Toulouse, la capital española de Francia

Vamos a ser sinceros: no seremos objetivos con esta ciudad, porque le robó el corazón a Gemma desde que la visitó por primera vez, en aquel lejano año de Erasmus… Dichosa beca y dichosa oportunidad para jovencitos como ella, que no había visto mundo y que se le abrió de golpe ante sus ojos. Pese a la mala fama que se algunos les quieren dar y pese al desprestigio que muchos les quieren poner, las becas Erasmus han sido uno de los factores que más han contribuido a la construcción de la Europa del siglo XXI, y si no, que se lo pregunten a los cientos de miles de jóvenes que hoy están trabajando fuera de nuestras fronteras.

Después de este alegato por las becas de intercambio (también disfrutó de una Séneca al año siguiente), comienza la nueva entrada del blog.

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Toulouse es, para nosotros, la ciudad perfecta: educación francesa, ambiente universitario, y vida social casi española. La Ville Rose, conocida así por el color que toman sus edificios de ladrillo al atardecer, está tan cerca de la frontera que casi es delito no conocerla, especialmente si vives en el norte de nuestro país, donde apenas unas horas de coche te separan de la región de Midi-Pyrénées.

Y es que Toulouse, o Tolosa, nació con corazón español. El Garona, río que cruza la ciudad y la vertebra en sus dos orillas, nace a este lado de la frontera. Durante siglos y siglos, los nobles y reyes de la zona se casaban con sus homólogos del norte de la península: el ejemplo más famoso, el segundo matrimonio de Fernando de Aragón tras la muerte de Isabel de Castilla, con Germana de Foix.  Sus territorios y los nuestros estuvieron mucho más unidos de lo que lo estarían en el sigo XX, cuando el exilio de la Guerra Civil hizo de la ciudad su capital durante décadas, esperando, al otro lado del Pirineo, el momento de volver a casa, a la democracia.

 

Pero Toulouse tiene personalidad propia, pese a las influencias. Sus edificios de ladrillo, muy característicos de la región; su bleu pastel, tinte azul extraído de la violeta y que fue uno de los pilares de su economía durante años, y su orgullo por la lengua occitana (estamos en el Languedoc, Langue d’Oc, d’Occitanie) demuestran que la multiculturalidad hace siglos que se inventó en este rincón del mundo, donde se han quedado con lo mejor de cada pueblo que ha pasado por sus calles.

El centro de la ciudad es el eje que va desde la catedral, siguiendo por la rue de Tour hasta la Place du Capitole, para terminar en la Quai de la Daurade. El centro conserva su callejero medieval, donde destaca la catedral de San Sernin, la última gran catedral del camino de Santiago donde se unifican diferentes caminos europeos antes de cruzar la frontera y continuar por el conocido «camino francés» que entra en España.

 

El emblema de la ciudad es su Ayuntamiento, el Capitole, y la gran plaza que lo acoge, porticada en uno de sus lados, llena de bares y de vida a todas horas. Merece la pena detenerse en sus porches, en cuyos techos se representan los mayores hitos históricos de la ciudad.

 

La basílica de la Daurade, de estilo neoclásico, se ubica en la margen derecha del río, bautizando una de sus esquinas más concurridas, justo a los pies del Pont Neuf, construido en ladrillo y piedra y que, pese a su nombre, hoy es el puente más antiguo de la ciudad. Cosas de la historia.

La capilla-hospital de la Grave, cuya cúpula de bronce se vislumbra imponente en la otra orilla, se convierte en protagonista involuntaria de todas tus fotos. Además, será la excusa perfecta para cruzar alguno de los puentes y descubrir barrios a los que apenas llega el turismo.

 

Volviendo al centro histórico, la ecléctica catedral de Saint Etiénne, mezcla de varios proyectos sin conseguir la finalización de ninguno de ellos, presume de conservar las únicas vidrieras aún originales de la ciudad, remontándose al siglo XIV. Todo un lujo perderse por sus alrededores, contemplar los mil y un detalles que nos hablan de los avatares que sufrió un edificio tan particular y su periferia.

