí, por eso, a partir de media tarde, el ritmo se relaja todavía más.

El color. La ciudad sabe que es su gran baza, su punto diferencial, y que, por alguna razón, allí es más intenso, presente en cada fachada, en cada dirección en la que mires.

 

 

   Iglesia de estilo colonial.

 

Incluso tras la tormenta, los colores son lindos. Un chaparrón que nos dejó mojados, pero con una luz preciosa, mucho más de lo que captaba el objetivo de la cámara, a pesar de lo bien que se portaba nuestra pequeña Olympus. Por temas de logística llevábamos la cámara compacta, y no fue tan mal.

 

 

Pronto descubrimos dos imprescindibles en el día a día de la ciudad, casi convertidos en  objetos de culto: las bicicarros y los coches, que aquí llamaríamos clásicos, pero que allí siguen funcionando a la perfección.

 

 

La verdad es que nos costó muy poco dejarnos seducir por la vida del zócalo al caer la tarde, las marquesitas de Valladolid, la fruta helada, las artesanías de verdad, las casas con patio…

 

 

También el chile picante. Que ya sabíamos que existía, y que era frecuente en México, pero no imaginábamos que a semejante nivel: en todas las comidas, EN TODAS, los dulces y la fruta, en la cerveza e incluso en las palomitas de maíz, para ir acostumbrando a los más pequeños a su sabor. Hasta en el champú del pelo. Recuerdo el dia que pedí un helado de fruta y me preguntaron si quería chile… mi respuesta fue “¿por qué?”. Ha pasado un año, y sigo sin entenderlo… Eso sí, volvimos con un estómago a prueba de bombas, ja!

gastronomia-y-color-mexicanos

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