 

Toulouse está hecha para vivirla. Es la ciudad que mejor aúna el savoir vivre francés y la vida social de la cultura mediterránea, así que apunta:

  • En la rue de Taur encontrarás una pequeña pizzería, con su horno de leña visible desde la calle, donde hacen las pizzas más deliciosas que jamás hemos probado, con una masa finísima… aún salibamos al recordarlas…
  • En la plaza Jean Jaurés encontrarás otra pizzería, Venneto, donde además hacen un rico magret du canard que no se sale de ningún presupuesto.
  • Una vez recorrido este eje central y los principales monumentos, siéntate a tomar un vino en la Plaza Saint Pierre, cerquita del río, y disfruta del ambiente estudiantil por las tardes.
  • Las calles Colombette y Alsacie-Lorraine, donde comprarás los mejores quesos
  • Disfruta del  desconocido y tranquilo Jardín Japonés.
  • Y no te vayas sin pasear por los Canales de Midi y Brienne, orgullo de ingeniería civil y una forma estupenda de cruzar la ciudad olvidándote del tráfico. En la esquina donde se unen el canal de Brienne y el río se encuentra una de las mejores creperías que conocemos, donde podréis pedir una buena galette bretona y un vasito de kir, el aperitivo favorito de muchos franceses.

 

Qué te vamos a decir, si nos tiene enamorados esta ciudad…

San Francisco de Campeche, ciudad caribeña fortificada.

Llegamos tras un buen viaje en camión; es nuestro único medio de transporte en México, y los trayectos son siempre amenos. El paisaje es espectacular: carreteras rodeadas de selva y coloridos pueblos llenos de vida. Buscamos el hostal que hemos cogido a través de una oferta de booking (truco viajero: abre una cuenta de correo en el país por el que vayáis a viajar, si vais a usar webs para comprar billetes o coger habitaciones, serán más baratas) y que resulta ser un estupendo hotel en la plaza central de la ciudad. Para mí es el mejor hotel en el que he estado nunca: un edificio colonial restaurado con gusto, amplio, luminoso y nuevo. Nuestra habitación, enorme, tiene dos balcones que dan a la plaza, justo frente a la catedral.

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Las vistas desde nuestra habitación…

La plaza está siempre llena de vida: bailes regionales, espectáculos de luz y sonido, desfiles, manifestaciones… es el corazón de la ciudad, pero, sorprendentemente, al llegar la noche reina la paz y dormimos sin escuchar un ruido.

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Celebremos Campeche.

Decidimos ir a la oficina de turismo a buscar información para descubrir la ciudad, pero la muchacha que nos atiende apenas nos ofrece nada, ni siquiera un triste plano, porque no tiene (¿en serio?). La verdad es que nos cuesta encontrar oficinas útiles y eficientes en México, pues bien no tienen información, bien la que tienen es sólo publicidad de comercios y tour operadores dispuestos a desplumar al gringo, como si fueran a comisión, pues si pides algo alternativo, nunca existe según ellos. Así que hacemos lo mismo que en Valladolid, acudir a la biblioteca (que está en la misma plaza, por cierto) donde nos tratan de maravilla y nos ayudan a buscar todo lo que queremos: mapas, información histórica, yacimientos… leemos y anotamos todo lo que necesitamos porque queremos organizar una previsión de ruta y escribir a nuestros anfitriones de Couchsurfing con más tiempo, muchos nos están diciendo que no porque avisamos con muy pocos días de antelación. Estamos tan a gusto, y trabajando, que se nos pasa la mañana sin enterarnos.

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Rincones y sabores de Campeche.

 

Campeche, San Francisco de, es una ciudad marítima fortificada, que forma parte de una red de ciudades caribeñas de las mismas características, todas fortificadas tras su nacimiento para repeler los ataques e incursiones piratas, que eran frecuentes. En aquella época (siglos XVII y XVIII) eran el punto de entrada de las mercancías que llegaban desde Europa y, lo más importante, el punto de salida de todo el oro, plata y joyas de las minas americanas hacia la Metrópoli, lo que las convertía en un deseado blanco de robos y asaltos. El conjunto de ciudades se reparte por toda la costa caribeña y está declarado Patrimonio de la Humanidad:

  • Puerto, fortaleza y conjunto monumental de Cartagena, Colombia.
  • Ciudad vieja de La Habana y su sistema de fortificaciones, Cuba.
  • Castillo de San Pedro de la Roca en Santiago, Cuba.
  • Ciudad Histórica Fortificada de San Francisco de Campeche, México.
  • Fortificaciones de Portobelo y San Lorenzo,  Panamá.
  • Fortaleza y Sitio Histórico de San Juan de Puerto Rico.
  • Ciudad Colonial de Santo Domingo, República Dominicana.
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Ciudades Caribeñas fortificadas, Museo de Historia Naval y Comercial.

El museo de Historia Naval y Comercial, en el mismo edificio que la biblioteca, se dedica, precisamente, a desarrollar el tema, como veis en la foto superior.

Campeche resulta una ciudad amable, con un casco histórico impecable, unas fortificaciones recuperadas y un malecón donde, al atardecer, se instalan multitud de puestos de comida, y mucho ambiente, siendo el lugar perfecto para disfrutar de unos ricos tacos.

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Conjunto de fortificaciones de Campeche.

Nuestro último día en la ciudad es un lunes. Ha llovido, y ya no es fin de semana, por lo que descubrimos otra ciudad distinta. Campeche es la ciudad más turística para los mexicanos, por su seguridad, motivo por el que todos los fines de semana se llena de parejas que disfrutan de una escapada. Pero ha llegado el lunes, y la ciudad ha vuelto al que debe ser su ritmo habitual, pausado y tranquilo. Paseamos por el malecón hasta acabar en la parte más antigua y auténtica de la ciudad, la originaria, el barrio de San Francisco.

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Plazuela y calles del barrio de San Francisco.

El último paseo por la ciudad nos lleva, sin saberlo, hasta la bella Mansión Carvajal, antiguo palacete hoy reconvertido en edificio público, donde toda la arquitectura y organización de la casa giran en torno a su patio y una espectacular escalera, que no se sujeta nada más que sobre sí misma, en su primer y último escalón.

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Patio de la Mansión Carvajal.
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Escalera de la Mansión Carvajal.

Después de comer volvemos a la biblioteca, no tenemos muy claro la zona que nos rodea, ya que nos cuesta organizarnos, apenas encontramos mapas que muestren más que las rutas turísticas preestablecidas y nuestro presupuesto es más elevado de lo que habíamos estimado. Nuestra falta de previsión, es, además, un impedimento en Couchsurfing, pues solicitamos con tan poco tiempo que mucha gente no puede alojarnos, y empezamos a estar cansados. El yacimiento más cercano desde aquí es Calakmul, y discutimos si ir o no, entrando en un debate que ya se nos ha planteado alguna vez y que nos ronda hace tiempo: elegimos ver lo más turístico (por la facilidad de transportes e infraestructuras) o buscamos alternativas, que suponen más trabajo para obtener la información. La verdad es que resulta agotador organizar las jornadas sin querer contratar agencias o viajes organizados, pues apenas hay opciones y lo peor de todo, nadie te las quiere contar. Ni siquiera encontramos foros o blogs donde consultar, pues parece que la gente sólo visita lo mismo. Visitas como Chichén Itzá, caras y decepcionantes, frente a otras menos conocidas, pero más asequibles e interesantes nos hacen decidirnos por los enclaves secundarios a partir de ahora. No iremos a Calakmul.

Así, buscamos respuestas en la estación de autobuses, preguntando por líneas regulares que vayan a alguna zona que nos interese, sin resultado. Tenemos una especie de crisis existencial: vamos gastando más de lo estipulado, no conseguimos alejarnos de los grandes focos turísticos, nos cuesta encontrar alojamiento con mexicanos… y nos agobiamos. O no hemos sido realistas al organizar el viaje, o algo estamos haciendo mal. Así que volvemos a la idea original: seguir hacia Palenque, aunque es turístico, tenemos la esperanza de que todo se vaya haciendo más fácil y barato a medida que nos vamos adentrando en el país y vamos dejando atrás la península del Yucatán. Decidimos ir a Palenque con un bus que viajará toda la noche, entrando así en la región de Chiapas.